A horas del balotaje del domingo entre Lula y Flávio Bolsonaro, conviene recordar que el vínculo con el principal socio comercial argentino no debería depender de afinidades ideológicas.
Este domingo Brasil elige presidente, y la discusión pública argentina ya está lista para convertir la elección en una pelea de simpatías. Antes de entrar en lo que está en juego, hay una premisa que conviene dejar clara: los países no deberían manejar sus relaciones internacionales según el color político del mandatario de turno. Los vínculos entre Estados son bastante más estables que los gobiernos.
Una lección que ya vivimos
La región tiene antecedentes. Cuando se creó la UNASUR, el bloque funcionó en buena medida como un club de países cercanos a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro, una especie de rejunte chavista. Mirar hoy el mapa regional como una liga de gobiernos afines de derecha repite el mismo error con el signo cambiado. Ninguna de las dos lecturas sirve.
El péndulo político va y viene, y los proyectos grandilocuentes suelen quedarse en el anuncio. Del chavismo regional quedó la promesa de un Banco del Sur que no se hizo, de una ruta entre Venezuela y la Argentina que tampoco, y de un tren entre el Atlántico y el Pacífico que no salió de los papeles.
Lo que perdura: el comercio
Hay un dato que no cambia con las urnas: Brasil es el principal socio comercial de la Argentina. Más allá de los mandatos, lo que prevalece es la economía. Los productos brasileños que necesitamos y los argentinos que ellos necesitan crean una relación de necesidad mutua que ningún gobierno puede ignorar. Ambos países integran además un mismo bloque, y a la Argentina le conviene seguir dentro de él. Lo político va y viene, mientras que lo comercial queda.
La elección: dos candidatos, dos polos
La segunda vuelta del 25 de octubre enfrenta a Flávio Bolsonaro, senador del Partido Liberal, y al actual presidente Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores. En la primera vuelta, Flávio quedó adelante por sorpresa, con alrededor de 47% de los votos frente a casi 45% de Lula, y las encuestas previas al balotaje lo muestran como una contienda muy pareja. radioagriculturasemanariouniversidad
Flávio es hijo de Jair Bolsonaro, el expresidente que, según los reportes, cumple una condena de 27 años por intento de golpe de Estado. Pero Flávio no es lo mismo que su padre. Intenta hacer otra política, es más dialoguista y menos efervescente, aunque representa sin dudas el mismo sector de ideas.
Lula, por su parte, tampoco es un ícono de la izquierda clásica. Mantiene como vicepresidente a un dirigente de centro y aplica políticas económicas que podrían calificarse de derecha. Él mismo ha dicho que no es un hombre de izquierda, y su habilidad es juntar votos con los dos brazos.
Izquierda y derecha, categorías gastadas
De ahí surge una conclusión: los términos «izquierda» y «derecha» están perimidos para entender cómo gobiernan hoy muchos presidentes, que suelen ser mucho más prácticos. Un paralelo ayuda: el Partido Demócrata de Estados Unidos se vincula con la izquierda dentro de lo que allá puede llamarse izquierda, pero es el partido del establishment, y Wall Street está con él. En Brasil ocurre algo parecido, ya que la poderosa Cámara de Comercio de San Pablo está con Lula y no con los Bolsonaro.
¿Qué cambia el lunes para la Argentina?
Si gana Lula, no pasará nada distinto de lo que ocurre ahora. Su cercanía con China y el pulso que ese país mantiene con Estados Unidos generan tensiones políticas y comerciales, pero son un problema de China y de Washington, no de la Argentina.
Si gana Bolsonaro, se armará un club de gobiernos que piensan parecido en ideas políticas de derecha, pero poco más que eso. Ese tipo de afinidades rinde menos de lo que se promete.
Una advertencia al periodismo
La discusión argentina sobre Brasil suele ser chiquita y mediocre, y está más atenta a pegarse una etiqueta ideológica que a las realidades de la relación bilateral. Los periodistas también nos equivocamos cuando alentamos falsas peleas para sumar clics. Hace falta hablar con gente que vaya mucho más a fondo.
La elección es, ante todo, de los brasileños: ellos decidirán qué país y qué economía quieren tener. A nosotros nos corresponde seguir siendo buenos amigos de Brasil, sin importar quién gane.
