COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Eduardo Muñoz. El torneo de las 48 selecciones y el negocio del entretenimiento no pudo apagar la mística de una selección resiliente. Un repaso por las claves de otra final histórica, el legado de Messi y la polémica en torno a un reclamo de soberanía que trascendió lo deportivo.
Hubo momentos en los que parecía que el Mundial se terminaba. Partidos donde el resultado obligaba a mirar el reloj, donde la tensión crecía y donde cualquier equipo podía caer en la desesperación. Argentina, en cambio, encontró otra respuesta. No buscó negar la dificultad. Aprendió a jugar dentro de ella.
Con el paso de los partidos, las remontadas dejaron de parecer una casualidad. Se transformaron en una forma de entender la competencia. Esa quizás sea la imagen que mejor resume a esta Scaloneta: un equipo que nunca dejó de creer cuando el resto ya daba el partido por terminado.
Hay selecciones que ganan porque dominan. Otras porque tienen los mejores jugaores. Y existen algunas que construyen algo diferente: una forma de competir cuando el contexto se vuelve adverso.
Argentina llegó nuevamente a una final del mundo porque tuvo talento, organización y jerarquía. Pero también porque desarrolló una capacidad que no aparece en ninguna estadística: interpretar los momentos difíciles y encontrar una respuesta.
En un fútbol cada vez más preparado desde los datos, la tecnología y la planificación, esta selección recordó que todavía hay aspectos del juego que no pueden medirse completamente. La confianza de un grupo, la convicción de una idea y la sensación de que todavía existe una posibilidad cuando todo parece perdido.
Eso también forma parte de una herencia que dejó Lionel Messi. No solamente los goles o los títulos. También la lección de que incluso los mejores deben convivir con la frustración, la presión y los momentos donde parece que nada alcanza. La grandeza no está en evitar los problemas. Está en la manera de enfrentarlos.
Una camiseta que carga una historia
Esa misma dimensión apareció fuera de la cancha. La imagen de los jugadores argentinos con la bandera “Las Malvinas son argentinas” después de vencer a Inglaterra recorrió el mundo. La escena trascendió el resultado porque tocó una memoria que forma parte de la historia argentina.
Para muchos argentinos, esa bandera representó una causa histórica, una herida todavía presente y una emoción transmitida entre generaciones.
Pero también abrió una discusión. El presidente Javier Milei reconoció el reclamo argentino de soberanía, aunque cuestionó que esa expresión se realizara dentro del campo de juego y calificó el gesto como “patrioterismo barato”. Su postura planteó otra forma de mirar la cuestión: la defensa de Malvinas, según su visión, debe sostenerse principalmente desde una estrategia diplomática.
El debate mostró algo más profundo que una diferencia política. Mostró que una camiseta nacional nunca representa solamente a once jugadores. En determinados momentos representa recuerdos, sentimientos y debates que atraviesan a una sociedad entera.
Ese es el poder del fútbol argentino: puede generar alegría, discusión, orgullo y preguntas al mismo tiempo.
Un fútbol que cambia, una emoción que permanece
El Mundial 2026 también mostró que el fútbol está entrando en una nueva etapa.
Un torneo con 48 selecciones, organizado por tres países y con una creciente influencia del modelo deportivo estadounidense, donde conviven competencia, entretenimiento, tecnología y negocio.
La pregunta es qué lugar ocupará el juego dentro de esta transformación.
Porque el fútbol puede cambiar sus formatos. Puede incorporar más espectáculo, nuevas audiencias y nuevas formas de consumo.
Pero hay algo que sigue siendo difícil de fabricar: el vínculo emocional entre un equipo y la gente. Argentina representa justamente esa paradoja.
Lo que queda después del Mundial
Argentina llegó a otra final. Pero quizás su mayor logro haya sido otro: conseguir que millones de personas volvieran a sentirse representadas por una manera de competir.
Quizás esa sea una de las enseñanzas que deja este Mundial. En un fútbol que cambia cada vez más rápido, no son solamente las copas las que mantienen vivo el recuerdo de un equipo. Son las historias que ese equipo deja en la gente.
Porque el fútbol sigue siendo un juego, pero hay momentos en los que se convierte en un lugar donde una sociedad reconoce sus alegrías, sus heridas y sus esperanzas.
Los mundiales terminan. Lo que permanece es la forma en que algunos equipos consiguen quedarse para siempre en la memoria de un país.
