jueves, abril 23, 2026

El visionario de la «inte-eligencia»: Cuando Lucas Malaisi predijo el naufragio digital en 2008

En 2008, Lucas Malaisi ya sabía que estábamos «discapacitando» emocionalmente a los niños. Un repaso por una charla visionaria que puso el foco en el «ser» antes de que el mundo virtual nos obligara a parecer.

Corría el año 2008. Mark Zuckerberg apenas celebraba los primeros años de Facebook, el iPhone era un objeto exótico y la palabra «algoritmo» estaba recluida en los diccionarios de matemáticas. Sin embargo, en una entrevista que hoy cobra tintes proféticos, el psicólogo sanjuanino Lucas Malaisi ya advertía sobre una grieta que comenzaba a abrirse en el alma de la educación y la familia.

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No necesitó ver un reel de Instagram ni un baile de TikTok para entender que la tecnología estaba jubilando anticipadamente a los referentes adultos y dejando a los niños en un desierto emocional.

El nudo en la sábana: Un manifiesto de presencia

La charla comenzó con una anécdota que, dieciséis años después, suena a resistencia pura frente a la inmediatez digital. Malaisi relataba la historia de un trabajador que, agobiado por la culpa de no ver a sus hijos debido a las largas jornadas, encontró una solución analógica y poderosa: “Los veo sólo cuando están durmiendo… Les hago un nudo en la sábana. Por la mañana, cuando se levantan para ir a la escuela, ellos, al desatarlo, ya saben que su padre les dio un beso mientras dormían”.

Este gesto, que Malaisi rescató como un breve ensayo sobre los sentimientos, ponía el foco en el «ser» sobre el «tener». En un mundo que hoy vive pendiente de los likes, el nudo en la sábana era el «visto» más valioso que un hijo podía recibir: la certeza de ser amado en la ausencia.

El «Abuelo Google» y la pérdida de la sabiduría

Malaisi en 2008.

Uno de los puntos más lúcidos de aquella entrevista fue su advertencia sobre la «informatización» como motor de divorcio generacional. Malaisi observó, antes que nadie, cómo el rol del abuelo como fuente de sabiduría estaba colapsando.

  • El diagnóstico de 2008: Los chicos empezaban a vivir experiencias que sus padres y abuelos no conocían.
  • La consecuencia: «Hoy los abuelos no saben nada, informáticamente hablando… los adultos ya no son fuente de consulta. Por el contrario, los jóvenes les achacan desconocimiento de la realidad».

Hoy, en 2026, sabemos que esa brecha se convirtió en un abismo. Al desplazar al adulto como guía, los jóvenes quedaron a merced de pares igual de desorientados o, peor aún, de algoritmos diseñados para la retención, no para la formación.

Padres que quieren ser hijos: Las identificaciones cruzadas

Malaisi también puso el dedo en la llaga de un fenómeno que las redes sociales potenciaron hasta el paroxismo: la adolescentización de los adultos.

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En 2008, ya hablaba de «identificaciones cruzadas». Mientras los hijos buscaban modelos, encontraban padres que competían con ellos, que querían vestir como ellos y que evitaban poner límites para no «dejar de ser jóvenes».

«Las madres compiten con sus hijas y entonces las hijas se quedaron sin modelos… ¡El médico quiere ser como el hijo y no médico!».

Esta renuncia al rol de autoridad dejó a los niños huérfanos de límites, precisamente en el momento en que el mundo digital se volvía un territorio sin ley.

De la computadora al ser: El cambio de paradigma

Para el autor de “Cómo ayudar a los niños. Educación emocional”, el sistema educativo estaba tratando a los alumnos como «computadoras a las que se les introduce un disquete». Frente a esa deshumanización —citando siempre a su referente, Ernesto Sábato—, Malaisi propuso la inte-eligencia.

Para él, ser «inte-eligente» no es acumular datos, sino tener la capacidad de «elegir internamente lo mejor para sí».

¿Qué nos decía Malaisi hace casi dos décadas?

  1. Que la escuela debe enseñar a gestionar las emociones, no solo a memorizar programas.
  2. Que la violencia escolar es, muchas veces, un grito desesperado por atención afectiva que los adultos confundimos con «ganas de molestar».
  3. Que prohibir (la evasión, las sustancias, el mal uso de la tecnología) no sirve de nada si no se ofrecen recursos alternativos y una oferta de sentido.

Lucas Malaisi no tenía una bola de cristal, pero tenía una profunda comprensión de la psicología humana. En 2008, ya sabía que si no equilibrábamos la balanza entre la tecnología y la emoción, terminaríamos criando «discapacitados emocionales» capaces de manejar un software, pero incapaces de explicar qué sienten.

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Hoy, cuando las redes sociales dictan el humor de nuestras infancias, sus palabras resuenan como un faro que todavía estamos a tiempo de seguir: «En educación se evalúa el ‘qué sabes’. Yo propongo que evaluemos el ‘qué sentís'». Tal vez sea hora de volver a desatar ese nudo en la sábana.

La nota original en Mdzol.com con un clic aquí

El libro presentado en 2008 en Mendoza

Los seres humanos somos entrenados durante los primeros años de la vida para saber hablar, escribir y sacar cuentas. Nos resultan de bastante utilidad, no hay que negarlo. Sin embargo, cuando sentimos por alguna razón afectiva o emocional que el mundo se nos viene encima no sabemos cómo decirlo, como calcular la dimensión del problema y mucho menos, cómo describir una solución.

Para Lucas Malaisi eso ocurre porque no somos educados en las emociones, sencillamente. 

Así lo sostiene en su libro “Cómo ayudar a los niños de hoy. Educación emocional”, un ensayo en el que a lo largo de más de 300 páginas de una impecable factura editorial, diagnostica el fenómeno, recopila documentación y postula soluciones al problema.

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Más allá de un título que nos acerca a la idea de un volumen de autoayuda, la obra de este joven psicólogo sanjuanino es un verdadero trabajo científico que pone en cuestión la efectividad y utilidad del sistema educativo argentino, en las condiciones actuales.

Malaisi llama a la rebeldía a los docentes y auspicia un despertar de los padres, aunque más no sea, motivados por un fenómeno que es más fácil de apreciar gracias a la reproducción automática que hacen los medios de comunicación: la violencia escolar.

“Si un chico pide comida nunca le responderemos: no le des bolilla, sólo tiene hambre; sin embargo, cuando un chico se porta mal reiteradamente le decimos: dejalo, sólo quiere llamar la atención”, ejemplifica el autor la actitud más común de nosotros, sus progenitores para con la actuación de los chicos que buscan una palmada, una mirada a los ojos, un oído que los escuche ante la falta de padres en el hogar.

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El libro fue íntegramente elaborado en base a experiencias realizadas en la provincia de San Juan y contiene propuestas prácticas de acción. Pero está basado en largos años de investigación que llevó a Malaisi tanto de escuela en escuela como hasta los Estados Unidos, con tal de confirmar hipótesis y mejorar su análisis.

En la línea del mendocino Alejandro Castro Santander, autor de “Analfabetismo emocional”, Malaisi denuncia y provoca; convoca y propone de una manera clara y didáctica en un trabajo que puede ser calificado como de divulgación científica.

LA ENTREVISTA «Los chicos viven cosas que sus padres y abuelos jamás vivieron»

– ¿Cuánta importancia le da la educación formal hoy a las emociones y en concreto a la “educación emocional” como nuevo campo?

– Hay una especie de doble mensaje: algo así como que “me interesa, pero no puedo”. Se produce en los docentes, en general lo que Ernesto Sábado llamaría como “el fetichismo del programa”, ni una coma por fuera de lo establecido por la superioridad. Sin embargo, tengo que admitir que cada vez más, como personas que son, los docentes están admitiendo que hace falta abordar ese aspecto.

Tenemos que preguntarnos qué pretendemos de la educación: ¿la queremos igual o nos hace falta un nuevo sistema? Si de lo que se trata es preparar a los chicos para el mundo adulto, ¿por qué no se lo educa en las emociones? Yo creo que por omisión a este tipo de educación los estamos discapacitando a futuro.

– ¿Pueden avanzar o están trabados por la burocracia educativa?

– Yo creo que están presionados por las autoridades para cumplir con lo que es obligación, de acuerdo a lo establecido por el programa, tal cual lo describe Sábato. Se está en la inercia de exigir los contenidos. Todavía los paradigmas de los docentes no han cambiado, aunque subjetivamente lo están haciendo, intuyen que hace falta el cambio. Yo los veo como en una búsqueda.

– ¿A partir de esta necesidad es que comenzó a trabajar en la elaboración del libro?

– Efectivamente. Yo vengo trabajando el tema de la educación emocional desde que estaba en la facultad, cursando la carrera y luego de recibido, di muchas charlas en las escuelas y los docentes me pedían documentación al respecto. Entonces decidí  compendiar la que conocía y agregarle mis propuestas. Y allí preparé el libro.

– ¿Qué respuesta ha tenido?

– Buena, aunque mis expectativas siempre están centradas en que haya una mayor repercusión en las aulas, obviamente. El libro no sólo está circulando bien, sino que los docentes lo aceptan. Ya hay en San Juan tres guías de estudio y ahora estamos intentando convenir con el gremio docente, UDAP, para que el trabajo llegue a toda la provincia, por lo menos.

– ¿Qué le piden los docentes en esas charlas?

– Técnicas concretas. Como en todo, en este país hay un sobrediagnóstico. Todos analizan, pero pocos autores ofrecen herramientas concretas. Generalmente se les quiere cortar las manos a quien las usó mal, pero no analizan que esa persona seguirá con las ganas de seguir usando mal las manos que ya no tiene. Yo creo que tenemos que enseñarle a no actuar así o a conseguir lo que quiere por otros medios, ya que evidentemente no ha resultado efectiva la política de andar cortando manos…

– Aparentemente hay una toma de conciencia incipiente en los maestros, pero ¿qué pasa con los padres y madres?

– Descubren el tema cuando se lo contamos, recién allí. Es un tema nuevo. Yo diría que cuando “caen”, toman conciencia y me llueven las consultas.

– ¿Qué dicen en esas consultas?

– Describen cómo viven los chicos y cómo están pasando por alguna crisis familiar. Inmediatamente se dan cuenta de los riesgos y problemas, pero los padres no son el problema, no quiero inculparlos. Está pasando un fenómeno que es exclusivo de esta época y es que los chicos están viviendo experiencias que sus padres y abuelos jamás vivieron. 

– ¿Y cómo reaccionan los padres frente a esto?

– Están desorientados, como podrá comprenderse. Recordemos que antes, el abuelo era la fuente de sabiduría. Cuando un nieto quería saber cómo actuar frente a determinadas demandas de la vida, como la adolescencia, tenían en el abuelo a un compinche que ya había pasado por todas. Hoy los abuelos no saben nada, informáticamente hablando y por eso los adultos ya no son fuente de consulta de los hijos y nietos. Por el contrario, éstos les achacan desconocimiento de la realidad, disminuyen su trascendencia en la vida a raíz de esta carencia.

– ¿Es la informatización la única causa de este divorcio entre padres e hijos?

– Está claro que hay otras actitudes que influyeron para que los chicos actúen de esa manera. Durante mucho tiempo, los padres no quisieron que sus hijos vivieran lasa mismas carencias y restricciones que ellos sufrieron cuando eran jóvenes y borraron todos los límites, renunciaron a ser padres. Antes la adolescencia era el momento de preparación para la adultez, una instancia previa de ensayo y error. Hoy, los adultos quieren ser adolescentes, compiten con ellos, se quieren identificar con la generación anterior.

Las madres, compiten con sus hijas y entonces las hijas se quedaron sin modelos. Antes un chico podía pensar: “cuando sea grande quiero ser médico” y respaldarse en la imagen de algún familiar de esa profesión. Hoy los médicos se quejan de su trabajo y ni se les pasa por la cabeza recomendarle su profesión al hijo, con quien compite. ¡Quiere ser como el hijo y no médico!

– Se produce un cruce de identificaciones…

– Así se les llama: identificaciones cruzadas. El adolescente no valora al adulto, sino a sus pares. Pero hay que tener atención con este tema y no echarles toda la culpa a los jóvenes, ya que son los adultos quienes le están dando un “valor extra” a la adolescencia; son quienes están sobrevalorando esa etapa de la vida, la codician, la desean y generan que quienes están en esas edad, abusen de ello.

– ¿Todo esto usted cree que podría ser abordado por la escuela, para empezar a cambiar una realidad que resulta adversa tanto para jóvenes como para los adultos?

– La educación hoy tiene que cambiar. No puede ser la misma que la que fue hace 50 años atrás. Tenemos a chicos con muchas herramientas, pero no hemos desarrollado lo que yo llamo la inte-eligencia.

– ¿A qué le denomina de esa manera?

– De una separación en su análisis de la palabra inteligencia en inte-eligencia, resulta para mi la capacidad de elegir internamente lo mejor para sí, y que podríamos abreviar en el concepto de “saber elegir”. Yo lo analizo en este libro: como persona integral, es inte-eligente quien sabe qué quiere o cuáles son sus objetivos. Es inte-eligente quien sabe que la situación en la que está es el resultado de sus propias elecciones pasadas. Y estro implica estar en contacto con las propias emociones, con los elementos del mundo circundante, las preferencias, una adecuada autorregulación emocional.

Con esto quiero decir que cada uno es quien debe elegir qué quién quiere ser, pero para ello, hay que saber cómo tomar contacto con las emociones y eso, la escuela actual, no lo enseña y, por lo tanto, genera más frustraciones que otra cosa. 

Creo que en este sentido, hay que equilibrar la balanza. Hay que generar un zarandeo de los paradigmas en educación.

– ¿La falta de saber manejar las emociones en el aula tiene que ver con un resurgimiento de la violencia?

– Es que a veces hay problemas que se vuelven patologías. No expresar las emociones puede llevar a enfermedades y eso está científicamente comprobado. Las respuestas de la escuela actual al problema no son precisamente las mejores. Por ejemplo: mientras que frente a un chico que tiene hambre y que pide comida a gritos, jamás diríamos “dejalo, sólo tiene hambre”. Sin embargo, frente a un chico que todo el tiempo está haciendo cosas para que le prestemos la atención sí le respondemos con: “dejalo, sólo quiere llamar la atención”. Hay que entender que no es “sólo”, sino que está demandando algo fundamental, atención, pero los adultos no valoramos las necesidades afectivas y emocionales, sólo las materiales.

– ¿Es cierta esa afirmación docente que dice que “los chicos vienen así” y que no se los puede cambiar?

– No es que el chico venga con problemas “de fábrica”, sino que las causas están en el ambiente. El consumismo y la economía tienen mucho que ver. Donde están mal económicamente, ambos padres están ausentes porque deben salir a trabajar. Pero por las presiones del ambiente, si a la familia no le va mal, igual salen todo el día a trabajar, no porque les falte dinero, sino para juntar más plata.

Estamos tratando de llenar las carencias del “ser” con el “tener”, y las necesidades emocionales, como compartir, no se pueden satisfacer con cosas materiales sino con actitudes emocionales.

– ¿Se puede decir que se trabaja sobre la violencia que se ve, pero no sobre la simbólica?

– Estamos acostumbrados a la violencia y ya nos resulta normal, en muchos casos y sólo discutimos su intensidad. Por otro lado, está muy normado el tema. Las reglamentaciones dicen qué es violencia y qué no, y eso lleva a trabajar mucho sobre las causas de la violencia, que es más costoso y que es una tarea que en todo caso le toca al Estado en su conjunto. Pero con respecto al hecho de un humano puntual, eso no surte efecto. Se le prohíbe drogarse, emborracharse, ir a los boliches; se le aumenta los límites a un chico o una chica, pero no se les ofrecen recursos alternativos, otra oferta de posibilidades de acción para que no tengan que caer en esto que les prohibimos.

Creo que hay que generar que ellos mismos se den cuenta de que toda esa lista de cosas no les sirve. Si sólo las prohibimos, los hacemos más profesionales en la evasión. Porque los chicos necesitan popularidad con respecto al grupo de pares y a los padres, para que alguien les preste atención.

Habría que invertir la cuestión: todos los chicos demandan atención, ¿por qué no empezamos a dársela antes de que la pidan?

– Los padres no saben esto. ¿Lo saben los docentes?

– La ley de educación entrena para desarrollar un proyecto de vida y el desarrollo como hombres y mujeres. Pero no está establecido quién entrena a los chicos para que sepan quiénes quieren ser por sí mismos.

– ¿Cómo ve el futuro frente a este desafío incipiente de educar en emociones?

– Me imagino a un educador diciendo qué se debe hacer en lugar de repetir todo lo que no se puede hacer. Estamos acostumbrados a anteponer el no, como si los docentes fueran “adiestradores” de niños y deben entender que son “educadores”. Si lo entienden, su tarea pasará más por preguntar por qué, qué es lo que los lleva a hacer las cosas mal, a ponerles una mano en el hombro que a encerrarlos entre cuatro muros de imposibilidades. Un chico educado emocionalmente debe aprender a explicar qué es lo que les pasa. Me quedo con una frase de Pierre Corneilli: “Hablar de nuestra pena nos ayuda a calmarla”.

Finalmente, creo que hoy en educación se evalúa el “qué sabes”. Yo propongo que evaluamos el “qué sentís”. Pero para que esto sea posible hay que animarse a cambiar de paradigma, ya que el paradigma es el lente con el cual miramos la realidad.

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