COLUMNISTAS INVITADOS. A través de una conmovedora poesía nacida en las alturas de Machu Picchu, el Dr. Eduardo Atilio Da Viá reflexiona sobre la vejez, la amistad incondicional y la profunda admiración por el legado incaico, transformando un viaje de exigencia física en un canto de gratitud hacia la vida.
La literatura de viaje suele estar dominada por la mirada joven y aventurera, pero adquiere una dimensión infinitamente más profunda cuando quien narra es un cronista que contempla el mundo desde la cima de una avanzada edad. En esta oportunidad, el Dr. Eduardo Atilio Da Viá nos invita a formar parte de una travesía que desafía las limitaciones biológicas para cumplir una postergada deuda geográfica e intelectual. El destino elegido no es un escenario cualquiera: las imponentes e históricas laderas de Machu Picchu se convierten en el testigo de una «dura cruzada», donde una valija prestada deja de ser un simple contenedor de ropa para transformarse en el soporte físico y el confidente de un «geronte encorvado» decidido a seguir desafiando al destino.
A través de versos cargados de una sensibilidad tan rústica como genuina, la columna deshoja los pormenores de una aventura que habría sido inviable sin la complicidad de un trío singular: el propio autor, su inseparable y protectora maleta, y su amigo entrañable, Roberto «Pajarito», cuya voz y oído atento sirvieron de guía en los momentos de mayor vulnerabilidad. Lejos de teñirse con el pesimismo de los años, el relato se eleva como una fascinante lección de historia y humanismo que contrasta la sagrada comunión comunitaria del imperio inca con la voracidad de la conquista hispana. Con el latido pausado que impone el soroche, Da Viá firma una obra que no es un adiós temeroso a la existencia, sino el cierre luminoso y agradecido de un viajero que supo establecer sus propios límites después de haber hollado las maravillas de esta tierra.
La columna completa del Dr. Da Viá
Mi última valija
La valija es al viajero lo que el dinero a la billetera.
POESÍA DEDICADA A MI VALIJA
Me fuiste por alguien prestada
Persona muy generosa
de Buenos Aires arrebatada
por mi hijo para ser su esposa.
En seguida congeniamos,
Y te confié mis intenciones
a Machu Picchu encaramos.
Y no de vacaciones,
Se que tuviste otros destinos,
Por tu dueña pergeñados,
Pero juntos hollaríamos caminos
Y rutas por ella ignorados
Afrontamos juntos una quimera
Dada mi edad avanzada
Pero tu me ayudaste la primera
A cumplir con la dura cruzada
Me serviste como cómodo acolchado
Cuando me sentaba en rocas muy duras,
y de tanto andar, cansado,
me apoyaba en tus cómodas blanduras
Tu vientre prominente
Resultado de relleno forzado,
Acolchaba mi columna saliente
Propia de geronte encorvado
Yo también te cuidé con afecto
Procurando no lastimarte,
cuando el camino imperfecto
seriamente podía dañarte
Entonces unos pasos te alzaba
Para ayudarte a cruzar
Y luego con suavidad te bajaba
Para seguir nuestro duro andar.
Y aquí solía surgir
Del trío el tercer componente
Te levantaba y permitía seguir,
Salvado el inconveniente.
Era mi amigo de la vida
Roberto o Pajarito, conocido cantor
con su voz de bajo famosa,
y su amor por el amor
Sin su compañía no me hubiese sido viable
encarar esta aventura pues no oigo los ruidos vibrantes,
para él era perfectamente escuchable,
el sonido avisador de los parlantes
Y así juntos anduvimos
Agradecidos de la vida.
A veces bajamos, otras tropezamos pero por fin subimos
Y siempre orgullosos de la hazaña cumplida.
Una vez en la meseta se divisa el enclave
De los Incas maravilla, construido en plena ladera,
Mirar y respirar profundo es la clave
Ante tanta magnificencia y ya sin tanta escalera.
Por todos lados se observan restos de firmes paredes
Hechas de piedras encastradas en forma de sillería
resistentes a los siglos que protegieron del Inca las sedes
Tan perfectas que de no verlas pareciera utilería.
También recorrimos otros sitios sagrados,
Donde actualmente viven descendientes,
Trabajan sus artesanías siempre callados,
Y fabrican maravillas que nos dejan azorados
Interactuamos con mansas alpacas y llamas,
que comían de nuestras manos confiadas y con fruición,
del mechón natural a las coloridas lanas.
los nativos nos enseñaron la mágica transformación,
De las plantas y los minerales obtienen los colores
Luego pasan al telar de donde surgen maravillas
La labor dura horas, al parecer sin dolores
Trabajando sin cesar agachados o de rodillas
Además los cursos de agua, canaletas descendentes
desde lo alto de las cimas con la inclinación adecuada
para regar en las terrazas las simientes
Y saciar la sed por el trabajo acumulada.
Tres tipos de terrazas diseñaron los arquitectos
De contención, de cultivo o de simple ornamento,
Sus muros son enhiestos erectos, perfectos
Y por cierto no empleaban ningún tipo de pegamento
No se sabe por qué se fueron, si vivos o moribundos,
lo cierto es que al llegar, los hispanos genocidas,
en búsqueda de oro y plata, vacíos estaban sus mundos
quedaban sus monumentos pero ni rastros de sus vidas
En fin que el trío valija y los aliados fraternos,
emulando al gran Julio César, hicimos los cuernos sonar
por la victoria lograda y a coro en esos lares eternos
Dijimos con orgullo “Veni, Vidi, Vici” y a nuestros hogares regresar
Pretendimos con nuestra visita honrar
Tan magnífica cultura,
Visitarla es admirar y gozar
Lo que puede la humana factura.
Hay en el mundo tanta obra grandiosa
Que merece nuestro desdén,
Sobre esta tierra generosa
Que le oferta su sostén
Son monumentos al poder
Al dinero y la explotación
Con pagos que no alcanzan para comer
Y familias en inanición
Lo del Inca eran obras sagradas
Para toda la comunidad
No eran hechas por gente hambreada
Ni carentes de comodidad.
Tampoco tenían ejército capaz
De enfrentar al hispano maleante
Que con codicia rapaz
Venía del lejano levante.
Robaron, mataron, violaron
De la plata y el oro ornamental
Sin permiso se adueñaron
Dejando a su paso asesino un verdadero tendal.
Hoy el blanco arrepentido
Por miles visita el recinto sagrado
No son culpables del horror cometido
Y veneran ese estupendo pasado.
Así lo hicimos de la mañana hasta la noche
Mi amigo, mi valija y el suscrito
Y aún bajo efectos del soroche (*)
Doy por finalizado mi escrito.
PD (*) Soroche o mal de las alturas, conjunto de síntomas y signos derivados de la falta parcial de oxígeno.
Cuando titulé este poema “Mi Última Valija”, no lo hice con pesimismo, pensando que el final estaba cercano, todo lo contrario, lo hice con alegría por haber cumplido otro sueño.
No le temo a la probable cercanía de la muerte, tanto es así que pienso seguir desafiándola muchos años más, pero no dejo de ser consciente de mi edad.
Además he completado las muchas visitas que deseaba hacer por las principales maravillas del mundo y me doy por agradecido y satisfecho de haber podido cumplir con buena parte de mi mancolista geográfica/intelectual, recorriendo una porción de esta tierra, que a pesar de sus imperfecciones nos brinda tantas maravillas, tanto naturales como hechas por la mano del hombre.
Por cierto que quedan lugares que me gustaría visitar, pero debemos tener presente que es bueno establecer límites, aún para el conocimiento de lugares y países no hollados, para poder disfrutar de la suerte de lo que hicimos a lo largo del vasto trajinar en la vida.
GRACIAS ROBERTO/PAJARITO, y gracias valijita fernandaria.
ADENDA Lo de fernandaria es por el nombre de la dueña de la valija: Fernanda, mi nuera.
EDUARDO ATILIO DA VIÁ MAYO/JUNIO 2026

