COLUMNISTAS INVITADOS. A partir de un encuentro personal en un tren rumbo a Roma y de un recorrido por la vida de la científica nacida en Turín, el autor reconstruye la trayectoria de una mujer que desafió las leyes raciales del fascismo, desarrolló investigaciones clave en neurobiología y descubrió junto a Stanley Cohen el Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), hallazgo que le valió el Premio Nobel de Medicina. Su historia, marcada por la perseverancia y la defensa del libre pensamiento, se convierte así en un símbolo del aporte de las mujeres extraordinarias a la historia de la humanidad.
Las grandes figuras de la ciencia suelen aparecer en los libros de historia por sus descubrimientos, pero detrás de cada logro hay también historias personales que revelan carácter, convicciones y una profunda vocación por el conocimiento. En el Mes de la Mujer, el educador e investigador José Jorge Chade propone recordar a una de las científicas más influyentes del siglo XX: Rita Levi-Montalcini, neuróloga italiana y Premio Nobel de Medicina cuyo trabajo revolucionó la comprensión del sistema nervioso.
El artículo completo de José Jorge Chade
Mujeres extraordinarias de nuestra historia: Rita Levi Montalcini

Era por los años 90, no recuerdo exactamente con precisión, subo al tren para Roma en la estación de Bologna y busco mi compartimiento, en aquella época todavía los trenes expresos en Italia tenían compartimientos. Puedo ver que en el pasillo afuera del compartimiento que me correspondía estaban paradas 4 personas, abro la puerta y entro para ubicarme en mi asiento y me encuentro con quien me parecía imposible que fuera ella, era Rita Levi Montalcini y la señora que la acompañaba, en ese instante respondiendo a mi saludo me dijo “parece que no tuvo miedo de entrar, al contrario de esas personas que están afuera”, solamente sonreí. Luego me preguntó donde iba y le dije Roma, al Congreso Pedagógico, ella conocía muy bien al Jefe de mi Cátedra el Prof. Andrea Canevaro, así que sin dudarlo me habló de su posición coincidente con Canevaro sobre la inclusión educativa y social. Después continuó a leer su libro hasta saludarnos al llegar a Roma.
Siendo el mes de la mujer me parece justo recordar a una de las tantas mujeres de nuestra historia que hicieron que su fuerza no dependiera de su sexo ni de su raza. Rita Levi Montalcini era judía, pero eso no le impidió ganar el Premio Nobel en 1986, gracias a que experimentó la fragilidad como un desafío. El funcionamiento creativo, para evolucionar, se basó en lo que en Pedagogía llamamos bricolaje, tan apreciado por François Jacob, quien transforma una vieja rueda de bicicleta en una polea, también podemos evocar el nombre de Claude Lévi-Strauss, quien hablaba del bricolaje del lenguaje, es decir, cómo los grupos culturales toman una palabra de una representación mítica y la insertan en otra representación mítica. El resultado es una evolución de mitos que parecen estar relacionados entre sí.
Hay personas que, independientemente de las experiencias vividas, permanecen aprisionadas en un estereotipo, no fue el caso de Rita, una mujer extraordinaria, comprometida hasta el final, tanto en el ámbito científico como en el social, junto con muchas otras mujeres de su calibre, marcó la diferencia a lo largo de la historia, dejando una huella imborrable en su pensamiento.
«Las mujeres que cambiaron el mundo nunca necesitaron demostrar nada más que su inteligencia».
Han transcurrido trece años desde el fallecimiento de la renombrada neuróloga, académica, senadora vitalicia y premio Nobel de Medicina en su casa de Roma.
Rita nació en Turín el 22 de abril de 1909, junto con su hermana gemela Paola, hija de Adamo Levi, ingeniero eléctrico y matemático, y Adele Montalcini, una talentosa pintora. Su infancia fue bastante tranquila y, a pesar de la mentalidad predominante de aquellos años, en otoño de 1930 decidió estudiar medicina en la Universidad de Turín. En 1936 se graduó con honores en Medicina y Cirugía, especializándose posteriormente en neurología y psiquiatría. Respecto a su educación familiar, escribió: «La ausencia de complejos, una notable tenacidad para seguir el camino que creía correcto y la indiferencia ante las dificultades que encontraría al realizar mis planes —rasgos de carácter que creo haber heredado de mi padre— me ayudaron enormemente a sobrellevar los años difíciles de la vida. A mi padre, como a mi madre, les debo mi disposición a ver a los demás con compasión, mi falta de animosidad y una tendencia natural a interpretar los acontecimientos y a las personas desde la perspectiva más favorable. Esta actitud, que era aún más evidente en mi hermano Gino, me impresionó desde la infancia y determinó, al menos en parte, la admiración incondicional que sentía por él».
Como judía sefardí, a raíz de las leyes raciales promulgadas en 1938, Rita se vio obligada a emigrar a Bélgica en marzo de 1939. Permaneció allí hasta el año siguiente en el Instituto Neurológico de la Universidad de Bruselas, donde continuó sus estudios sobre la diferenciación del sistema nervioso. Sin embargo, los alemanes también invadieron Bélgica, y Montalcini se vio obligada a regresar a Italia, a Turín, donde instaló un laboratorio casero para continuar con sus investigaciones. Los Levi-Montalcini lograron sobrevivir al Holocausto escondiéndose en Florencia, y no regresaron a Turín hasta 1945, cuando terminó la guerra.
Sobre este trágico periodo, Rita diría: «Si no hubiera sufrido discriminación ni persecución, jamás habría recibido el Premio Nobel».
En 1947, decidió viajar a Estados Unidos por invitación del neuroembriólogo Viktor Hamburger. Allí, en 1954, junto con su colaborador Stanley Cohen, descubrió el Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), una proteína implicada en el sistema nervioso. Su investigación fue fundamental para comprender el crecimiento de las células y los órganos, y desempeña un papel importante en la comprensión del cáncer y enfermedades como el Alzheimer y el Parkinson. Gracias a este descubrimiento, Levi Montalcini y Cohen recibieron el Premio Nobel, cuya mención decía: «El descubrimiento del NGF a principios de la década de 1950 es un ejemplo fascinante de cómo un observador perspicaz puede extraer hipótesis válidas del aparente caos. Anteriormente, los neurobiólogos desconocían los procesos implicados en la correcta inervación de los órganos y tejidos del cuerpo».
Parte del premio fue donado por la científica a la comunidad judía para la construcción de una nueva sinagoga en Roma.
En Italia, fundó un grupo de investigación y, de 1961 a 1969, dirigió el Centro de Investigación en Neurobiología. De 1969 a 1979, fue directora del Laboratorio de Biología Celular del Consejo Nacional de Investigación (CNR). En 1983, presidió la Asociación Italiana de Esclerosis Múltiple y, en 1999, fue nombrada embajadora de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para contribuir a su campaña contra el hambre en el mundo. En su centenario, declaró: «El cuerpo puede hacer lo que quiera. Yo no soy el cuerpo: soy la mente».
Defensora del libre pensamiento, afirmó en repetidas ocasiones lo que aprendió de su padre:
De niñas, mi padre nos decía a mi hermana y a mí que debíamos ser pensadoras libres. Y lo fuimos incluso antes de saber lo que significaba pensar.
En memoria de una mujer extraordinaria, un modelo a seguir y un ejemplo para toda la humanidad.
Bonus track: entrevistas a Rita Levi Montalcini
