domingo, agosto 2, 2026

Contate un cuento/ La última ruta: «El viaje», por Antonio Romeo

COLUMNISTAS INVITADOS. A través de una atmósfera asfixiante y un trayecto sin retornos, Antonio Romeo nos enfrenta a la ceguera de la rutina, las urgencias cotidianas y la inevitable confrontación con el destino final.

Con una prosa sobria, envolvente y cargada de misterio existencial, Antonio Romeo nos entrega una pieza narrativa que dialoga directamente con la condición humana. En este cuento, el viaje en autobús deja de ser un simple desplazamiento físico para transformarse en un espacio de tránsito entre la distracción diaria y la toma de conciencia sobre lo verdaderamente esencial.

Una lectura tan inquietante como sanadora que invita a detener la marcha y reflexionar sobre las prioridades con las que construimos nuestra vida.

El cuento completo de Antonio Romeo

El viaje

El autobús parecía más viejo que la ruta. La pintura descascarada apenas conservaba un color indefinido, y los asientos, vencidos por el tiempo, crujían con cada imperfección del camino. Afuera, una carretera abandonada se perdía entre campos grises donde no había pueblos, estaciones de servicio ni señales. Solo el asfalto interminable.

El vehículo iba completo.

Nadie hablaba.

Los pasajeros permanecían inmóviles, con la vista fija al frente o perdida detrás de las ventanillas que mostraban siempre el mismo paisaje. El único sonido era el motor, constante, como un corazón demasiado viejo para detenerse.

El conductor sostenía el volante con firmeza. Miraba hacia la profundidad de la ruta, sin pestañear.

Después de muchas horas —o quizá días; el tiempo parecía haber perdido sentido— el hombre del asiento diecisiete se levantó.

—¿Hay una próxima parada?

El conductor no apartó la vista del camino.

—¿Para qué?

—Para estirar las piernas… y fumar un cigarrillo.

—No.

El hombre volvió a sentarse. Pensó que sería cuestión de esperar.

Las horas continuaron deslizándose iguales unas a otras. Volvió a levantarse.

—¿Ahora sí habrá una parada?

—No.

Sintió entonces que todos los pasajeros lo observaban. Ninguno pronunció una palabra. Solo lo miraban, con una serenidad incómoda.

Llegó la noche. El frío comenzó a filtrarse por cada rincón del autobús.

—¿Podría encender la calefacción?

—No.

Buscó complicidad en las miradas de los demás.

—¿No tienen frío?

Nadie respondió.

Cuando amaneció, el calor reemplazó al hielo. El aire se volvió espeso, irrespirable.

—Entonces encienda el aire acondicionado.

—No.

Intentó abrir una ventanilla.

Estaba sellada.

Probó otra.

También.

Las puertas no tenían manija.

Una inquietud comenzó a crecerle en el pecho. Caminó por el pasillo. Contó los asientos. Volvió a contarlos. Parecían más largos cada vez.

El autobús seguía avanzando.

Nunca disminuía la velocidad.

Nunca doblaba.

Nunca se detenía.

La angustia terminó por desbordarlo.

—¡Quiero bajar! ¡Detenga el autobús!

El conductor habló por primera vez con un tono casi amable.

—Cálmese.

Los pasajeros giraron al mismo tiempo.

—Silencio —dijeron al unísono—. Todos merecemos un viaje placentero.

El hombre retrocedió.

—¿Qué significa eso?

Nadie respondió.

Una mujer sonrió apenas.

—Porque este es el último viaje.

Sintió que el aire desaparecía. El corazón golpeaba con violencia.

—¿Adónde vamos? ¿Dónde termina esta ruta?

El conductor respondió sin apartar los ojos del horizonte.

—El autobús se detendrá cuando aceptes tu destino.

—¿Mi destino?

—Sí.

Hubo un largo silencio.

—¿Por qué no me lo dijeron antes de subir?

El conductor dejó escapar una leve sonrisa.

—¿Lo preguntaste?

El hombre bajó la mirada.

Recordó el apuro. El teléfono. Las preocupaciones. Las reuniones pendientes. Los mensajes sin responder. Las promesas para otro día.

—No…

—Estabas distraído con cosas que considerabas importantes.

El motor continuó rugiendo.

El conductor habló una última vez.

—Siéntate. Disfruta el viaje. Todavía tienes tiempo para revisar tu vida.

El hombre regresó lentamente a su asiento.

Por primera vez observó a los demás pasajeros. Algunos tenían los ojos cerrados. Otros contemplaban el paisaje vacío con una paz que no comprendía. Quizá todos habían hecho, antes o después, las mismas preguntas.

El autobús siguió avanzando.

Afuera, la ruta no tenía principio ni final.

Y nadie podía saber si el viaje terminaba cuando uno aceptaba su destino… o si aceptarlo era, precisamente, el verdadero final.

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