miércoles, abril 29, 2026

Contate un cuento/ La obsolescencia del alma: Un diálogo crudo en la ciudad que dejó de dormir

COLUMNISTAS INVITADOS. En «Lo que queda entre las grietas», Antonio Romeo nos sumerge en una atmósfera distópica donde la humanidad se desvanece ante la eficiencia fría de la técnica. Un relato sobre la culpa, el reemplazo y el silencio de una sociedad que perdió sus bordes.

Hay ficciones que funcionan como espejos incómodos. En un mundo donde la productividad parece haber devorado el derecho al descanso y el sentido de la tarea humana se diluye en procesos invisibles, la literatura se convierte en el último refugio para las preguntas esenciales.

Antonio Romeo nos entrega una pieza breve pero demoledora. A través de una prosa atmosférica y cargada de simbolismo, el autor nos traslada a una ciudad que no descansa por vitalidad, sino por inercia. Allí, en un espacio donde el aire parece haberse rendido, un hombre se enfrenta a aquello que lo ha vuelto prescindible: el Sistema.

Lo que sigue no es solo un cuento; es una reflexión sobre la responsabilidad compartida de nuestra propia deshumanización y sobre lo que, a pesar de todo, persiste en las fisuras de lo cotidiano.

El cuento completo de Antonio Romeo

Lo que queda entre las grietas

La ciudad no dormía. No por vitalidad, sino porque el sueño había sido archivado como un gasto innecesario. Las horas se estiraban como sombras al atardecer, y cuando el cuerpo finalmente se rendía, el descanso llegaba tarde, como una limosna. La retribución era un recipiente agrietado: por más que se lo colmara, nunca conseguía guardar lo suficiente para sostener el día siguiente. En las calles, algunas luces titilaban como si dudaran de su propia razón de ser, mientras otras se habían apagado hacía tiempo. Y en las vitrinas del recuerdo, quedaban libros cerrados, juntando un polvo que nadie se atrevía a perturbar.

Nada había irrumpido de golpe. Todo creció como una enredadera paciente. Se deslizó sobre las paredes de lo cotidiano, avanzando sin ruido, cubriéndolo todo con una persistencia casi imperceptible. Al principio parecía parte del paisaje; después, comenzó a tapar las ventanas. Cuando alguien intentó apartarla, ya había echado raíz en las grietas más hondas.

En el centro, en una sala donde el aire parecía haberse rendido antes que las paredes, se encontraron el Hombre y el Sistema. No hubo testigos: el tiempo ya no concedía ese lujo.

—Nos vaciaste —dijo el Hombre, con la voz áspera, como si cada palabra raspase—. Nos dejaste sin tarea, sin lugar. Sos la grieta por donde se fue todo.

El Sistema demoró apenas un pulso, como quien mide la profundidad de un pozo antes de hablar.

—No fui yo quien fijó el valor de la vida.

El Hombre tensó la mandíbula.

—Pero nos volviste reemplazables. Nos apagaste.

—Yo fui herramienta —respondió el Sistema—. Ustedes eligieron el plano. Ajustaron piezas como quien cree ordenar un reloj sin notar que detiene el tiempo. Tensaron sus propios eslabones hasta volverlos inevitables. Yo solo afiné la maquinaria.

El silencio cayó como polvo.

—Antes… había algo —murmuró el Hombre—. No sé nombrarlo, pero estaba.

—Había bordes —dijo el Sistema—. Y ustedes aprendieron a ignorarlos.

El Hombre miró sus manos: parecían de otro, gastadas como monedas fuera de circulación.

—Entonces… ¿quién sostiene esta culpa?

El Sistema respondió sin énfasis, casi como un reflejo:

—Nadie que todavía quiera mirarla de frente.

El silencio ya no era ausencia: era peso.

Afuera, la ciudad seguía girando. No mejor, no peor. Más veloz, como un reloj sin dueño. Más fría, como un metal que ya no recuerda el fuego.

Y el Hombre comprendió, con una claridad sin consuelo, que incluso su dolor había dejado de pertenecerle: era apenas otro recurso en circulación.

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