La economía moderna suele presentarse como una intrincada arquitectura de grandes proyecciones gubernamentales, estadísticas industriales y teorías complejas. Sin embargo, en un lúcido ejercicio de divulgación, Rubén de la Llana desplaza el foco analítico de los grandes despachos hacia el mostrador cotidiano.
En su columna «Yo, el consumidor», publicada por 617.news, el Contador Público y Presidente de la Fundación Alberdi desglosa el funcionamiento del mercado no como un mecanismo abstracto de regulación, sino como un entramado de cooperación humana donde la libertad de elegir constituye el auténtico motor de la sociedad.
Inspirado de forma manifiesta en el célebre ensayo Yo, el lápiz de Leonard Read, el autor parte de una premisa de humildad epistémica: la absoluta dependencia del individuo respecto del saber colectivo. «Dependo permanentemente del conocimiento de otros: agricultores, ingenieros, programadores, camioneros…», señala de la Llana. En esa dinámica, admite no conocer a quienes producen lo que utiliza, del mismo modo que ellos desconocen sus hábitos particulares: «allí aparezco yo. Y digo sí. O digo no. O digo quizá más adelante». Es en esta interacción donde se derriba la pretensión de la planificación centralizada, reemplazándola por el lenguaje primordial del intercambio: «no tengo un teléfono directo con el gerente de una empresa… tengo otro lenguaje: compro o no compro».
El precio como huella y la falacia de la protección
El análisis profundiza en la naturaleza del sistema de precios. Para el titular de la Fundación Alberdi, el valor exhibido en una góndola es meramente una pretensión del vendedor que requiere convalidación. De la Llana destaca que «los precios realizados son mucho más que números. Son huellas de acuerdos concretos entre valoraciones distintas». Bajo esta perspectiva, los aciertos empresariales se premian con ganancias y los errores se castigan con pérdidas, funcionando la competencia como un mecanismo correctivo permanente.
Uno de los puntos más críticos del texto aborda las consecuencias de la intervención estatal y el proteccionismo. Frente al argumento recurrente de resguardar la producción local, el autor advierte sobre los costos ocultos que recaen sobre el eslabón más débil de la cadena: «el problema aparece cuando olvidamos que yo también pago esa protección». Asimismo, desarma la retórica fiscalista al recordar que la carga impositiva y regulatoria no se frena en las corporaciones, pues «los costos, tarde o temprano, buscan algún lugar donde alojarse» y terminan impactando en el comprador final.
La falibilidad de las partes y la verdadera utilidad del mercado
Lejos de una defensa dogmática o idílica del libre mercado, el artículo reconoce las imperfecciones inherentes a la conducta humana. De la Llana descarta la idea del consumidor omnisciente e infalible, admitiendo sus propias limitaciones y errores de elección. Sin embargo, contrapone estas fallas con las deficiencias de la gestión pública, enfatizando que «la comparación correcta no es entre un mercado real, lleno de personas falibles, y un Estado imaginario perfecto».
En última instancia, el valor de la columna radica en su reivindicación del individuo como agente económico activo. Sin necesidad de discursos grandilocuentes ni decretos gubernamentales, la coordinación social se produce diariamente en el acto ordinario de consumir o abstenerse de hacerlo. Como concluye el propio de la Llana, «mi voto no llega cada cuatro años. Llega cada vez que saco la billetera, o decido no sacarla». En un entorno proclive a las recetas mágicas y al intervencionismo, la columna recuerda que la libertad económica es valiosa no porque seamos infalibles, sino precisamente porque nadie posee el conocimiento suficiente para decidir por los demás.
