COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Carlos García. Del recuerdo de Inglaterra 1966 a la vigencia monumental de Messi en el 2026, una mirada íntima y generacional sobre cómo la Selección Nacional logra transformar el sufrimiento histórico en una felicidad colectiva inquebrantable.
El fútbol en Argentina nunca es un fenómeno meramente deportivo; es, ante todo, un hilo conductor de nuestra memoria afectiva y social. En esta columna de opinión, Carlos García traza un puente emocional que conecta su infancia de radio y televisores durante el Mundial de Inglaterra 1966 con el presente de un seleccionado que, en pleno 2026 y tras seis años en la cima del ranking mundial, continúa desafiando la lógica del tiempo de la mano de un Messi monumental.
A través de una mirada intergeneracional, el autor reflexiona sobre cómo la resiliencia, la picardía y el esfuerzo de nuestro fútbol reflejan el alma de un país habituado a resistir las tormentas de su propia historia para, al final del día, vestirse de celeste y blanca y salir a ofrecerle alegría al corazón.
La columna completa de Carlos García
El partido
En mi caso el recuerdo se remonta a 1966, Mundial de Inglaterra, once años, partido jugado en Londres, una tarde de verano, cuando Malvinas todavía no agitaba tantas emociones y el Gobierno se encaminaba a recuperarlas mediante el diálogo pacífico y el voto democrático de distintos países, reflejado en la Resolución 2065 de Naciones Unidas.
Que yo sepa no había cánticos en las calles, banderas en los balcones, ni desbordes contra nadie, si emoción familiar pegada a las radios y los televisores en todos los rincones argentinos.
Perdimos uno a cero, expulsaron a Rattin y a causa de no entender el idioma del árbitro Alemán, la FIFA creo la tarjeta amarilla y la roja, como idioma universal de advertencia y expulsión.
Todo hasta aquí parece racional, lógico, hasta surgir el relato de «los árbitros cruzados» «la sentada de Rattin en la alfombra real» para agregarle sano folclore a un clásico del fútbol internacional.
Nombres como Roma, Perfumo, Gonzalito, Artime y Más empezaron a corearse en las Tribunas Argentinas, profundizando el corte y alianza perpendicular de clases que este deporte nutre y condiciona a nuestro país.
En el 2026 todos queríamos verlo jugar 60 minutos y nos desviviamos por saber quien lo reemplazaria: qué Nico Paz, que Lo Celso y término jugando «hora y 20 minutos», en varios de los siete partidos ganados. Seré sencillo en juzgar esa hazaña a los 39 años en la élite del fútbol mundial: MONUMENTAL.
-Yo ya estoy hecho con los partidos que ganamos – comentó Félix en su natural infancia.
Llegar a la semifinal, entre los cuatro mejores, después de ser «campeón mundial» y dos veces campeón de América, es tremendo-
Aportó su abuelo Carlos, amateur del fútbol ciudadano.
La emocionalidad ya bajó, el mensaje calo profundo: «a estos hay que matarlos para ganarles» «no se dan por vencidos ni aun vencidos».
Las radios, los canales de TV, las redes, informan al mundo de la resiliencia, la autoestima y la unión de la SelecciÓn: similar a la de su gente que aguantó guerras, desaparecidos, subidas y bajadas, hiperinflaciones, distintos gobiernos y aún no encuentra ese «equilibrio» parecido a la «normalidad» de muchos de sus adversarios. Y aún así: gana y disfruta haciendo felices a millones de personas. Con esfuerzo, alambrando, sufriendo hasta el final, pero con una gran cuota de fútbol: mezcla de campito y salón, fuerza y habilidad, picardía e inteligencia. Tienen mucho de Di Stefano, Kempes, Maradona y Messi en esa mezcla de violencia y valet, que en cada partido entrega Argentina.
Algún día la historia valorará seis años arriba de todos los ranking mundiales.
Hoy venimos con la celeste y blanca, como en la bella canción de Fito Paez, «a darle alegría, alegría, a mi corazón…»
