domingo, octubre 18, 2026

“Estúpidamente”: Isabel Bohorquez sobre Francia y su nuevo caos

La columna publicada hoy por 617.news explica la crisis francesa por un déficit crónico, la desindustrialización, el envejecimiento y una integración inmigrante fallida. Buena parte de sus cifras se confirman, pero varios datos y varias inferencias necesitan matices.

La columnista Isabel Bohorquez, doctora en Ciencias de la Educación y analista político-social, publicó “El imperio de la estupidez: ¿arderá por eso Francia… y el mundo?”. Es la primera entrega de una serie: anuncia que “profundizará” en la estupidez en un próximo texto. El resultado es un diagnóstico socioeconómico extenso con un título que promete otra cosa.

La tesis: una “estupidez” colectiva

Bohorquez parte de Gustave Le Bon y su Psicología de las masas (1895): en la multitud, sostiene, se acumula la estupidez y no el talento, y el individuo diluye su criterio en un “alma colectiva”. Aplica la idea a Francia en dos partes: las dificultades que debe comprender el país y los síntomas de una sociedad “estupidizada” que no puede resolverlas.

La obra de Le Bon es un clásico, pero la psicología social contemporánea discute su tesis de que la multitud anula la racionalidad individual. La columna tampoco demuestra el mecanismo: usa “estupidez” como etiqueta y no como concepto operativo. La segunda parte, donde esa categoría se desarrollaría, queda pendiente.

El diagnóstico fiscal: lo que se confirma

La autora describe una “asfixia fiscal” con un déficit de alrededor del 5,4% del PIB y una deuda cercana al 119%. Eso coincide con las cifras oficiales. El Ministerio de Finanzas prevé una deuda récord de 119,3% del PIB en 2026 y de 121,7% en 2027, con un déficit de 5,4% este año. El Insee ya registró en el segundo trimestre una deuda de 119% del PIB, un máximo histórico. 

También es sólida su genealogía. Sostiene que Francia no tiene un presupuesto con superávit desde 1974 y que los shocksde 2008 y 2020 dispararon la deuda. Es una lectura convencional entre economistas, y encaja con el dato de que la deuda estaba por debajo del 100% del PIB en 2019. 

Lo que hay que corregir o matizar

El ajuste. La columna habla de “cerca de 60.000 millones de euros”. Lecornu anunció un plan de ahorro de 54.000 millones de euros para el presupuesto de 2027. La diferencia es considerable. 

La deuda no es solo gasto social. Bohorquez atribuye el déficit a un gasto asistencialista financiado con endeudamiento. Omite el costo de la deuda en sí: en el primer semestre de 2026, el Estado destinó 34.530 millones de euros a intereses, 18,8% más que un año antes, el principal factor del aumento del gasto. Omite además la carga tributaria: con retenciones cercanas al 44% del PIB, Francia ocuparía el primer lugar de la Unión Europea. Eso complica la idea de un gasto financiado “exclusivamente” por deuda.

La reforma de pensiones. La columna dice que en febrero de 2026 el gobierno de Lecornu “se vio forzado a suspender” la reforma de 2023, y que desde septiembre la edad de retiro “retrocedió de hecho”. Las fuentes consultadas cuentan otra historia. Lecornu anunció la suspensión en su discurso de investidura, hasta después de las presidenciales de 2027, lo que aplaza la reforma hasta enero de 2028. La Asamblea Nacional la votó en diciembre de 2025, dentro del presupuesto de la Seguridad Social. No hubo retroceso: los franceses solo tendrán que trabajar hasta los 62 años y nueve meses, la edad fijada actualmente. Se congeló el aumento. Y el “agujero de miles de millones” es menor de lo que sugiere la columna: el gobierno calculó un costo de unos 400 millones de euros en 2026 y 1.800 millones en 2027. Una estimación posterior habló de 100 millones y 1.400 millones. 

También conviene precisar quién celebró. La columna dice que la izquierda radical festejó la medida como conquista. Votaron en contra principalmente la extrema derecha de Le Pen y La Francia Insumisa de Mélenchon. El líder de LFI la consideró “un retraso temporal” y pidió su retirada integral. 

El 32% de Educación. Es real, pero admite lectura distinta. Un informe oficial muestra que el 32% del presupuesto del Ministerio de Educación, 28.500 millones de euros, va a la cuenta especial que financia las pensiones de los funcionarios del Estado. En Interior es el 30% y el promedio entre ministerios ronda el 13%. La columna lo presenta como dinero para “docentes ya jubilados”. Pero el informe mezcla cotizaciones patronales y salariales, y el Ministerio de Cuentas Públicas advirtió que no puede deducirse de él que el problema del sistema sea el régimen de la función pública. 

La inmigración: cifras reales, inferencias discutibles

Varios datos que da la columna se confirman. Francia otorgó 384.230 primeros títulos de residencia en 2025, un aumento de 11,2%, impulsado por motivos humanitarios. El adjetivo “récord histórico” de la columna no aparece en esa fuente, que sí habla de un récord de títulos válidos (más de 4,5 millones). La fuente aporta además contexto que la columna omite: las regularizaciones bajaron 10,1% y las solicitudes de asilo cayeron 3,7%. 

Sobre el tamaño de la población inmigrante hay un problema de definiciones. La columna habla de 9,6 millones de personas nacidas en el exterior (14%). La OCDE sitúa la población nacida en el extranjero en 14% en 2024. Pero el Insee, con su definición de inmigrante, contabilizó 7,7 millones, 11% de la población, a comienzos de 2025. Ambos datos son correctos, pero miden cosas distintas, y conviene aclararlo. 

Lo más discutible es el paso de las cifras al juicio. La columna sostiene que buena parte de la juventud de origen inmigrante se vuelve “un costo neto para el Estado”. Para eso usa tasas de desempleo (15,9% frente a 7,5% entre nativos, y más de 40% entre jóvenes de ciertos barrios). Pero el desempleo no equivale a un balance fiscal, y la columna no cita ningún estudio sobre el aporte neto de la inmigración. La literatura sobre el tema es disputada y depende de la metodología y del horizonte temporal. La propia autora reconoce que la inmigración sostiene el crecimiento poblacional y es necesaria para el sistema, lo que tensiona su conclusión.

Otro punto delicado es el título de la sección, “Francia sin franceses”. Gran parte de la juventud que describe nació en Francia y es francesa. La columna lo reconoce al hablar de “hijos de inmigrantes”, pero el marco “nativos contra inmigrantes” los sigue tratando como un grupo aparte.

Quiénes protestan

Bohorquez afirma que el sector que “principalmente protagoniza los disturbios” es el de las banlieues, y que la Francia periférica, en cambio, vota a Le Pen en lugar de quemar contenedores. La cobertura de la jornada del 17 de octubre no sostiene esa división. En las calles había chalecos amarillos, estudiantes, agricultores y sindicalistas. Mélenchon encabezó la marcha en París. Ninguna de las fuentes que revisamos describe el origen de los detenidos. Atribuir los disturbios a un grupo social específico es, por ahora, una hipótesis y no un dato.

La columna también deja fuera parte del contexto inmediato: faltan seis meses para las elecciones en las que Francia elegirá al sucesor de Macron, y la jornada coincidió con la negociación de los presupuestos de 2027. 

El veredicto

Al final, Bohorquez pregunta cómo intenta Francia resolver sus problemas y responde con una sola palabra: “Estúpidamente”. Describe una sociedad que se enfrenta y se lastima en vez de buscar nuevas respuestas. Es una conclusión contundente y la columna no ofrece propuestas propias; solo resume, sin evaluarlas, las de Le Pen y Mélenchon sobre pensiones.

El mérito del texto está en ordenar, en un solo recorrido, déficit, deuda, demografía y pensiones. Su debilidad es que usa una etiqueta moral para describir un conflicto en el que, como ella misma admite, muchos manifestantes tienen “justas razones”. Explicar por qué una sociedad llega a ese punto exige más que llamarla estúpida.

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