lunes, junio 15, 2026

El último equipaje: la crónica de una quimera andina a los 80 años

COLUMNISTAS INVITADOS. A través de una conmovedora poesía nacida en las alturas de Machu Picchu, el Dr. Eduardo Atilio Da Viá reflexiona sobre la vejez, la amistad incondicional y la profunda admiración por el legado incaico, transformando un viaje de exigencia física en un canto de gratitud hacia la vida.

La literatura de viaje suele estar dominada por la mirada joven y aventurera, pero adquiere una dimensión infinitamente más profunda cuando quien narra es un cronista que contempla el mundo desde la cima de una avanzada edad. En esta oportunidad, el Dr. Eduardo Atilio Da Viá nos invita a formar parte de una travesía que desafía las limitaciones biológicas para cumplir una postergada deuda geográfica e intelectual. El destino elegido no es un escenario cualquiera: las imponentes e históricas laderas de Machu Picchu se convierten en el testigo de una «dura cruzada», donde una valija prestada deja de ser un simple contenedor de ropa para transformarse en el soporte físico y el confidente de un «geronte encorvado» decidido a seguir desafiando al destino.

A través de versos cargados de una sensibilidad tan rústica como genuina, la columna deshoja los pormenores de una aventura que habría sido inviable sin la complicidad de un trío singular: el propio autor, su inseparable y protectora maleta, y su amigo entrañable, Roberto «Pajarito», cuya voz y oído atento sirvieron de guía en los momentos de mayor vulnerabilidad. Lejos de teñirse con el pesimismo de los años, el relato se eleva como una fascinante lección de historia y humanismo que contrasta la sagrada comunión comunitaria del imperio inca con la voracidad de la conquista hispana. Con el latido pausado que impone el soroche, Da Viá firma una obra que no es un adiós temeroso a la existencia, sino el cierre luminoso y agradecido de un viajero que supo establecer sus propios límites después de haber hollado las maravillas de esta tierra.

La columna completa del Dr. Da Viá

Mi última valija  

La valija es al viajero lo que el dinero a la billetera.

POESÍA DEDICADA A MI VALIJA

Me fuiste por alguien prestada

Persona muy generosa

de Buenos Aires arrebatada

por mi hijo para ser su esposa.

En seguida congeniamos,

Y te confié mis intenciones

a Machu Picchu encaramos.

Y no de vacaciones,

Se que tuviste otros destinos,

Por tu dueña pergeñados,

Pero juntos hollaríamos caminos

Y rutas por ella ignorados

Afrontamos juntos una quimera

Dada mi edad avanzada

Pero tu me ayudaste la primera

A cumplir con la dura cruzada

Me serviste como cómodo acolchado

Cuando me sentaba en rocas muy duras,

y de tanto andar, cansado,

me apoyaba en tus cómodas blanduras

Tu vientre prominente

Resultado de relleno forzado,

Acolchaba mi columna saliente

Propia de geronte encorvado

Yo también te cuidé con afecto

Procurando no lastimarte,

cuando el camino imperfecto

seriamente podía dañarte

Entonces unos pasos te alzaba

Para ayudarte a cruzar

Y luego con suavidad te bajaba

Para seguir nuestro duro andar.

Y aquí solía surgir

Del trío el tercer componente

Te levantaba y permitía seguir,

Salvado el inconveniente.

Era mi amigo de la vida

Roberto o Pajarito, conocido cantor

con su voz de bajo famosa,

y su amor por el amor

Sin su compañía no me hubiese sido viable

encarar esta aventura pues no oigo los ruidos vibrantes,

para él era perfectamente escuchable,

el sonido avisador de los parlantes

Y así juntos anduvimos

Agradecidos de la vida.

A veces bajamos, otras tropezamos pero por fin subimos

Y siempre orgullosos de la hazaña cumplida.

Una vez en la meseta se divisa el enclave

De los Incas maravilla, construido en plena ladera,

Mirar y respirar profundo es la clave

Ante tanta magnificencia y ya sin tanta escalera.

Por todos lados se observan restos de firmes paredes

Hechas de piedras encastradas en forma de sillería

resistentes a los siglos que protegieron del Inca las sedes

Tan perfectas que de no verlas pareciera utilería.

También recorrimos otros sitios sagrados,

Donde actualmente viven descendientes,

Trabajan sus artesanías siempre callados,

Y fabrican maravillas que nos dejan azorados

Interactuamos con mansas alpacas y llamas,

que comían de nuestras manos confiadas y con fruición,

del mechón natural a las coloridas lanas.

los nativos nos enseñaron la mágica transformación,

De las plantas y los minerales obtienen los colores

Luego pasan al telar de donde surgen maravillas

La labor dura horas, al parecer sin dolores

Trabajando sin cesar agachados o de rodillas

Además los cursos de agua, canaletas descendentes

desde lo alto de las cimas con la inclinación adecuada

para regar en las terrazas las simientes

Y saciar la sed por el trabajo acumulada.

Tres tipos de terrazas diseñaron los arquitectos

De contención, de cultivo o de simple ornamento,

Sus muros son enhiestos erectos, perfectos

Y por cierto no empleaban ningún tipo de pegamento

No se sabe por qué se fueron, si vivos o moribundos,

lo cierto es que al llegar, los hispanos genocidas,

en búsqueda de oro y plata, vacíos estaban sus mundos

quedaban sus monumentos pero ni rastros de sus vidas

En fin que el trío valija y los aliados fraternos,

emulando al gran Julio César, hicimos los cuernos sonar

por la victoria lograda y a coro en esos lares eternos

Dijimos con orgullo “Veni, Vidi, Vici” y a nuestros hogares regresar

Pretendimos con nuestra visita honrar

Tan magnífica cultura,

Visitarla es admirar y gozar

Lo que puede la humana factura.

Hay en el mundo tanta obra grandiosa

Que merece nuestro desdén,

Sobre esta tierra generosa

Que le oferta su sostén

Son monumentos al poder

Al dinero y la explotación

Con pagos que no alcanzan para comer

Y familias en inanición

Lo del Inca eran obras sagradas

Para toda la comunidad

No eran hechas por gente hambreada

Ni carentes de comodidad.

Tampoco tenían ejército capaz

De enfrentar al hispano maleante

Que con codicia rapaz

Venía del lejano levante.

Robaron, mataron, violaron

De la plata y el oro ornamental

Sin permiso se adueñaron

Dejando a su paso asesino un verdadero tendal.

Hoy el blanco arrepentido

Por miles visita el recinto sagrado

No son culpables del horror cometido

Y veneran ese estupendo pasado.

Así lo hicimos de la mañana hasta la noche

Mi amigo, mi valija y el suscrito

Y aún bajo efectos del soroche (*)

Doy por finalizado mi escrito.

PD (*) Soroche o mal de las alturas, conjunto de síntomas y signos derivados de la falta parcial de oxígeno.

Cuando titulé este poema “Mi Última Valija”, no lo hice con pesimismo, pensando que el final estaba cercano, todo lo contrario, lo hice con alegría por haber cumplido otro sueño.

No le temo a la probable cercanía de la muerte, tanto es así que pienso seguir desafiándola muchos años más, pero no dejo de ser consciente de mi edad.

Además he completado las muchas visitas que deseaba hacer por las principales maravillas del mundo y me doy por agradecido y satisfecho de haber podido cumplir con buena parte de mi mancolista geográfica/intelectual, recorriendo una porción de esta tierra, que a pesar de sus imperfecciones nos brinda tantas maravillas, tanto naturales como hechas por la mano del hombre.

Por cierto que quedan lugares que me gustaría visitar, pero debemos tener presente que es bueno establecer límites, aún para el conocimiento de lugares y países no hollados, para poder disfrutar de la suerte de lo que hicimos a lo largo del vasto trajinar en la vida.

GRACIAS ROBERTO/PAJARITO, y gracias valijita fernandaria.

ADENDA Lo de fernandaria es por el nombre de la dueña de la valija: Fernanda, mi nuera.

EDUARDO ATILIO DA VIÁ MAYO/JUNIO 2026

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