COLUMNISTAS INVITADOS, Escribe Rubén de la Llana. El auge exportador del agro, la energía y la minería suele despertar alarmas por la apreciación cambiaria. Sin embargo, el verdadero peligro no radica en el ingreso de divisas, sino en la tentación política de agigantar el gasto, postergar reformas estructurales y asfixiar al resto de la economía con una mochila estatal de plomo.
El debate sobre la competitividad de la economía argentina vuelve a encenderse ante la consolidación de sectores estratégicos como el agro, la minería y la energía. Tradicionalmente, la aparición de un fuerte flujo de divisas activa los temores de la denominada «enfermedad holandesa», ese fenómeno en el que la fortaleza de la moneda local termina golpeando a las industrias manufactureras.
Sin embargo, en la siguiente columna de opinión, el analista Rubén de la Llana propone cambiar de perspectiva utilizando los lentes de la Escuela Austríaca de Economía.
Lejos de culpar al éxito de los sectores competitivos o de proponer recetas obsoletas como devaluaciones artificiales y proteccionismo, el autor advierte que el verdadero riesgo sanitario de la economía nacional no viene de afuera, sino de las viejas costumbres de la política local: utilizar la abundancia como botín para agrandar el Estado y postergar las reformas de fondo.
La columna completa de Rubén de la Llana
La verdadera enfermedad holandesa argentina no es el dólar: es el Estado
Si el agro, la energía y la minería traen más divisas, la seria discusión no debería ser cómo frenar a los sectores que funcionan, sino cómo evitar que la política convierta ese éxito en más impuestos, más rigidez y más gasto para el resto.
Cada vez que la Argentina insinúa la posibilidad de generar divisas de manera consistente y constante, reaparece una alarma conocida: la “enfermedad holandesa”.
El concepto describe un fenómeno real. Cuando un sector exportador crece con fuerza, ingresan más dólares, el tipo de cambio real tiende a apreciarse y otros sectores transables —sobre todo parte de la industria— pueden perder competitividad.
El término fue acuñado por la revista The Economist en 1977 para describir la crisis económica que vivieron los Países Bajos en la década de 1960. Tras descubrir grandes yacimientos de gas natural en el Mar del Norte, las exportaciones crecientes fortalecieron tanto al florín holandés que el resto de las industrias manufactureras del país tuvieron ese inconveniente.
La advertencia merece ser escuchada. No es un mera referencia académica ni una fobia al éxito.
Un boom sectorial puede alterar precios relativos, mover recursos hacia las actividades más rentables y dejar a otras ramas en una posición más incómoda.
Negarlo sería ingenuo.
Pero en la Argentina solemos cometer un error más grave que el fenómeno que decimos diagnosticar: usamos una categoría analítica útil como excusa para volver a las recetas viejas.
Porque entre decir “ojo, un boom exportador puede generar tensiones” y decir “hay que corregir eso con devaluación, protección o subsidios” hay un abismo.
Y en ese abismo suelen caer, con notable facilidad, quienes no toleran que la economía cambie sin pedir permiso.
Ahí conviene introducir el matiz austríaco. No para negar el fenómeno, sino para no usarlo como coartada elegante en favor de políticas que ya fracasaron demasiadas veces.
La tradición austríaca, desde Carl Menger en adelante, parte de una idea simple, pero incómoda para el dirigismo: el valor no lo determina un ministerio, una mesa sectorial ni la carga simbólica de una actividad “tradicional”.
El valor surge de las valoraciones concretas de las personas, expresadas en precios, demanda, ahorro, inversión y consumo.
Dicho de otro modo: si cambian las oportunidades reales de una economía, también debe cambiar la asignación de recursos.
No hay nada patológico en eso.
Si la Argentina encuentra una ventaja fuerte en energía, minería o agroindustria, es lógico que capital, trabajo y talento empresarial se desplacen, al menos en parte, hacia esos sectores.
Eso no es decadencia. Tampoco es, por sí mismo, “primarización”.
Puede ser, simplemente, el mercado revelando dónde hoy se crea más valor.
La economía no es un museo de ramas protegidas. No está para conservar vitrinas productivas por respeto a la historia ni para sostener negocios inviables con respirador estatal.
Está para coordinar recursos escasos del modo más eficiente posible.
Cuando la política se empeña en congelar esa dinámica, lo que preserva no es el desarrollo: preserva rigideces, privilegios y atraso.
Si se mira este debate con lentes alberdianos, la conclusión va por otro camino: una Nación no se debilita porque algunos de sus sectores prosperen, sino porque el poder político se acostumbre a vivir de esa prosperidad.
El problema no empieza cuando entran dólares genuinos, sino cuando el Estado los interpreta como permiso para postergar reformas, sostener privilegios y conservar intacta su maquinaria de gasto, impuestos y trabas.
En ese sentido, la verdadera enfermedad no sería la abundancia generada por los sectores competitivos, sino la vieja tentación argentina de administrarla como botín en lugar de convertirla en oportunidad para producir más.
Ahora bien, tampoco conviene irse al otro extremo. No toda apreciación cambiaria es sana.
No toda baja del tipo de cambio real refleja mayor productividad, mejor institucionalidad o inversión sólida. También puede haber espejismos.
Y ahí la mirada austríaca vuelve a ser útil, porque obliga a distinguir entre señales genuinas y señales adulteradas.
Ese es el punto aspecto que en la Argentina suele embarrarse.
Una cosa es que el tipo de cambio real baje porque el país produce mejor, exporta más, reduce incertidumbre y atrae inversión genuina.
Otra muy distinta es que baje por atraso inducido, flujo financiero transitorio, crédito artificial o porque la desinflación avanza más rápido que la baja del gasto, los impuestos y las regulaciones.
Desde afuera, ambos cuadros pueden parecer similares. Pero no lo son. Una cosa es una señal de mercado; otra, una ficción sostenida por la política.
Y cuando el diagnóstico es confuso, la terapia suele ser peor que la enfermedad.
En la Argentina, además, el problema nunca viene solo. Los precio no suelen operar limpios.
Siempre hay algo metido en el medio: impuestos provinciales distorsivos, tasa municipales delirantes, normativa laboral que castiga al que contrata, logística cara, infraestructura deficiente, burocracia que convierte cualquier inversión en un vía crucis.
Después miramos el dólar y actuamos sorprendidos. Nos encanta culpar al termómetro para no hablar de la infección.
Por eso, cuando se habla de enfermedad holandesa en la Argentina, la pregunta correcta no es si entran demasiados dólares.
La pregunta correcta es otra: ¿el problema es el boom exportador o el uso político del boom exportador?
Porque si entran más divisas y la respuesta del sistema político es agrandar el gasto, mantener la presión tributaria, postergar reformas y consolidar costos internos inviables, entonces sí: el auge de un sector puede terminar perjudicando a otros.
Pero en ese caso el culpable no es el Agro, ni Vaca Muerta, ni la Minería.
El culpable es el viejo reflejo argentino de capturar renta fácil para no hacer reformas difíciles.
Ésa sí es una enfermedad nacional. Y, desde luego, no vino de Holanda.
La historia local está llena de ese mecanismo. Cuando aparece una nueva fuente de dólares, en vez de aprovecharla para bajar impuestos, reducir gasto improductivo, ordenar cuentas públicas y mejorar competitividad, la política suele usarla para ganar tiempo.
Más caja. Más reparto. Más ilusión de abundancia. Más resistencia a tocar privilegios. Durante un rato parece que funciona.
Después llegan los costos: rigidez, encarecimiento interno, pérdida de competitividad y el ritual de siempre de buscar culpables externos.
Cambia el contexto. No cambia la mala costumbre.
Desde una mirada austríaca, la salida no consiste en manipular el tipo de cambio para “defender” a los sectores que quedaron rezagados.
Esa solución tiene algo de maquillaje y bastante de fraude.
Una devaluación sin reforma estructural no crea competitividad: apenas compra tiempo.
Y lo hace caro, porque reintroduce inflación, destruye cálculo económico, castiga el ahorro y vuelve a ensuciar las señales que empresarios e inversores necesitan para decidir.
La alternativa a devaluar no es negar la enfermedad holandesa, sino evitar que el Estado la fabrique desde adentro: gastar menos, ahorrar mejor, bajar costos estructurales y dejar que los precios relativos hagan su trabajo sin convertir cada cambio sectorial en una excusa para volver al proteccionismo.
El dólar no arregla lo que la política arruina.
Si el peso del Estado sigue alto, si las provincias continúan cobrando como si fueran feudos con caja propia, si los municipios insisten en inventar peajes burocráticos, si las leyes laborales siguen divorciadas del empleo real y si el gasto improductivo no baja, entonces ningún tipo de cambio “correcto” salvará al aparato productivo.
Podrá maquillar el problema un tiempo. Resolverlo, no.
La discusión sana, por lo tanto, no es cómo frenar a los sectores exitosos ni cómo congelar una estructura productiva heredada.
La discusión racional es cómo permitir que el resto de la economía se adapte, invierta, compita y se reasigne sin cargar una mochila estatal de plomo.
Eso exige menos épica cambiaria y más cirugía estructural: bajar impuestos distorsivos, reducir gasto improductivo, simplificar regulaciones, mejorar infraestructura, facilitar la reasignación de factores y sostener reglas estables.
Es lo que resulta sensato. Tal vez por eso cuesta tanto.
La Argentina tiene una oportunidad poco frecuente. Sectores capaces de generar dólares genuinos, inversión real y escala internacional pueden darle al país una base más sólida de la que tuvo en mucho tiempo.
Y vienen más, que van a contribuir a romper con la restricción externa.
Sería una torpeza histórica convertir esa oportunidad en otra excusa para no reformar nada.
La enfermedad holandesa sirve como advertencia. Pero deja de servir cuando se la usa como coartada para reponer las viejas herramientas del fracaso: devaluar, subsidiar, cerrar, proteger.
Ahí el diagnóstico deja de ser económico y pasa a ser cultural.
El verdadero riesgo argentino no es que entren dólares. El verdadero riesgo es hacer con ellos lo de siempre: agrandar el Estado, sostener privilegios y después culpar al tipo de cambio.
Vaca Muerta no es la enfermedad.
La enfermedad es este Estado
