En un exhaustivo y revelador análisis publicado por el prestigioso portal español Política Exterior, el periodista e investigador Luis Esteban G. Manrique pone al descubierto la gran paradoja del siglo XXI: la urgencia global por abandonar los combustibles fósiles y alcanzar la neutralidad carbónica no está eliminando el extractivismo, sino trasladando el conflicto geopolítico y ambiental hacia las entrañas de la tierra.
Bajo el título «La guerra subterránea por los minerales críticos», Manrique desglosa cómo la transición energética ha desatado una carrera encarnizada entre las potencias globales —con China a la cabeza y Estados Unidos intentando recortar distancias— y cómo esta dinámica impacta de lleno en los países productores del Sur Global, particularmente en América Latina.
1. Del cobre bíblico a las tierras raras: la escala de la demanda
El texto de Manrique comienza recordando que la infraestructura del futuro sigue dependiendo de insumos milenarios. El cobre, metal clave desde la Edad del Bronce, es hoy la columna vertebral de las redes de transmisión, los centros de datos de inteligencia artificial y la aviación. Si en 2022 el consumo global superó los 25 millones de toneladas, para mediados de siglo la cifra alcanzará los 53 millones.
Sin embargo, el verdadero cuello de botella reside en los metales de la tecnología moderna: litio, cobalto, níquel y las 17 tierras raras. Un vehículo eléctrico requiere entre 40 y 60 kilos de níquel (frente a los 2 o 3 de un motor de combustión) y un caza militar F-35 contiene más de 400 kilos de tierras raras. Para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) calcula que hacia 2030 deberán abrirse decenas de nuevas minas de estos minerales a escala masiva.
2. El monopolio chino y el rezago estratégico de EE. UU.
El aspecto más contundente del análisis de Manrique es la radiografía del dominio absoluto que ha construido Pekín. Producto de una visión estratégica iniciada en los años ochenta y del desinterés de Occidente —que prefirió externalizar el alto costo ambiental del procesamiento de minerales—, China controla hoy una cuota media del 70% en 19 de los 20 minerales estratégicos de la lista de la AIE.
- Procesamiento e industria: China procesa el 80% del cobalto mundial y cerca del 80% de las tierras raras. Además, concentra la abrumadora mayoría de las gigafactorías de baterías de ion-litio, lo que permite que fabricar un vehículo eléctrico en su territorio sea hasta diez veces más barato que en Alemania.
- La brecha estadounidense: Estados Unidos se encuentra en una posición de vulnerabilidad crítica. Depende en más del 50% de las importaciones para 28 de los 60 minerales considerados clave, y carece de capacidad técnica interna: mientras China gradúa unos 3.000 ingenieros de minas al año, EE. UU. apenas alcanza entre 150 y 200, sumado al envejecimiento del 50% de su plantilla minera actual.
3. La paradoja ambiental: «Apagar un incendio con gasolina»
Manrique cita una frase categórica de Payal Sampat (directora de la ONG Earthworks) que sintetiza el dilema ético y ecológico de la era actual: «Querer reducir las emisiones extrayendo metales escasos es como querer apagar un incendio con gasolina».
El procesamiento de tierras raras genera volúmenes masivos de agua contaminada con residuos radiactivos, y la extracción de minerales destruye ecosistemas locales. Desde las protestas populares que frenaron megaproyectos de litio en Serbia, pasando por la extrema presión hídrica que sufre el desierto de Atacama en Chile —donde la minería consume el 65% del agua disponible—, hasta el colapso de presas de relaves en Brasil o el trabajo infantil en la República Democrática del Congo, el autor demuestra que la denominada «energía limpia» acarrea una huella social y ambiental sumamente pesada en los territorios de extracción.
4. El Sur Global busca romper la lógica del «centro y periferia»
Frente a este escenario, los países del Sur Global —poseedores de las mayores reservas probadas— intentan no repetir la historia colonial de la mera exportación de materias primas sin valor agregado.
Manrique repasa las iniciativas recientes en la región:
- El eje andino del litio y cobre: La firma de acuerdos de coordinación entre Chile, Argentina, Bolivia y Perú para intercambiar información geológica, formar personal técnico y buscar posicionarse como proveedores estratégicos con mayor capacidad de negociación.
- El potencial de Argentina: Con 17,1 millones de toneladas métricas de reservas probadas de cobre, el país tiene la oportunidad de ingresar al top 10 de productores mundiales en una década, aunque requiere inversiones de infraestructura superiores a los 28.000 millones de dólares para poner en marcha sus proyectos clave.
- Políticas de industrialización local: Casos como el de Indonesia en el mercado del níquel o las nuevas normativas fiscales en Brasil buscan incentivar el procesamiento local antes que la exportación de mineral en bruto.
5. El crimen organizado y la minería ilegal
Finalmente, el trabajo de Luis Esteban G. Manrique advierte sobre un fenómeno colateral pero devastador: el avance de la minería ilegal impulsado por los récords históricos en la cotización de los metales. Con un kilo de oro alcanzando valores astronómicos, estructuras del crimen organizado como el Clan del Golfo en Colombia o mafias en la cuenca amazónica han diversificado sus operaciones desde el narcotráfico hacia la extracción clandestina de oro y minerales. Según datos citados de la Global Initiative Against Transnational Organized Crime, entre el 70% y el 77% del oro exportado por países como Perú, Ecuador, Colombia y Bolivia proviene de fuentes ilegales, destruyendo bosques y evadiendo los controles estatales.
El análisis publicado en Política Exterior deja en claro que la transición hacia una economía descarbonizada no es un proceso neutro ni exento de violencia geopolítica. Mientras Washington intenta reaccionar mediante la creación de reservas estratégicas y subsidios federales, Pekín consolida su ventaja de décadas. En el medio, América Latina y el Sur Global se debaten entre la oportunidad histórica de capturar valor económico o quedar atrapados, una vez más, en el rol de zonas de sacrificio para la tecnología del primer mundo.
