Hay textos que funcionan como una radiografía de la época, no por la acumulación de datos estadísticos ni por el lenguaje ampuloso de la academia, sino por la lucidez con la que desarman los vicios de la condición humana. La reciente columna del pensador y escritor Eduardo Atilio Da Viá, titulada simplemente La Cumbre, pertenece a esta estirpe. Con la pulso firme de quien conoce las trampas del orgullo y las grietas de la sociedad contemporánea, Da Viá nos propone un recorrido crítico que parte de la inocencia infantil y culmina en la severa denuncia de las élites globales.
El punto de partida del autor es una desconstrucción semántica. Frente a la definición «aséptica y por demás escueta» de la Real Academia Española —que limita la cumbre al punto más elevado o al momento de mayor éxito—, Da Viá advierte que la vida impone lecturas mucho más complejas. Desde los primeros años, la sociedad empuja al individuo a escalar. Sin embargo, el problema radica en cómo la cultura del facilismo ha distorsionado el aprendizaje básico: que cualquier logro genuino demanda dos pilares ineludibles, el tiempo y el esfuerzo.
«El facilismo, en especial a nivel universitario, persuade al joven estudiante de que alcanzar cumbres es más fácil de lo que creía, craso error; la vida habrá de demostrárselo duramente», señala Da Viá, poniendo el dedo en la llaga de una educación despojada de rigor demagógicamente.
Saber versus tener: la bifurcación ética
Uno de los aportes más valiosos de la columna radica en la distinción ética entre las distintas «cumbres» que ofrece la vida adulta. El autor contrapone las montañas del saber —aquellas que forman individuos útiles, respetables y comprometidos con su comunidad— con los deslumbrantes y coruscantes picos de la riqueza y el poder.
Ahí es donde el análisis de Da Viá adquiere un volumen de denuncia social implacable. La trepada hacia esas cumbres del tener rara vez es inocente: «Nadie hace cumbre en estas elevaciones sin pisotear prójimos», sentencia. Y detalla con agudeza la paranoia que consume a quienes llegan a lo alto mediante el borramiento de valores como la honestidad o la compasión: el temor constante al empellón ajeno que los haga rodar ladera abajo los convierte en «bestias malignas capaces de todo para permanecer incólumes».
La «visión satelital» y la desconexión del llano
El trabajo de Da Viá alcanza su mayor fuerza conceptual al describir la alienación que produce el encumbramiento. Quienes ocupan las alturas de la política, la economía o la burocracia internacional no solo se distancian físicamente del resto; sufren una distorsión cognitiva que el autor bautiza con precisión quirúrgica:
«El encumbramiento aleja necesariamente al individuo de la sociedad circundante; las personas pasan a ser diminutos puntos fácilmente despreciados; adquieren, yo diría, una visión satelital del mundo subyacente».
Esta «visión satelital» explica la insensibilidad con la que se toman decisiones globales, desde la explotación minera en el Congo para abastecer la industria tecnológica hasta la burocracia dorada de organismos internacionales que deliberan en hoteles de cinco estrellas mientras los problemas de fondo siguen intactos. Protegidos por cristales antibalas y abstraídos por pantallas, los «cumbreristas» observan la realidad como si fuera un espectáculo ajeno.
Con un estilo directo, que no teme a los neologismos ni a las definiciones tajantes, Eduardo Da Viá nos regala en La Cumbre un llamado de atención urgente. Su proclama final —«Abajo las cumbres, vivamos todos en el llano»— no es una invitación a la mediocridad, sino un reclamo de empatía, honestidad y humanidad compartida. Un ejercicio de pensamiento crítico que vale la pena leer, discutir y, sobre todo, poner en práctica.
El texto de Da Viá
LA CUMBRE
Si nos atenemos a la definición aséptica y por demás escueta de la Real Academia Española, que dice:
La cumbre es el punto más alto, elevado o importante de algo.
Se usa para indicar la cima física de un sitio o el momento de mayor éxito o desarrollo de un proceso, obra o carrera. Entiendo que el diccionario debe dar definiciones de estas características, pero bien podría sugerir otras lecturas complementarias para satisfacer la curiosidad intelectual. En mi caso personal, y en mi condición de pensador y escritor, estimo que el tema da para mucho más.
Así, por ejemplo, creo que la enorme mayoría de las personas, incluidos niños en edad escolar, aspiran a alcanzar en el futuro más inmediato posible una infinita variedad de cumbres que la vida les ofrece o les ofrecerá tarde o temprano. Para los niños que leen y escriben, una quimérica cumbre a alcanzar muy bien puede ser llegar a ser un símil Messi, o para las niñas integrar el equipo de Las Leonas; esto en lo deportivo, ítem preponderante para esas edades, o bien un destacado cantautor de moda. Para otros, menos influenciados por el deporte, quizás la cumbre sería llegar donde sus padres o sus abuelos lo hicieron, claro que sin tener demasiado claro en sus vírgenes mentes que cualquier culmen que uno deseara conquistar demanda dos factores ineludibles: TIEMPO Y ESFUERZO.
Ambos no bien comprendidos, tal como ocurre con el esfuerzo, dado que es imposible para un niño, y aun para adolescentes, comprender lo que significa el esfuerzo, cuya única manera de entenderlo es aprender haciendo a medida que la misma cumbre elegida se lo vaya exigiendo. Esa escalada, porque siempre lo es, puede estar tachonada por diferentes escollos que irán sorprendiéndole a medida que avance. En sus devaneos de fantasía, para ese entusiasta y novel escalador, el camino lo imaginará fácil y hasta divertido, hasta advertir que se va transformando en una tarea que lentamente se aleja de la diversión para transformarse en una empresa cada vez más ardua; pero si la decisión está firme, se las ingeniará para ir salvando escollos y con ello se irá fortaleciendo el objetivo perseguido: la Cumbre.
Para un niño de clase media, la primera elevación a vencer es sin duda la escuela primaria, terminada la cual y ya desde la cima, descubrirá no sin sorpresa que se divisan muchas cumbres más, cada una más alta y más escarpada que la anterior. La elección de la próxima cumbre se trata por lo general de los estudios secundarios, la que, aparte de ser obligatoria, es tristemente famosa hoy por el facilismo que poco a poco los políticos le fueron confiriendo mediante claras modificaciones demagógicas. El facilismo, en especial a nivel universitario, persuade al joven estudiante de que alcanzar cumbres es más fácil de lo que creía, craso error; la vida habrá de demostrárselo duramente. Y concomitantemente con el esfuerzo, va creciendo la confianza en sí mismo y el orgullo del logro conseguido, siempre y cuando haya sido fruto de un recorrido honesto y sin trampas.
El avizorar la próxima cumbre le ha de producir sin dudas algún íntimo escozor, porque la advierte más larga y más difícil de vencer, pero la experiencia adquirida reforzará su entusiasmo y llegará el momento en que no verá la hora en que finalice el descanso, las vacaciones, para enfrentar la tarea. La segunda cumbre suele ser más fácil de lo esperado si el candidato supo aprovechar las enseñanzas de la primera, y ante la clásica pregunta del docente de qué significa la palabra «jerosolimitano», por ejemplo, levantar la mano con la seguridad que solo da el saber.
Pero desde la cima de la segunda cumbre habrá de descubrir un gran número de cumbres, ya no obligatorias sino electivas, simulando el aspecto de nuestra austral Payunia con cientos de volcanes al parecer inactivos. Y es aquí donde la personalidad comienza a asomar: ¿elegirá las cumbres del saber o las del tener? Si elige alguna de las primeras, seguramente lo hará porque una vez alcanzada tendrá en sus manos y en su conocimiento el arma más poderosa para transformarse en un individuo respetable, útil a sí mismo y a la sociedad: EL SABER.
Pero por desgracia para todos, algunas de las cumbres que se divisan resultan muy atractivas dado que lucen coruscantes y hasta enceguecedoras; son las cumbres de LA RIQUEZA; y a su lado, a veces entrelazadas o compartiendo la base, la otra más temible aún: LA DEL PODER. Ambas por lo general precedidas de verdes praderas, plagadas de arroyos y pájaros de sin igual belleza que las hacen más atractivas aún. La trepada suele ser fácil si se van dejando de lado prejuicios tales como honestidad, solidaridad, compasión y altruismo. Nadie hace cumbre en estas elevaciones sin pisotear prójimos.
Pero a poco andar, enseñoreado por el culmen considerándose único poseedor del predio, advierte primero con sorpresa, luego con temor y finalmente con odio, que siguen llegando escaladores que reclaman sus bocados, y que si se descuida, un simple empellón lo hará rodar ladera abajo sin que a los nuevos se les mueva un pelo, a su imagen y semejanza. Ese saber de su fragilidad lo transforma en una bestia maligna capaz de todo para permanecer incólume en su ápex, y si hay que hacer rodar cabezas, pues que rueden, total hay millones disponibles a ponerse de hinojos esperando la dádiva disfrazada de premio.
Pero el tan temido empellón, tarde o temprano aparecerá y como la ley de la gravedad no respeta jerarquías, ricos y poderosos rodarán cuesta abajo transformándose en un paria cuando llegue al llano, si es que aún vive.
Hay cumbres tanto honestas como necesarias: excelentes médicos, policías, abogados, maestros, ingenieros y quizá con mucha suerte, algún sacerdote por ahí, y muchos más. Hay infinidad de cumbres que atraen la atención del humano, lo que obliga naturalmente a elegir una o varias; y quizás las más notables sean las cumbres geográficas, en especial las cuya altura supera los 8000 metros: andinistas, montañistas, himalayistas, cuya práctica implica un serio riesgo de vida; pero el hombre confunde capacidad con infalibilidad, es decir, a él no le va a tocar morir. Decenas de cadáveres yacentes semisepultos en el Everest no logran convencerlos de lo frágiles que somos los humanos.
Y volviendo a las cumbres RIQUEZA y PODER, ocurre lo mismo; pensemos por un instante quién de nosotros había sentido hablar o había leído algo acerca del aparentemente inocente Estrecho de Ormuz, hoy prima donna de la guerra norteamericana-iraní. Ese Estrecho lo hizo bajar a Trump de su hasta entonces inexpugnable encumbramiento.
Otro ejemplo del que todavía no se habla tanto, quizás para no sembrar el pánico entre los accionistas de las poderosas empresas fabricantes de celulares, que horrorizados asisten al faltante de memorias para estas infernales máquinas; y escasean porque va quedando poca materia prima en la exangüe tierra de la que extrajeron a mansalva y a costa de la explotación de esclavos, principalmente congoleños. Qué pasará entonces con economías como Samsung o Motorola y tantas otras; yo lo veo muy claro: tendrán que descender de las cumbres que ocupan, afincarse miles de metros más abajo y conformarse cuando los padres solo compren un celular para toda la familia, o a lo sumo uno para cada uno de los padres y ninguno para los hijos, hasta que estos estén en condiciones de adquirirlos para trabajar o enseñar y no para hablar sandeces, ver pornografía o dar rienda suelta a ludopatías soterradas.
Podría seguir dando ejemplos de cumbres, pero hay una en especial que me produce urticaria cada vez que sucede. Se trata de las reuniones CUMBRE, más conocidas como summit por la influencia del idioma inglés, y son ni más ni menos que reuniones ampliadas de los propios miembros, como ejemplo paradigmático la OMS u Organización Mundial de la Salud con sede en Suiza, en Ginebra específicamente. Supuestamente estas cumbres están destinadas a estudiar y si es posible remediar grandes problemas de salud mundial como fuera el caso del Covid. Intertanto la entidad cuenta con una planta estable en Suiza de 8000 personas, a las que debe agregarse otras mil fuera del país helvético. Qué hacen es un misterio; lo cierto es que rara vez, si es que alguna, logran erradicar una epidemia, la hambruna o el crecimiento demográfico de regiones por ignorancia absoluta del control de la natalidad. Pero los sueldos son generosos, los hoteles 5 estrellas, comida y bebida solo para privilegiados, mientras el mundo sigue andando. Otro tanto podríamos decir de la OTAN, pero prefiero llegar hasta aquí para referirme a otra de las grandes plagas cumbreras.
Los crematómanos, es decir, los enfermos por la posesión de más y más dinero, no suelen tolerar las debacles y, siendo aún muy ricos, optan por el suicidio: es decir, o sobre la cumbre o bajo tierra, sin posiciones intermedias.
Los «cumbreristas» (y permítaseme el neologismo), excepto los deportistas, son sumamente nocivos para la humanidad; son los creadores y sostenedores de las tremendas diferencias sociales de las cuales se benefician directa o indirectamente; se creen superiores y son la lacra que corroe el tejido humano mayoritario, sustento al fin de su propio poder.
El encumbramiento aleja necesariamente al individuo de la sociedad circundante; las personas pasan a ser diminutos puntos fácilmente despreciados; adquieren, yo diría, una visión satelital del mundo subyacente, y si por alguna inesperada e impostergable razón deben descender y transitar la realidad, lo hacen en automóviles blindados, de negros cristales antibalas, que a la par que impiden la visión desde afuera, esmerilan o enturbian la de adentro hacia afuera; por otra parte siempre viajarán atentos a alguna pantalla que los mantiene en su círculo de fantasía.
Ese tejido humano formado por esos millones de puntitos son los que generalmente, sin saberlo, sostienen al encumbrado que se aprovecha de ellos, muchas veces tras las máscaras de la solidaridad y la benevolencia; son los que arriesgan su integridad física en trabajos insalubres o en revueltas callejeras en pos de justas mejoras, que los encumbrados debieran otorgarles; pero ellos se limitan a observar la enardecida turbamulta desde cómodos sillones en el último piso panorámico de su fastuoso edificio bebiendo un Moët & Chandon bien helado y quizá con una mano apoyada en la esbelta cadera de una veinteañera trepadora.
Y eso no va a cambiar aun cuando se desgañite el Papa exhortando a la Paz y la Igualdad Social y sumadas todas las ONG que en realidad luchan por hacer de este mundo un lugar más justo para vivir.
ABAJO LAS CUMBRES, VIVAMOS TODOS EN EL LLANO.
EDUARDO ATILIO DA VIÁ
AGOSTO 2026
