sábado, julio 18, 2026

Al gran fútbol argentino, salud

COLUMNISTAS INVITADOS. A partir del éxito de la Selección Nacional en pleno 2026, el Dr. Eduardo Da Viá reflexiona sobre las lecciones de humildad y trabajo colectivo que dejan Scaloni y Messi, contrastándolas con el triunfalismo desmedido, la degradación social y la urgente necesidad de trasladar el «nosotros inclusivo» al progreso de toda la nación.

Da Viá.

Con lo logrado hasta ahora es suficiente, aun obteniendo el segundo puesto, dado que el fútbol no es matemático; un mínimo y humano error puede costar el título, por eso quiero felicitarlos independientemente del resultado final.

Pero más allá de la indudable destreza deportiva en un juego difícil y a veces azaroso, la escuadra argentina ha dado ejemplo de excelente conducta deportiva, unida a una cohesión de sus integrantes entre sí, donde nadie, ni el mismísimo Messi, pretendió que sea su presencia la más importante, pensando en equipo y que el gol lo haga el que está más habilitado para hacerlo, porque si lo hace, el mérito es de todos.

Qué alegría y, simultáneamente, qué gran pena la otra cara de la moneda: la de los hinchas en demoledor avance por las calles de todas las ciudades argentinas, transformados en seres feroces, confundiendo alegría con derechos a destruir, obstruir, insultar, portar armas dispuestos a usarlas, ante la vista atónita del mundo, que a través de millones de pantallas vieron un espectáculo denigrante e incluso ofensivo para los festejados, que no parecieran proceder de esos mismos ciudadanos enardecidos, envilecidos por el triunfo y dejando vía libre a la violencia que en su yo interno atesoran.

¿Puede acaso la humanidad concebir que hasta un muerto resulte de los festejos desenfrenados de asesinos amparados en la manada que los protege, transformándose en asesinos también por su impávida complicidad?

Qué pena que sea solo el fútbol el único aglutinante cierto de la sociedad argentina, y esto siempre y cuando ganen, por cuanto si pierden, no importa cuánto esfuerzo le pusieron para la victoria, caen inmediatamente en las diatribas y el reparto de culpas.

Muy diferente es alentar para la victoria al triunfalismo como vector de conductas sociales; este, al fracasar, despierta los más bajos instintos de los tantos que posee el humano, pero cuando la alegría ante el éxito desborda la prudencia y el respeto, en nada difiere del odio que despierta el fracaso.

El abrazo reiterado del capitán inglés Kane a Messi es una alegoría de la tolerancia y el reconocimiento al mejor.

Hoy, sábado 18 de julio, mientras escribía estas líneas, en un descanso intelectual me dediqué a leer los artículos principales del Contenidos de hoy, y cuál no fuera mi sorpresa al encontrarme el magnífico artículo de Juan Marcelo Calabria, muy bien prologado por Gabriel como siempre, donde el periodista alerta al lector acerca de la lección que nos dejan Scaloni y Messi: las virtudes del trabajo en equipo, la prescindencia del egoísta individualismo y poner el esfuerzo personal al servicio del conjunto.

He sido cirujano toda mi vida, y la edad y mi ya lejana jubilación me permiten, sin pecar de vanidoso, decir que fui de los mejores, pero eso gracias al imprescindible apoyo de todo un grupo de colaboradores silenciosos sin los cuales nada hubiera sido posible. Lo que ocurre es que la sala de operaciones es un recinto cerrado, cuasi sagrado, y al que por razones obvias el público no tiene acceso y, por lo tanto, admiran y premian al cirujano exitoso, ignorando la silente labor del equipo que lo sostiene y hasta le da ánimos cuando la batalla pareciera perderse.

Siempre sostuve y lo he hecho público más de una vez que una nación se define mediante tres parámetros: un territorio reconocido por la comunidad mundial, un idioma propio ampliamente mayoritario, y la suma de usos y costumbres que les son propios e intransferibles. Todo esto sintetizado por los sagrados símbolos: un himno, una bandera y un conjunto de fechas patrias, síntesis de nuestra historia colectiva.

No veo, lamentablemente, la misma pasión por ello que la que despierta el fútbol triunfalista e incluso, en su delirio descontrolado, el amago de santificación del mejor como se intentó con Maradona, claro ejemplo de lo que no debe ser una persona que nace con una virtud maravillosa, basada en sus ágiles piernas y una conducta privada y pública deleznable. Messi es la clara antítesis y merecedor del mayor respeto y afecto que pueda brindársele a una persona.

Pero el fútbol es meramente un juego, y es lícito y esperable desear el triunfo de los representantes nacionales en contiendas mundiales, festejar el éxito y hacer pública la alegría, pero con respeto por los que no adhieren o lo disfrutan sin ser efusivos. Además, y mucho más importante, es tener en cuenta que son momentos en la vida de una nación que requiere de sus hijos la misma pasión, la misma honestidad y el mismo trabajo en equipo para hacer de ella una verdadera potencia cultural, científica y económica; y eso solo se logra con el trabajo de cada día en cada uno de los puestos de labor, pero además requiere ineludiblemente una administración pública idónea y, por sobre todo, honesta y orientada al bien común.

Con delincuentes legislando y gobernando y con la exaltación de la “mano de Dios”, es decir de la trampa como modus operandi, no hay posibilidades de progreso alguno.

Pueda ser que el ejemplo que nos han brindado nuestros futbolistas cunda en la sociedad toda con la vista puesta no en el éxito personal solamente, lo cual es entendible y legítimo, sino en el éxito nacional, como país.

No resulta fácil cambiar el consabido Yo por el Nosotros, pero por el nosotros inclusivo y no por el mayestático, cuyo uso más común es para dar a entender excelencia, poder o dignidad de la persona que habla o escribe.

En tanto que el inclusivo es el llamado plural de modestia (pluralis modestiae), como ocurre cuando se entrevista a un jugador de fútbol autor del gol del triunfo y lo refiere expresando “cuando convertimos el segundo gol pensamos que podíamos ganar”; aunque el gol lo ha marcado él de forma individual, comparte el éxito con el resto del equipo. Este es el plural que usaron nuestros jugadores, pero sintiéndose realmente parte de un todo que fue el que logró el gol.

Para finalizar, reitero mis respetos a todo el equipo argentino, jugadores o no, por darnos una lección de idoneidad y entrega; al Prof. Calabria por su magnífica nota y a su prologuista, mi amigo Gabriel, por su apoyo a los arrojados como yo que nos atrevemos a escribir y publicar nuestras opiniones.

Solo espero que antes de llegar a la línea de meta en mi largo camino por la vida, pueda restituir a la frase con que he titulado esta nota la palabra original Pueblo en lugar de Fútbol y que el himno al que pertenece sea cantado en plural de modestia.

Eduardo Da Viá

Julio 2026 – “Mensis certaminis mundiales” (Mes de la competencia mundial)

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