Una serie de opiniones convergentes, pero también divergentes en torno al presente y futuro del vino alimentaron un debate soft, en torno a la vitivinicultura en el planeta durante la última emisión del programa «¡¿Qué mundo tenemos?!» por 617 Multiplataforma. Todos buscan salvarlo. Algunos creen que se puede. Otros exigen cambios.
Alejandro Vigil: «El vino no va a desaparecer jamás porque es una forma de vida»
El reconocido enólogo mendocino Alejandro Vigil analizó el presente y el futuro de la industria vitivinícola global y planteó una mirada que combina preocupación por los cambios que atraviesa el sector con optimismo respecto de la capacidad de adaptación de la actividad. En una entrevista concedida al periodista Gabriel Conte para el programa ¡¿Qué mundo tenemos?!, emitido por 617 Multiplataforma, Vigil habló sobre las nuevas advertencias sanitarias contra el consumo de alcohol, la evolución de los mercados, la reconversión de los pequeños productores y las oportunidades que aparecen con la innovación tecnológica y los vinos desalcoholizados.
Para Vigil, la industria vitivinícola atraviesa una etapa de transformación después de un período marcado por las advertencias sanitarias y las restricciones al consumo de alcohol en distintos mercados. Según explicó, después de un fuerte avance inicial de estas políticas, la situación comenzó a estabilizarse.
“Tras un fuerte embate inicial de ciertos gobiernos internacionales que colocaron advertencias sobre el vino al igualarlo con otras bebidasalcohólicas, la situación ha entrado en un plató”, señaló el enólogo, quien también destacó que en mercados importantes, como Estados Unidos, empiezan a observarse señales de recuperación del consumo.
La discusión, sin embargo, excede los números del mercado. Vigil considera que el vino tiene una dimensión cultural que lo diferencia de otras bebidas y que explica, en buena medida, su capacidad para atravesar las distintas crisis que enfrenta la actividad.
“El vino es una bebida natural y cultural”, sostuvo durante la entrevista, al referirse a una actividad que forma parte de la identidad de numerosas regiones productoras y que, particularmente en Mendoza, está asociada a generaciones enteras de familias vinculadas al cultivo de la vid.
Pero esa continuidad no significa que todos los productores puedan atravesar la transformación de la misma manera. Uno de los aspectos más sensibles señalados por Vigil fue el proceso de reconversión que afecta a los pequeños productores y a las explotaciones de pocas hectáreas.
El enólogo recordó la vitivinicultura que conoció durante su infancia, vinculada a la producción familiar y a las pequeñas parcelas, y advirtió que ese modelo está atravesando una transformación profunda. La pérdida de rentabilidad, los cambios en los mercados y las nuevas exigencias productivas obligan a muchos productores a reconvertirse o abandonar la actividad.
Sin embargo, frente a ese escenario, Vigil planteó una definición que resume su mirada sobre el futuro de la vitivinicultura: “Cualquiera que se dedica a la viticultura como forma de vida no tiene plan B”.
La frase expresa una concepción de la vitivinicultura que va más allá de una actividad económica. Para Vigil, quienes construyeron su vida alrededor de la producción de uvas y vino mantienen un vínculo cultural y familiar con la tierra que hace que la actividad tenga una capacidad de resistencia diferente a la de otros sectores.
“El vino no va a desaparecer jamás porque es una forma de vida”, afirmó.
La transformación de la industria, no obstante, también está llevando a los productores hacia nuevas formas de trabajar la tierra. Una de las tendencias que Vigil destacó es el avance de la vitivinicultura de precisión, que permite administrar cada parcela de manera diferenciada y tomar decisiones agronómicas a partir de información específica sobre los suelos, el agua, el rendimiento y las necesidades de cada sector del viñedo.
El objetivo es optimizar los recursos y mejorar la sustentabilidad técnica y económica del cultivo. La tecnología aparece así como una herramienta para enfrentar un escenario en el que producir vino requiere cada vez mayor eficiencia.
“Estamos yendo hacia una vitivinicultura de precisión”, explicó Vigil al referirse a este proceso de transformación de la producción.
Pero el cambio tecnológico no es el único desafío. También están apareciendo nuevos productos y nuevos consumidores que pueden modificar la estructura del mercado mundial del vino.
En ese punto, Vigil puso el foco sobre los vinos desalcoholizados, un segmento que durante mucho tiempo fue observado con desconfianza por parte de la industria tradicional y que ahora empieza a ser considerado como una oportunidad.
El dato que encontró durante un encuentro en España resultó particularmente llamativo. Según relató, tuvo contacto con el referente de una de las empresas desalcoholizadoras más grandes del mundo y allí conoció una información que modificó su percepción sobre el fenómeno: “El 70% del consumo de vinos sin alcohol proviene de personas que nunca antes habían tomado vino”.
Para el enólogo, esa característica transforma completamente la discusión. En lugar de considerar al vino desalcoholizado únicamente como una amenaza para el producto tradicional, puede ser pensado como una puerta de entrada para personas que hasta ahora no formaban parte del mercado.
El desafío consiste, entonces, en captar a esos nuevos consumidores sin perder la identidad del vino.
La industria enfrenta así una doble transformación: por un lado, debe adaptarse a nuevas pautas de consumo y a las advertencias sanitarias que modifican la percepción sobre el alcohol; por otro, necesita incorporar tecnología y herramientas de precisión para hacer sostenible la producción.
En ese proceso, los vinos desalcoholizados pueden funcionar como un puente hacia nuevos públicos. Para Vigil, la clave está en comprender que la innovación no necesariamente implica abandonar la esencia del producto.
La vitivinicultura de precisión busca hacer más eficiente el trabajo en el viñedo, mientras que los nuevos productos intentan responder a consumidores con hábitos diferentes. En ambos casos, la industria se encuentra ante la necesidad de evolucionar sin perder aquello que la convirtió en una actividad cultural.
“El verdadero desafío no es rechazar las nuevas tendencias de mercado, sino trabajar activamente para que la innovación no diluya el espíritu y la esencia fundamental de la bebida”, plantea la mirada de Vigil.
El escenario que describió el enólogo mendocino combina, por lo tanto, dificultades y oportunidades. Los pequeños productores enfrentan una reconversión que puede significar la desaparición de parte de la vitivinicultura tradicional; los mercados maduros buscan nuevas formas de consumo; la tecnología modifica la manera de trabajar las viñas y los vinos desalcoholizados pueden incorporar consumidores que hasta ahora estaban fuera de la categoría.
Frente a esos cambios, Vigil sostiene una idea central: el vino puede transformarse sin desaparecer.
La actividad, según su visión, seguirá teniendo un componente económico, tecnológico y comercial, pero conservará también una dimensión cultural y social que excede las tendencias coyunturales.
Por eso, aun frente a los cambios en el consumo y las dificultades que atraviesa buena parte de los productores, su diagnóstico mantiene un tono optimista: “El vino no va a desaparecer jamás porque es una forma de vida”.
En debate
El vino se encuentra atravesando una metamorfosis histórica. Entre la caída del consumo masivo, las transformaciones culturales de las nuevas generaciones, las restricciones sanitarias y los efectos del cambio climático, la industria vitivinícola global debate sus próximos pasos.
Para desentrañar si se trata de una agonía o de una inevitable transformación, el periodista Gabriel Conte reunió en los estudios de 617 Multiplataforma a un panel de referencia: Federico Carabajal (enólogo con experiencia internacional en mercados emergentes como China), Alejandro Gennari (investigador, docente de la Universidad Nacional de Cuyo y profesor en Europa) y Sandra Calvete (sommelier y especialista en tendencias de consumo).
En la conversación irrumpió también la voz del afamado hacedor de vinosAlejandro Vigil, sumando su mirada estratégica sobre el panorama internacional.
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La paradoja de China y la sobreoferta global

El puntapié inicial lo dio Federico Carabajal, abordando el fenómeno de la sobreproducción y el surgimiento de nuevas fronteras productivas en latitudes impensadas.
«Hay un cambio claro en el consumidor, nuevas tendencias y el desarrollo de regiones como China. Hoy casi todas sus provincias elaboran vino y ya no de mala calidad, sino compitiendo a nivel mundial. Es una población tan grande que satisface su mercado interior, pero no tienen la cultura asentada y enfrentan sobrestock. Ocurre lo mismo en Estados Unidos: se produce en todos los estados, incluidos Alaska, Hawái y Florida. Eso genera una sobreoferta mundial donde coexisten distintas variedades y hábitos de consumo según la región», explicó Carabajal.
Ante la inquietud sobre las conductas de los consumidores más jóvenes, el enólogo sumó una particularidad del mercado estadounidense: «En lugares como California hay un fuerte vuelco hacia el cannabis por parte de los jóvenes, ya que argumentan que no produce resaca ni impacta del mismo modo al día siguiente».
Sin embargo, al mirar hacia Asia, destacó que «en China la premionización es clave. Los grupos más importantes imponen vinos ícono o ultra premium mediante La Place de Bordeaux, que son consumidos por sectores de altísimo poder adquisitivo por un factor puramente aspiracional».
Cambios culturales, el auge del «Low/No Alcohol» y la practicidad

Por su parte, Sandra Calvete hizo foco en las transformaciones socioculturales cotidianas que alteraron el volumen tradicional de compra y la dinámica en las mesas familiares.
«Asistimos a un cambio cultural global. Generaciones como los Millennials o la Z deciden consumir menos vino y optan por bebidas más prácticas. Antes las reuniones familiares eran más multitudinarias y se tomaba vino todos los días sin inconvenientes. Hoy pesan la cultura fitness, las restricciones severas para conducir y cambios en los hábitos de trabajo», remarcó la sommelier.
Asimismo, Calvete puntualizó el problema logístico y económico de los pequeños productores ante el encarecimiento de insumos: «Las bodegas y cooperativas están recortando la recepción de uva porque no pueden costear los insumos secos como las botellas, cuyos precios se dispararon por la inflación en dólares postpandemia. Esto impulsó formatos prácticos como las latas en otras bebidas, mientras que el mercado del no alcohol (nolo) abre un nicho que habrá que ver cómo se encuadra legalmente, pero que indiscutiblemente genera una alternativa».
Ganadores, perdedores y la geografía del vino

Con una perspectiva académica y de mercado internacional, Alejandro Gennari fue categórico: el vino no va a desaparecer, pero el impacto de la crisis se distribuye de forma muy desigual.
«No creo que el vino desaparezca; todo se transforma. Pero este es un sector con claros ganadores y perdedores. En la Unión Europea, el gran perdedor es el mundo cooperativo y el pequeño productor, que controla la mitad del volumen de los vinos básicos. Esos consumidores tradicionales de 80 o 90 litros anuales se van muriendo y el consumo pasa a ser festivo u ocasional», analizó Gennari.
El investigador distinguió también la marcada brecha entre varietales y estilos:
- El declive del tinto vs. el auge del blanco y rosado: «El tinto sufre una fuerte crisis global, mientras que el blanco se expande por ser más flexible e ideal para la coctelería. Regiones como el Véneto o la Provence francesa crecen fuertemente, mientras que Burdeos erradica entre 15.000 y 20.000 hectáreas financiado por la UE».
- Efecto de la norma ‘cero alcohol’: «Las recomendaciones médicas y los estilos de vida sanos hacen que entre un 30% y un 40% de la sociedad consuma cero alcohol. Cuando un segmento tan grande no consume nada, cualquier promedio estadístico se desmorona».
- Reorganización territorial: «Esto se ve claro en la Argentina: en los últimos 30 años el Valle de Uco sumó miles de hectáreas mientras que el Este perdió terreno. Lo mismo ocurre con el auge de nuevas zonas patagónicas como Trevelin o la meseta del Chubut, donde pequeñas bodegas venden a precios de alta gama apoyadas en el storytelling y en el enoturismo».
Un futuro que se reescribe
El debate concluyó con una coincidencia general entre los panelistas: la industria del vino no está enfrentando su final, sino el cierre de un paradigma de producción masiva e indiscriminada. El éxito futuro dependerá de la precisión vitícola, la innovación en formatos, el impulso del enoturismo como dinamizador económico y la capacidad de conectar con las nuevas demandas de consumo responsable a nivel global.
Pablo Lacoste: “Se sostiene que, si van a hacer vino sin alcohol, hay que buscarle otro nombre”
La industria vitivinícola global transita un punto de inflexión. Ante la caída del consumo, los cambios de hábitos en las nuevas generaciones y los embates del cambio climático, los principales centros académicos y productivos del mundo buscan respuestas para el futuro del sector. En este contexto, el historiador e investigador Pablo Lacoste pasó por el programa ¡¿Qué mundo tenemos?!, emitido por 617 Multiplataforma, para brindar un exhaustivo balance de lo discutido en el reciente Congreso Mundial del Vino realizado en Dijon, Borgoña, Francia.
Durante el encuentro, donde se presentaron más de 200 investigaciones de instituciones líderes de Francia —Montpellier, Champagne, Borgoña y Burdeos—, Italia, Alemania, España, Portugal, Australia, Estados Unidos y Nueva Zelanda, se trazó el mapa de las principales preocupaciones que mueven a la ciencia vitivinícola en 2026.
Innovación tecnológica: desalcolización y la amenaza del humo
Uno de los ejes dominantes del congreso científico estuvo centrado en la desalcolización del vino. Cerca de un tercio de las ponencias abordaron métodos como la ósmosis inversa para extraer el alcohol y sustituirlo mediante procesos químicos que busquen retener el color, los aromas, la estructura y la capacidad de conservación en botella.
A la par de los ensayos de laboratorio, la agenda técnica prestó especial atención a dos temáticas emergentes.
Impacto de los incendios forestales: se analizaron pérdidas multimillonarias en California, Chile, Australia y Europa causadas por el humo que impregna los viñedos y deteriora la calidad de las uvas.
Crianza submarina: investigaciones de la región de Champagne mostraron que el añejamiento a más de 20 metros bajo el nivel del mar —sin luz ni oxígeno exterior y con temperatura constante— no solo consolida las cadenas de burbujas en espumantes, sino que reduce costos de bodega.
También hubo un espacio dedicado al aporte del vino a la salud, con progresos en el estudio de polifenoles y antioxidantes considerados relevantes para el bienestar.
La advertencia de la historia: ¿una “nueva filoxera”?
El momento de mayor impacto del congreso llegó durante la conferencia de cierre, a cargo del reconocido historiador medievalista de la Universidad de Borgoña, Fabian Gaveau.
Gaveau lanzó una dura advertencia a la comunidad científica: desalcolizar el vino mediante la adición de sustitutos químicos genera el riesgo de incurrir en una “nueva filoxera” conceptual.
Vino
“A fines del siglo XIX, la filoxera arrasó con 4 millones de hectáreas en Europa. Para cumplir con los contratos de suministro en París, Buenos Aires o San Petersburgo, la industria recurrió a químicos que fabricaron bebidas a base de pasas de Turquía y alcoholes industriales. Aquello no era vino. Hoy, si le quitamos el alcohol al vino, le quitamos su esqueleto. El alcohol no es un aditivo, es un elemento estructural que condiciona el aroma, el color y la conservación. Si van a hacer vino sin alcohol, búsquenle otro nombre”, advirtió el académico.
La comparación con la crisis de la filoxera apunta a uno de los dilemas centrales que enfrenta actualmente la industria: hasta qué punto la innovación tecnológica puede modificar las características fundamentales de una bebida sin alterar aquello que históricamente se entiende como vino.
La alternativa benedictina: menor graduación y moderación humana
Frente al dilema de responder a las exigencias médicas actuales sin perder la esencia técnica de la bebida, Lacoste y Gaveau debatieron alternativas inspiradas en la cultura medieval y el modelo benedictino.
Bebidas
Una de ellas consiste en recuperar los vinos de baja graduación natural. Durante la Edad Media coexistían los vinos de los príncipes, con graduaciones de entre 12° y 14°, con los vinos de consumo cotidiano, cuya graduación rondaba los 8° o 9°.
La segunda referencia aparece en la hidratación equilibrada. Siguiendo la Regla de San Benito, los monjes recibían una ración diaria de unos 250 centímetros cúbicos de vino diluidos en igual proporción de agua. Esto permitía obtener una bebida de unos 4° de alcohol, destinada a la hidratación sin los efectos adversos asociados al consumo excesivo.
Esta perspectiva plantea que, en lugar de desarmar químicamente la estructura del vino mediante procesos industriales, la vitivinicultura podría explorar la elaboración de perfiles de menor graduación alcohólica de forma natural.
El planteo introduce así una discusión que combina historia, ciencia y mercado: ¿es preferible quitarle el alcohol al vino o producir vinos naturalmente menos alcohólicos?
El vino como antídoto social frente al aislamiento
Más allá de los debates técnicos, la conclusión central del encuentro trasciende la enología. En un contexto global signado por el hiperindividualismo de las redes sociales, la soledad y el deterioro de la salud mental, el vino reaparece como una herramienta cultural.
El valor primordial del vino no reside únicamente en su composición química, sino también en su capacidad de construir vínculos humanos, recuperar la mesa familiar y fomentar el encuentro cara a cara.
Desde esta perspectiva, el futuro de la vitivinicultura no depende exclusivamente de encontrar nuevas tecnologías para modificar el producto. También requiere recuperar el significado cultural que históricamente acompañó al vino.
Vino
La verdadera solución para el futuro de la vitivinicultura, según esta mirada, no vendrá únicamente de los tubos de ensayo, sino de una nueva concepción que ponga la humanización y la calidad de vida en el centro de la copa.
En síntesis:
¿Qué se discutió en el Congreso Mundial del Vino en Dijon 2026?
Se analizaron más de 200 investigaciones enfocadas en la desalcolización química, los efectos de los incendios forestales en los viñedos, la crianza de vinos bajo el mar y el rol social del vino frente a los nuevos hábitos de consumo.
Vino
¿Por qué los historiadores critican el vino sin alcohol?
Especialistas como Fabian Gaveau señalan que el alcohol forma parte de la estructura esencial del vino. Al extraerlo mediante procesos químicos, la bebida puede perder características vinculadas con su identidad organoléptica. El historiador comparó este riesgo con los sucedáneos creados durante la crisis de la filoxera en el siglo XIX.
¿Qué solución propone la historia para reducir el consumo de alcohol en el vino?
La alternativa planteada a partir de la tradición medieval benedictina consiste en recuperar vinos de menor graduación alcohólica natural, de entre 8° y 9°, o recurrir a un consumo moderado diluido en agua. El objetivo sería reducir la ingesta de alcohol sin alterar mediante procesos químicos la estructura fundamental del vino.
Una industria frente a una decisión de fondo
La discusión planteada en Dijon expone una encrucijada que excede ampliamente a la tecnología. La industria del vino debe responder a consumidores que beben menos, a nuevas regulaciones sanitarias, a los efectos del cambio climático y a una generación con hábitos diferentes.
La desalcolización aparece como una de las respuestas posibles, pero el debate histórico introduce una pregunta más profunda: qué elementos pueden modificarse sin que el producto deje de ser aquello que durante siglos se llamó vino.
Entre laboratorios, viñedos afectados por incendios, botellas sumergidas a más de 20 metros de profundidad y antiguas prácticas de los monasterios medievales, el futuro de la vitivinicultura parece buscar respuestas tanto en la tecnología como en la historia.
Y en esa búsqueda, el desafío no es solamente conseguir que el vino sobreviva a los cambios del mercado, sino determinar qué vino quiere beber el mundo del futuro y cuánto de su identidad está dispuesto a conservar.
El equipo
En este episodio de «¿¡Qué mundo tenemos?!» participaron Sandra Calvete, Alejandro Gennari y Franco Carabajal sobre el presente y futuro del vino. Además, contamos con testimonios del Dr. Pablo Lacoste y del winemaker Alejandro Vigil.
Conducción: Gabriel Conte
Dirección: Sergio Romero
Producción Ejecutiva: Gabriel Romero
Sonido: Bruno Carretero
Cámaras: Gabriel Godoy
Edición: Many Cano

