domingo, noviembre 1, 2026

Borges y las máquinas que piensan: aquel presagio sobre la IA

Un fragmento de una entrevista con Marcelo Longobardi vuelve a circular en redes y suena sorprendentemente actual: para el escritor, una computadora podía escribir un buen verso, pero no tenía motivos para hacerlo.

Cada tanto, internet desentierra un archivo que parece escrito para el presente. Esta semana fue un fragmento de una entrevista de 1985 en la que Jorge Luis Borges conversa con el periodista Marcelo Longobardi sobre computadoras, poesía y pensamiento. El hallazgo, atribuido a @oskmonkey y difundido en X por @mobymartin, ya supera los 40 mil en el contador de la publicación.

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Lo que se rescata es un diálogo breve, con el humor seco y la ironía de siempre, que toca casi todas las preguntas que hoy se discuten alrededor de la inteligencia artificial generativa.

La pregunta: ¿puede una máquina escribir poesía?

Longobardi abre el juego con una hipótesis: no sería improbable que una computadora escribiera un endecasílabo aceptablemente bueno. Más adelante va más lejos y recuerda que ya se conjetura la creación de inteligencia artificial, es decir, que los científicos creen que, muy pronto, las máquinas podrán inferir y realizar ese conjunto de procesos que llamamos pensamiento.

«No tendría necesidad»

La primera reacción de Borges es práctica. Aunque una máquina pudiera componer el verso, sería absurdo que lo hiciera: uno escribe para desahogarse, para expresarse. Hay una razón humana detrás de cada poema, y las máquinas, sugiere, carecen de ella.

Sin dejar de bromear, el escritor reconoce que la situación tiene su costado literario. Propone un tema posible: el poema de una máquina que se lamenta de ser una máquina, o que se alegra de serlo. Y agrega, con picardía, que si ellos no lo escriben, lo escribirá él.

Amanuenses del espíritu

Cuando el entrevistador insiste en que habría cosas que las máquinas no podrán hacer, como lo inefable, Borges descarta el planteo de raíz. No cree que las máquinas quieran hacer ciertas cosas, y le parece absurda esa idea de la retórica. Para él, nadie se sienta a escribir un soneto: el soneto se escribe a través de uno, o incluso a pesar de uno.

De ahí su definición más personal del oficio: los escritores son amanuenses del espíritu, y bastante haraganes e imperfectos. En esa lectura, la autoría no es un acto de voluntad plena sino algo que atraviesa a quien escribe, un terreno en el que el «para qué» de una máquina no encaja.

El alma, el cuerpo y una duda

El segundo tramo de la charla gira hacia la filosofía. Longobardi plantea una idea que él mismo califica de divertida: si las máquinas piensan y no tienen cuerpo, sería razonable afirmar que existe un alma independiente de nuestro sistema biológico.

Borges no entra en la trampa. Admite que el razonamiento es correcto, pero pone en duda su premisa: no sabe si las máquinas piensan. Cuando el periodista replica que están a punto de hacerlo, el escritor responde con una anécdota sobre Groussac y el poeta Leopoldo Díaz, a quien se describía como joven, estudioso y a punto de tener talento. Con las máquinas, concluye entre risas, pasa lo mismo: son jóvenes, estudiosas, y todavía están a punto de tener talento.

Por qué resuena hoy

Cuarenta años después, la discusión no se cerró. Los modelos de lenguaje producen sonetos, cuentos y canciones en segundos, y la pregunta que Borges deja flotando sigue vigente: ¿alcanza con que el texto exista, o importa que alguien haya tenido algo que decir?

La intuición borgeana, además, tiene una larga genealogía. Críticos y ensayistas vienen releyendo desde hace años sus ficciones como anticipos del presente tecnológico: la Biblioteca de Babel y su universo infinito de textos, Funes y su memoria sin olvido, el Golem y la criatura animada por una palabra. Que en 1985 el propio Borges se mostrara escéptico ante la idea de una máquina con talento no le resta anticipación: la formula como pregunta, no como sentencia.

Una aclaración

El material circula en redes como capturas de una transcripción, sin referencia visible al programa ni a la fecha exacta de emisión. Antes de citarlo como fuente primaria conviene cotejarlo con el audio o la publicación original. Lo que sí queda claro es que, a casi cuatro décadas de esas palabras, la humorada de Borges sigue funcionando como el mejor termómetro de la conversación: las máquinas están, todavía, a punto de tener talento.

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