viernes, abril 17, 2026

Cuando la amenaza basta: cómo el miedo se volvió contagioso en las escuelas


COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Eduardo Muñoz. Tras el ataque en Santa Fe, una ola de advertencias falsas expone un fenómeno más complejo que la violencia misma: adolescentes que aprendieron a generar caos sin disparar un arma, y un sistema que reacciona sin lograr contenerlo

El disparo que terminó con la vida de un estudiante en Santa Fe marcó un antes y un después. No solo por la gravedad del hecho, sino por lo que desencadenó en los días posteriores: una cadena de amenazas que, sin concretarse, lograron alterar el funcionamiento de escuelas en distintas provincias. El miedo dejó de depender de un arma real; alcanzó con un mensaje creíble.

Lo que emergió no es una repetición del ataque, sino una mutación. La violencia ya no se replica únicamente en su forma física, sino en su capacidad de interrumpir, paralizar y generar impacto. Un texto breve, difundido en el momento justo, puede activar protocolos, suspender clases y sembrar incertidumbre en comunidades enteras.

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En ese desplazamiento hay un aprendizaje. No se trata solo de adolescentes evitando ir a la escuela, sino de una comprensión más profunda —y preocupante— sobre cómo funciona el sistema. La amenaza, aun vacía, se convirtió en una herramienta eficaz. Y, como toda herramienta que demuestra su poder, empieza a ser imitada.

La columna completa de Eduardo Muñoz

Amenazas de tiroteo en escuelas: el aprendizaje del “efecto”

El punto de quiebre

El 30 de marzo de 2026 un adolescente de 15 años disparó dentro de una escuela en San Cristóbal, Santa Fe. Ian Cabrera, de 13 años, murió. Otros ocho estudiantes resultaron heridos. Fue un hecho excepcional en la historia reciente del país, pero suficiente para alterar la percepción del riesgo en todo el sistema educativo argentino. Lo que vino después no fue una nueva masacre. Fue algo distinto y, en cierto modo, más difícil de contener.

La amenaza se convirtió en el arma

En los días siguientes aparecieron mensajes en escuelas de Mendoza, Córdoba, Tucumán y Buenos Aires con una lógica idéntica: «mañana tiroteo», «no vengan», «van a morir todos». Hasta ahora ninguna derivó en un ataque. Pero eso no las vuelve irrelevantes.

La amenaza no necesita concretarse para producir efecto. Alcanza con que sea creíble para activar una respuesta institucional. Un mensaje de WhatsApp puede suspender clases, movilizar patrulleros y alterar la vida de cientos de familias. No requiere armas; requiere entender cómo reacciona el sistema.

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La secuencia es clara: alguien prueba, el sistema responde, otros observan y aprenden. El episodio de Santa Fe no se reprodujo como modelo de ataque. Se reprodujo como formato de interrupción. Esa es la diferencia que importa.

Lo que están haciendo en sus pantallas

Aunque muchos adolescentes reconocieron que las amenazas eran «bromas» para evitar clases, el fenómeno tiene una raíz más profunda. Existen comunidades en Discord y otros foros donde la violencia escolar se convierte en espectáculo y donde generar caos es una forma de ganar reconocimiento entre pares. El atacante de Santa Fe frecuentaba esos espacios.

Lo que antes era un grafiti en el baño hoy es un mensaje que se multiplica en minutos. Si detrás de la amenaza hay una crisis de salud mental o una búsqueda desesperada de pertenencia, la respuesta policial siempre llega tarde. No porque sea ineficiente, sino porque apunta a otro problema.

El poder que descubrieron

Aquí está el núcleo de lo que está pasando. Estos adolescentes descubrieron algo que ningún adulto les enseñó en el aula: que pueden moldear el comportamiento de miles de personas con recursos mínimos. Suspender una escuela, movilizar patrulleros, ocupar los noticieros de la noche era, hasta hace muy poco, un poder reservado a instituciones o crisis de magnitud real. Hoy lo ejerce cualquier pibe con un celular y una cuenta anónima.

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Lo que aprendieron no es solo que el formato funciona. Aprendieron que funciona sobre nosotros, con una precisión que el sistema no anticipó.

La trampa que el sistema no puede ignorar

Las instituciones enfrentan una contradicción sin resolución fácil. No pueden ignorar las amenazas, pero cada reacción visible le confirma al imitador que su mensaje llegó. Si una escuela suspende clases, le está diciendo al siguiente que la estrategia es efectiva. Si no hace nada, asume un riesgo que ningún director ni funcionario está dispuesto a correr.

La experiencia internacional no ofrece recetas. Lo que sí muestra es que publicitar el modus operandi con detalle alimenta la repetición, y que cualquier respuesta que no incluya la salud mental y el entorno digital de los chicos llega tarde. Pedir más policía y más controles es comprensible. Pero el problema no es solo de seguridad. Es de aprendizaje social, de pertenencia, de chicos que encontraron en el caos una forma de existir para otros.

El diagnóstico que ya tenemos

El problema no empezó con un mensaje en una red social. Empezó antes, cuando no advertimos que se estaba construyendo una cadena con consecuencias previsibles: chicos en crisis, comunidades digitales que glorifican la disrupción, instituciones que responden de forma automática y visible, y una audiencia que observa, aprende y replica.

Como decía el tío Ben en Spider-Man: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. El problema es que ese poder llegó a manos de adolescentes que, en muchos casos, están atravesando las peores horas de su vida. La responsabilidad, en cambio, sigue siendo nuestra.

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