Un relato alegórico sobre la tiranía de los dogma, el peso de la fe impuesta y el acto revolucionario de la libertad individual.
Presentamos Espera, un cuento del autor Antonio Romeo que explora las grietas de una comunidad paralizada por la devoción profética. A través de una narrativa sobria y cargada de tensión, la obra contrapone la resignación colectiva a la dignidad de quien se niega a arrodillarse, revelando que el mayor obstáculo para la emancipación suele ser la propia necesidad de ser salvado
El cuento completo de Antonio Romeo
Espera
Desde hacía generaciones, aquel pueblo esperaba al Mesías.
La profecía decía que algún día aparecería un hombre capaz de liberar al pueblo de su condena. Pero la profecía tenía una condición que nadie recordaba ya con claridad: el Mesías debía ser reconocido por todos.
El problema era que nunca había llegado.
Y por eso el pueblo repetía.
Cada amanecer, los habitantes salían a las calles y pronunciaban las mismas palabras. Cada año reconstruían las mismas casas destruidas, sembraban los mismos campos estériles y enterraban a los mismos muertos bajo nombres que se repetían de padres a hijos.
Les habían enseñado que el sufrimiento era necesario.
Que la espera era sagrada.
Qué dudar era una forma de condenarse.
Él nunca creyó en eso.
Había perdido casi todo. La tierra, la familia, el trabajo, los amigos. Le habían quitado sus libros y después su casa. Finalmente, solo le quedó una pequeña vivienda de campo, lejos del pueblo.
Pero había conservado algo que nadie había podido quitarle: la certeza de que el hombre debía estar por encima de cualquier profecía, de cualquier milagro y de cualquier dios inventado para justificar el sufrimiento.
Aquella mañana salió de su casa.
Cerró la puerta y emprendió el camino hacia el pueblo vecino.
Caminó durante varios kilómetros.
El cielo estaba gris y el viento arrastraba polvo sobre el camino.
Al llegar a una encrucijada encontró una multitud.
Cientos, quizá miles de personas estaban allí, arrodilladas, mirando hacia el horizonte.
—¿Qué hacen? —preguntó.
Nadie respondió.
Una mujer se acercó y le tomó del brazo.
—Esperamos al Mesías.
—¿Todavía?
La mujer lo miró con miedo.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Puede escucharte.
El hombre observó la multitud.
Todos repetían las mismas palabras.
—Que aparezca. Que aparezca. Que aparezca.
Un anciano se acercó.
—Únete a nosotros.
—No.
El anciano palideció.
—No lo desafíes.
—No estoy desafiando a nadie.
—Cuando llegue, preguntará quiénes esperaron.
—Entonces que pregunte.
La multitud comenzó a inquietarse.
—Únete —insistieron algunos.
—No.
—Para que no se enoje.
—No.
—Para que nos libere.
—No necesito que nadie me libere.
Entonces ocurrió.
El viento se detuvo.
El cielo pareció oscurecerse.
La multitud cayó de rodillas.
Desde el camino apareció un hombre vestido de blanco.
No caminaba.
Parecía deslizarse sobre el polvo.
Todos comenzaron a llorar.
—¡El Mesías!
El hombre se detuvo frente a él.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente, el Mesías sonrió.
—¿Por qué no te arrodillas?
—Porque no quiero.
La multitud dejó de respirar.
—He venido a salvarlos.
El hombre miró detrás de él.
—No. Has venido a mantenerlos esperando.
El rostro del Mesías cambió.
—La profecía dice que debo liberarlos.
—La profecía dice muchas cosas.
—Ellos creen en mí.
—Porque les enseñaron a creer.
—Me necesitan.
—Eso es lo que más daño les has hecho creer.
El Mesías dio un paso hacia él.
—Arrodíllate.
—No.
—Pídeme que los salve.
—No.
—Reconóceme.
—No.
La multitud comenzó a gritar.
—¡No lo contradigas!
—¡Arrodíllate!
—¡Pídele perdón!
Pero el hombre permaneció de pie.
El Mesías lo miró con una mezcla de furia y tristeza.
—¿Sabes quién soy?
—Sí.
—¿Entonces por qué me niegas?
El hombre respiró profundamente.
—Porque has condenado a esta gente a esperar por siempre que se cumpla una profecía que nunca debe cumplirse.
El Mesías quedó inmóvil.
—¿Qué dices?
—Que mientras esperen tu llegada, nunca serán libres.
—Yo soy su salvación.
—No. Ellos son su propia salvación.
La multitud comenzó a retroceder.
Algunos lloraban.
Otros seguían arrodillados.
El Mesías levantó la voz.
—¡Si no crees en mí, jamás desapareceré!
El hombre respondió:
—Cuando comprendan que son libres de razón y de corazón, tú desaparecerás.
Por primera vez, el Mesías pareció tener miedo.
—No puedes hacerme desaparecer.
—Yo no.
El hombre se dio vuelta.
—Ellos lo harán.
Y comenzó a caminar.
Nadie se atrevió a seguirlo.
A medida que se alejaba por el camino, escuchó detrás de él los gritos.
Primero fueron insultos.
Después súplicas.
Finalmente, un alarido desgarrador.
El Mesías gritaba su nombre.
Lo llamaba.
Le pedía que regresara.
El hombre no se dio vuelta.
Siguió caminando.
El camino parecía no terminar nunca.
A sus espaldas, la multitud seguía gritando.
Y nadie podía saber si aquellos gritos eran los últimos de un dios que estaba desapareciendo…
o los primeros de un pueblo que acababa de descubrir que todavía estaba condenado a elegir.
