COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe José Jorge Chade. El fútbol como el espejo de un mundo en transición. Frente a la gran expectativa global, una reflexión profunda sobre el poder del deporte para trascender fronteras, derribar prejuicios intelectuales y actuar como un motor de inclusión y conciencia humanista.
Se que vivamos en una aldea de montaña en Afganistán o en Nueva York, en una pequeña isla del Pacífico o de África, en Estonia o en Brasil nos damos cuenta que el multilateralismo forma parte integral de nuestra vida(Se rige por principios de inclusión y normas comunes, siendo la Organización de las Naciones Unidas (ONU) su máxima expresión) ,la idea de que las personas y los gobiernos de todo el mundo deben trabajar juntos, hace que el mundo funcione y nos ayuda a abordar colectivamente los desafíos globales.
Independientemente de quiénes seamos, compartimos un mismo mundo. Nuestras vidas están interconectadas, nuestros desafíos son comunes y nuestro futuro está intrínsecamente ligado. Solo valorando nuestra humanidad compartida y trabajando por un destino común, como una sola especie que habita un mismo planeta, podremos construir un mundo más sano, seguro y próspero, para nosotros y para las generaciones futuras.
Mientras la Copa Mundial entra en su fase decisiva y la expectación por la final entre España y Argentina crece en todos los rincones del planeta, miles de millones de personas se preparan una vez más para compartir el mismo ritual colectivo. Durante noventa minutos —o quizás más— las guerras, las crisis económicas, las tensiones internacionales y las campañas electorales parecen quedar en segundo plano. Frente a una pantalla, en un estadio, en una calle o en una plaza, no solo participan los aficionados de las selecciones nacionales: incluso aquellos sin interés directo en el resultado suelen verse inmersos en un evento que trasciende fronteras geográficas, lingüísticas y religiosas.
Si el fútbol fuera simplemente un deporte, compuesto de músculos, estrategias tácticas y clasificaciones, sería difícil explicar tal poder de atracción. Más bien, el fútbol es uno de los lenguajes universales de la vida contemporánea, un fenómeno social que habla de identidad, conflicto, pertenencia y transformaciones económicas y culturales. Ver un partido a menudo significa observar, de forma concentrada, los mecanismos de una sociedad; sin embargo, especialmente en el debate público y académico, el fútbol sigue lastrado por cierta arrogancia intelectual, como si abordarlo fuera un ejercicio menor comparado con otros temas más «serios». Un prejuicio que la literatura —desde Pasolini hasta Galeano— comenzó a desmantelar hace tiempo y que ahora también está siendo superado por las ciencias sociales.
El fútbol resulta fascinante porque intenta controlar lo impredecible: un frágil equilibrio entre orden, caos y libertad.
Este mundial debe actuar como experiencia para una nueva conciencia que aprenda a ser mediadora y sea el paso necesario hacia un mundo libre de violencia, no solo en su expresión más cruel, las guerras y la violencia física, sino también libre de violencia económica, racial, religiosa, sexual, psicológica y moral.
Y esta es quizás la mayor fortaleza del fútbol: seguir representando un mundo en constante cambio donde la mirada hacia el otro alimente el proceso de inclusión y humanidad.
El Nuevo Humanismo aplica lo dicho anteriormente desde sus orígenes y no a un conflicto particular, sino a la creación de un sistema global, un cambio fundamental para el mundo en que vivimos.
La ampliación del Mundial a 48 equipos ha permitido que muchas selecciones nacionales finalmente se adentren en el escenario mundial. El nivel técnico sigue concentrado en las grandes escuelas de fútbol, pero hoy incluso países que hasta hace pocos años habrían permanecido invisibles pueden contar sus propias historias.
Por ello tengamos siempre presente el respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás, incluso cuando los méritos técnicos parecen apuntar a un favorito, este sigue siendo un deporte en el que las predicciones nunca tienen la última palabra.
(Ilustración: El ilustrador Félix Reidenbach hizo su obra para Adidas)
