COLUMNISTAS INVITADOS. A través de un análisis mordaz que contrasta la armonía del reino animal con la ambición humana, el Dr. Eduardo Da Viá cuestiona el lugar que ocupamos en el mundo. Entre la crítica política, el desastre ecológico y la deshumanización de las instituciones, el autor sostiene que nuestra especie ha roto el contrato fundamental con la Tierra.
El Dr. Eduardo Da Viá nos tiene habituados a una mirada que no esquiva el conflicto ni la crudeza. En esta nueva entrega, el criminólogo y pensador mendocino se sumerge en una de las preguntas existenciales más complejas: ¿seguimos siendo parte de la naturaleza o nos hemos convertido en su principal anomalía? Lo que comienza como una observación biológica pronto deriva en una denuncia ética sobre cómo la inteligencia superior, lejos de perfeccionar la convivencia, ha sido el motor de una degradación sin precedentes.
El autor establece un contrapunto filoso entre la organización «perfecta» de una colmena o un hormiguero y la tendencia humana hacia la creación de castas, la acumulación de poder y el ejercicio de la crueldad. Para Da Viá, el hombre no solo ha inventado la vestimenta y las armas, sino que ha refinado el arte del engaño y la opresión, diferenciándose de los animales que matan por necesidad para pasar a ser una especie que destruye por deporte, lucro o ideología.
A lo largo del texto, el Dr. Da Viá recorre los escenarios del conflicto contemporáneo: desde las guerras de expansión territorial y el fracaso de los organismos internacionales hasta el despojo de los recursos naturales. Con un cierre que interpela directamente a la conciencia colectiva y legislativa, la columna nos deja frente a una conclusión sombría pero necesaria sobre nuestra verdadera identidad como depredadores del hogar que inicialmente nos dio todo para prosperar.
La columna completa de Eduardo Da Viá
¿Es el hombre un integrante más de la naturaleza?
Seguro que inicialmente lo fue, aunque obligado, porque apareció en un mundo ya en marcha, con sus reglas y sus costumbres, en perfecta coordinación y como recorriendo un camino predeterminado. Millones de seres lo habitaban mucho antes de la irrupción del humano, y tenían solucionado a su modo dos necesidades básicas: la reproducción y la alimentación.
La perfección del instinto vs. la organización humana
Ya habían aprendido a guarecerse de las inclemencias climáticas y de los ataques de sus depredadores naturales, con éxito relativo por cierto, por cuanto tal como estaba diseñada la supervivencia en la tierra, la muerte era absolutamente necesaria para la continuidad de la vida; mecanismo con el cual difiero pero no es el motivo de este texto.
Socialmente tenían claros sistemas de convivencia, oscilando entre la soledad absoluta o la ineludible comunión con una pareja para pervivir. En el otro extremo, comunidades con una organización tan perfecta que el hombre nunca alcanzó ni mucho menos lo hará en el futuro; como ejemplo vale el hormiguero de las hormigas negras o la colmena de la abeja Apis melífera.
Carecían de padecer vergüenza; eran todos «sinvergüenzas», pero en el sentido de natural frescura y no el que le damos nosotros: descarado, bribón o canalla. El hombre, en cambio, supo adueñarse de cada una de esas acepciones en beneficio propio.
De la herramienta al arma letal
El hombre, apelando a su inteligencia superior, inventó la vestimenta y dejó para siempre la desnudez, despertando una condición propia: la curiosidad. Pero no la del científico, sino la del lascivo. Los sacerdotes incrementaron la tentación al demonizar el cuerpo humano. Del abrigo inocente al cinturón de castidad no pasó mucho tiempo.
Así como los animales no mataban para divertirse sino para pervivir, tampoco utilizaban los órganos sexuales para el goce desenfrenado, el comercio o la exhibición. De la misma manera que no mienten, ni el animal mata como deporte o contrata asesinos a sueldo para eliminar a sus enemigos.
«La parafernalia de armas letales sacadas a relucir en las guerras actuales opacan las más poderosas de las utilizadas en la contienda más letal de la historia: la Segunda Guerra Mundial. Todas diseñadas para producir el mayor daño, en el menor tiempo y a la mayor distancia.»
La política y la depredación
Jamás una sociedad animal tuvo por jefe a un criminal que trepó con la idea de ejercer el delito, como ocurre con detestables políticos que se apoderan de las arcas públicas, arrebatando recursos de los estómagos de sus destinatarios.
El humano se transformó en el principal depredador de la «madre natura», movido por su inagotable avidez de riqueza y poder. La tala, la caza indiscriminada, el cautiverio en circos y zoológicos, el látigo y la esclavitud son procederes jamás imaginados por animal alguno.
El escenario geopolítico y el fracaso institucional
Rusia es el país más grande del mundo, pero el presidente Putin quiere a toda costa anexar Ucrania con la vista en Polonia. Las razones son la apropiación de riquezas, petróleo y minerales. Para ello, el humano no vaciló en «violar» la naturaleza con perforaciones crueles.
Mientras tanto, organismos como la ONU o la OMS se albergan en fastuosos palacios donde los delegados gozan de placeres y viáticos de reyes. No son congresos de expertos, sino orgías de poder para mantener el statu quo y que no se agoten las ubres de las que maman los canallas.
Conclusión: Un ser contra natura
De la misma forma que los legisladores se desprendieron de sus obligaciones para con los electores, el hombre se desprendió de su natural obligación de cuidar a la naturaleza. No contento con devastar la flora y la fauna, inventó y legisló el aborto para que el Estado lo financie.
«Hoy se realizan cerca de 100.000 interrupciones voluntarias del embarazo por año en Argentina. Cien mil asesinatos que no les pesan en sus sucias conciencias a los legisladores que lo propiciaron.»
Sí, no tengo dudas: el humano es un ser contra natura.
