domingo, agosto 2, 2026

Análisis semántico de la expresión inteligencia artificial (IA)

COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Eduardo Da Viá. Un riguroso examen sobre los verdaderos alcances del término «inteligencia artificial»: por qué su uso masivo responde más a un recurso de marketing que a la precisión lingüística y científica, y la urgencia de defender la riqueza de nuestro idioma llamando a las cosas por su nombre.

En tren de la defensa de nuestro rico idioma, batalla que sostengo desde hace mucho tiempo y sobre lo que he escrito decenas de páginas, el llamar a cada cosa por su nombre con respaldo etimológico o con significado consensuado por autoridades en la materia es el paso previo ineludible de un correcto hablar y escribir.

Por ello se me ocurrió indagar acerca de la inteligencia artificial (IA), porque me urticaba eso de la supuesta inteligencia y si tal denominación es lingüísticamente correcta.

En la era actual existe una saturación del uso de la sigla IA, como abreviatura de inteligencia artificial, a tal punto que la mayoría de las personas alfabetizadas y con un cierto grado de instrucción o sabiduría, cada vez menos estricta, la utilizan a diario simplemente porque ha pasado a ser una palabra más del léxico popular, dando por descontado que todos conocen su significado.

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La bibliografía, en especial la periodística, y la interfaz visual digital acuden permanentemente a ella pero, estimo yo, sin dedicar unos instantes al análisis semántico de la expresión.

La pregunta inicial es si la inteligencia artificial es realmente inteligencia y además si es asimismo artificial.

La definición de inteligencia ha sido motivo de profundas reflexiones de los filósofos hasta lograr un consenso hace unas décadas atrás, cuando concluyeron expresando que inteligencia es la capacidad de resolver un problema nuevo en base a las experiencias previas.

A mí, por lo menos, curioso incurable, me satisfizo en principio esta definición, aunque en el fondo sentía una cierta inquietud dada por la extrema brevedad de la frase y la suposición implícita de que todos los humanos tienen experiencias previas que les permiten ser inteligentes, pero sin dar lugar a la posibilidad, al menos, de que alguno carezca de ellas, lo que inmediatamente lo transformaría en un ser no inteligente; conclusión esta absolutamente lógica y de la que podría partir un gran número de «peros».

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Sin embargo, el disponer de una definición proveniente de cerebros brillantes me daba una cierta tranquilidad intelectual como para descansar la mente y dedicarme a desfacer otros entuertos que también interferían con mi envidiable capacidad de dormir.

Hoy, en cambio, las cosas se han complicado y, empezando por la etimología, la palabra inteligencia viene del latín intelligentia, que se forma a partir del verbo intellegere. Este verbo se compone de dos partes: el prefijo inter- («entre») y el verbo legere («leer», «escoger» o «elegir»).

Su sentido literal es la cualidad de saber escoger la mejor opción entre varias alternativas. Leer por dentro: si se toma la variante intus legere, significa «leer en el interior» o comprender el sentido profundo de las cosas.

Pero, a pesar del peso de la Real Academia, responsable de esta interpretación etimológica, al leerla vuelve uno a quedar no del todo satisfecho, a tal punto que hace no mucho, y con el fin de ponerse de acuerdo sobre qué es la inteligencia, 50 profesores e investigadores de universidades de Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña firmaron un documento publicado inicialmente en el Wall Street Journal y posteriormente en la revista Intelligence.

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En el mismo se subrayan las conclusiones más importantes de los investigadores en inteligencia. En cuanto a la naturaleza, evaluación y aplicación de la inteligencia, en el documento se recoge lo siguiente:

Significado y medida de la inteligencia:

«La inteligencia es una capacidad mental muy general que, entre otras cosas, implica habilidad para razonar, planificar, resolver problemas, pensar de forma abstracta, comprender ideas complejas, aprender con rapidez y aprender de la experiencia. No supone el mero aprendizaje de un texto, una habilidad académica específica o resolver test de forma habilidosa. Más bien, refleja una capacidad amplia y profunda para la comprensión del entorno, para ser capaz de capturar el significado de las cosas y darles un sentido o para ingeniárselas a la hora de saber qué hacer».

Evidentemente la cosa no es tan sencilla desde el momento en que hubieron de reunirse 50 distinguidos cerebros para lograr un consenso, que de ninguna manera da por finiquitado el desafío.

Volviendo al tema prínceps de esta nota, surge de inmediato una simple pregunta: ¿Reúne la IA las condiciones de esta definición como para ser considerada inteligencia?

Yo estimo que no y daré mis razones ante tan atrevida negativa; y comenzaré a mi vez por proponer una incógnita interrogando si la IA es capaz de crear.

Aquí está la clave del asunto: la respuesta corta depende de cómo definamos «crear».

Si se entiende la creatividad como el acto de producir algo nuevo, original y con valor práctico o estético, la respuesta es sí. Pero si aceptamos que crear exige intención, conciencia, emoción y experiencia vivida, entonces la respuesta es un rotundo no.

La inteligencia artificial opera a través de patrones probabilísticos. Analiza millones de imágenes, textos o piezas musicales y recombina de forma inédita esos datos para generar un resultado.

La IA maneja datos, vale decir información que el humano le proporciona y que ella maneja a velocidades muy superiores a la del cerebro; pero mayor velocidad no siempre implica más exactitud, sino simplemente que necesita menor tiempo para llegar a una conclusión.

Sin intención ni propósito, la IA no decide crear nada por voluntad propia ni entiende el significado del resultado; solo responde a parámetros o instrucciones externas.

Dicho lo anterior, es claro que la IA posee una inteligencia relativa y acotada al manejo de datos que se le suministran y de entre los cuales, a enorme velocidad, elige mediante algoritmos la respuesta más probable.

En cuanto a la expresión en inglés, es la misma pero con el orden inverso de las letras, AI, por artificial intelligence, y con el significado de: habilidad para aprender, comprender o lidiar con situaciones difíciles, complicadas o estresantes que ponen a prueba la paciencia, la fuerza o la capacidad de resistencia de una persona.

Pienso que las dos primeras cláusulas las cumple la IA, pero no la última; vale decir, estamos también en este idioma ante una inteligencia parcial que de ninguna manera, al menos por ahora, puede compararse con la del cerebro.

Lo triste es que el marketing, arteramente manejado, nos la presenta como inteligencia sin peros, aprovechando la poca curiosidad que padece la mayoría de los usuarios, que no se detienen a rastrear el origen de las palabras y quedan satisfechos con el bocado que les ofrece la propaganda.

Respecto al segundo término de la sigla en español, «artificial», la Real Academia lo define como: hecho o producido por el ser humano; no natural, falso.

En cuanto a la expresión artificial intelligence, el famoso diccionario Webster’s la define como la capacidad de una máquina para imitar o simular la conducta humana inteligente.

Si aceptamos que la IA es producto de la inteligencia humana, y positivamente lo es, es matemática y filosóficamente imposible que una inteligencia fabrique otra superior a sí misma.

La diferencia está en el procesamiento de los datos, entendiendo por tales no solo los numéricos y los alfabéticos, sino los provenientes del entorno, por ejemplo: temperatura, humedad, velocidad del viento, multitud de sonidos producidos por humanos (cada uno con su origen y significado), impactos visuales, sentimientos, temores, aspiraciones para el futuro y miles más.

Nada de eso entiende la IA a menos que el mismo humano le facilite los datos y, peor aún, nada puede hacer para modificar la mayoría de ellos.

Para ejemplificar con un modelo ya muy en boga, pregunté qué se entiende por automóvil inteligente, y la respuesta fue: «Un automóvil inteligente es un vehículo equipado con tecnología avanzada, inteligencia artificial y conectividad a internet que puede analizar su entorno, asistir al conductor e incluso tomar el control de la marcha de forma autónoma. Posee sensores y cámaras (radares y sistemas LiDAR que detectan objetos, peatones y señales de tránsito en tiempo real), asistencia avanzada (ADAS: frenado automático de emergencia, control de velocidad adaptativo y mantenimiento de carril) y conectividad total (actualizaciones de software en línea y comunicación constante con la nube y otros dispositivos)».

Ahora me pregunto: cuando un automóvil llamado inteligente detecta a un peatón desprevenido que cruza inesperadamente la calle y el auto reduce la velocidad o detiene la marcha, ¿fue un acto de inteligencia o de obediencia?Indudablemente lo fue de obediencia a la programación que lo gobierna, y no podría haber hecho otra cosa que lo que hizo: por ejemplo, subirse a la vereda deshabitada y circular un trecho por ella para volver a la ruta. Este habría sido un acto de inteligencia independientemente de la infracción que supone, pero no le queda más remedio que obedecer al programa.

Sin contar con la necesidad de la supervisión del conductor por posibles y reales fallas del accionar del vehículo.

En cuanto a los autos sin conductor, ya han demostrado su factibilidad, pero a su vez han producido accidentes incompatibles con su supuesta inteligencia.

Dicho todo lo que antecede, concluyo expresando que, a mi juicio, llamarla «inteligencia» es lisa y llanamente una hipérbole que más tiene que ver con el mercadeo que con la estricta ciencia.

Pero atento a las virtudes que posee, yo le llamaría Sistema Virtual de Capacidades Aumentadas. O cualquier otra denominación con similar significado; con el agregado de que, siendo diseñado y fabricado por el hombre, no puede de ninguna manera superar, excepto en velocidad de respuesta, las capacidades del cerebro humano.

Llamemos a las cosas por su nombre apelando a la riqueza lingüística de que goza nuestro idioma.

Por Eduardo Atilio Daviá

Agosto de 2026

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