COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Juan Marcelo Calabria. Un recorrido histórico desde los símbolos fundacionales y los valores de los próceres hasta las corrientes migratorias que configuraron un modelo de convivencia y movilidad social.
En un contexto marcado por la desinformación y los debates apresurados sobre la identidad nacional, revisar los hitos fundacionales de la Argentina permite rescatar la vocación integradora que signó el nacimiento del país.
Desde los símbolos patrios con impronta incaica y la traducción del Acta de la Independencia a lenguas nativas, hasta el rol de la educación pública promovido por Belgrano y San Martín y la acogida a sucesivas olas migratorias, la historia argentina muestra un continuo esfuerzo de inclusión.
El presente artículo repasa los cimientos y continuidades de una nación multiétnica y pluricultural construida sobre la base de la convivencia pacífica.
La columna completa de Juan Marcelo Calabria
Argentina: una historia de integración y pluralismo cultural
En momentos de incertidumbre y desinformación, resulta fundamental volver la mirada al pasado para comprender las raíces de nuestra identidad y los valores que fijaron el rumbo de la Nación. Argentina posee una larga tradición de integración y pluralismo cultural que surgió con los primeros pasos de la revolución e independencia y que incluso se manifiesta desde sus mismos símbolos fundacionales; un ejemplo de ello es la figura del Sol de Mayo en el escudo que mandó acuñar la Asamblea del Año XIII y que luego se incluyó en nuestra bandera, que representa a Inti, el dios del sol de la cultura inca. Este diseño, creado en 1813 por el orfebre peruano Juan de Dios Rivera, descendiente de una princesa incaica, para las primeras monedas patrias, fue incorporado al pabellón nacional en 1818, simbolizando una unión profunda con el legado ancestral del continente. El espíritu de integración de nuestros fundadores se manifestó tempranamente en medidas de vanguardia como la libertad de vientres y la abolición de la esclavitud, adelantándose a muchas otras naciones. Este compromiso con la diversidad se reflejó también en la difusión del Acta de la Independencia, de la cual se ordenaron mil copias: quinientas traducidas al quechua y quinientas al aymara, buscando que el mensaje de libertad llegara a todos los habitantes en sus lenguas nativas.
Este espíritu se profundizó a través de la visión de Manuel Belgrano y José de San Martín, quienes comprendieron que la ilustración y la educación universal eran las herramientas definitivas para vencer la ignorancia, a la cual identificaban como la columna principal del despotismo. Para Belgrano, la verdadera libertad no era simplemente la independencia de la Corona, sino la emancipación del pensamiento, la cultura y la economía; veía en el desarrollo personal y social la clave para el progreso de los pueblos. En sintonía, San Martín afirmaba con convicción que las bibliotecas eran “más poderosas que nuestros ejércitos para sostener la independencia”. Ambos líderes fundadores estaban convencidos de que el fomento de las letras era la «llave maestra» para abrir las puertas de la abundancia, entendiendo que la verdadera libertad no es solo la ausencia de opresión, sino la presencia de oportunidades para crecer y prosperar. En este sentido, asignaban al Estado un rol central e indelegable para garantizar que cada ciudadano pueda desarrollarse plenamente en una nación con un futuro común de integración y prosperidad social.
La vocación de integración y cohesión se vio potenciada y redimensionada con la llegada de las grandes corrientes migratorias que, especialmente entre fines del siglo XIX y principios del XX, transformaron a la Argentina en una «nación aluvial» en constante cambio, en palabras de José Luis Romero. El aporte masivo de inmigrantes no solo impulsó una transformación política, económica y social sin precedentes, sino que arraigó una cultura del trabajo y el esfuerzo que permitió la movilidad social ascendente y el surgimiento de una sólida clase media, donde el legado de ilustración y educación de los fundadores jugó un rol central. Sin embargo, la matriz sociocultural argentina es aún más compleja; a la herencia europea se suma el flujo constante de migrantes de países limítrofes y latinoamericanos presentes desde la época colonial, junto con el valioso aporte de las comunidades asiáticas y africanas llegadas en las últimas décadas. Esta amalgama de orígenes reafirma que nuestra identidad nacional es el resultado de una rica mezcla de identidades, donde la generosidad histórica para recibir a quien quiera habitar este suelo ha sido la regla y no la excepción, proclamada en el preámbulo de nuestra Constitución.
Esta herencia de pluralismo y diversidad se proyecta hoy en gestos de reconocimiento histórico, como la emisión del billete de $10.000 pesos, donde la figura de Manuel Belgrano comparte espacio con María Remedios del Valle, la «Madre de la Patria». Este homenaje a una mujer afrodescendiente en la familia de billetes «Heroínas y Héroes de la Patria» refuerza la idea de que la identidad argentina es un mosaico rico y plural, resultante de siglos de convivencia entre personas de todos los orígenes y regiones del mundo. Como bien sostenía San Martín, «los liberales del mundo son hermanos en todas partes», una visión que trascendía fronteras y buscaba la fraternidad americana por encima de cualquier diferencia de origen, raza y religión.
Tildar a la Argentina de país racista, como lo han hecho algunas personalidades y medios internacionales, e incluso algunos locales, es desconocer una historia de pluralismo y diversidad que, si bien no estuvo exenta de conflictos, desigualdades y tensiones, siempre ha tenido como norte la integración social. Nuestro país ha sido históricamente la «tierra de las oportunidades», donde incluso nuestras prendas históricas, nuestra cocina, música, festivales y las más variadas tradiciones nos han construido identitariamente en ese ritual de respeto a la diversidad que nos identifica aún hoy como un país profundamente multicultural y multiétnico, y una de las naciones de mayor tradición de convivencia pacífica entre diferentes colectividades y expresiones religiosas y culturales. En las últimas décadas de democracia, este camino se ha consolidado mediante una actualización de nuestra visión, ejemplificada en el cambio de denominación del 12 de octubre al Día del Respeto a la Diversidad Cultural, promoviendo el diálogo intercultural y la construcción colectiva.
Hoy, el legado de nuestros padres fundadores y de nuestros antepasados, abuelos y abuelas inmigrantes nos interpela para seguir construyendo una nación basada en el respeto, la paz y la convivencia pacífica. Reconocer nuestra complejidad identitaria y valorar el esfuerzo compartido de quienes nos precedieron es el único camino para proyectar un futuro donde la diversidad sea, como ha sido desde los inicios, el motor de nuestro desarrollo sostenible y nuestra grandeza como pueblo.
