COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Dugar Chappel. El endeudamiento ya no es un fenómeno marginal ni síntoma de irresponsabilidad, sino el reflejo de una clase media que usa el crédito para sobrevivir antes que para progresar.
Una nueva realidad social se consolida de forma silenciosa pero contundente en la Argentina: el surgimiento masivo de los morosos. Lejos de tratarse de una conducta especulativa o de una mera falla en la responsabilidad individual, la dificultad para cumplir con los compromisos financieros responde a un problema estructural donde la falta de capacidad de pago asfixia a sectores que, hasta hace poco, mantenían una vida económicamente ordenada.
Los datos oficiales del Banco Central dan cuenta de un fenómeno que trasciende a los sectores vulnerables y alcanza de lleno a la clase media. En un contexto donde los ingresos resultan insuficientes para cubrir las necesidades básicas, la prioridad reemplaza a la obligación, transformando al crédito en una herramienta de supervivencia diaria y encendiendo las alarmas sobre el impacto económico y social de una población atrapada en el círculo de la deuda.
La columna completa de Dugar Chappel
La nueva categoría de argentinos: los morosos
Hay una nueva categoría social que empieza a ganar protagonismo en la Argentina: los morosos. No es una categoría sociológica ni una nueva clase social. Es una realidad mucho más concreta: argentinos que tienen dificultades crecientes para cumplir con sus obligaciones financieras.
Los números del Banco Central ayudan a dimensionar el fenómeno. En febrero de 2026, los proveedores no financieros de crédito registraban 12,1 millones de personas con financiamiento. Y dentro de esa enorme masa de deudores, la irregularidad alcanzaba al 26,9% de la cartera. Cuando se observa a las personas que tienen financiamiento con proveedores no financieros y, además, con entidades financieras, la irregularidad llegaba al 16,1%.
No todos esos millones son morosos, naturalmente. Pero el dato permite advertir la dimensión de una sociedad cada vez más dependiente del crédito y, en una proporción significativa, con dificultades para sostenerlo.
El Banco Central, a través de su Central de Deudores, registra las financiaciones de las personas durante los últimos 24 meses: préstamos personales, prendarios, saldos de tarjetas, créditos hipotecarios y otras formas de financiamiento. También identifica los días de atraso y clasifica las situaciones según el nivel de riesgo.
Es decir: la morosidad dejó de ser un fenómeno marginal.
Durante años, el moroso fue asociado casi exclusivamente con la irresponsabilidad. El que no pagaba era, sencillamente, un mal pagador. Pero algo está cambiando. En muchos casos, detrás del incumplimiento ya no hay especulación ni viveza: hay falta de capacidad de pago.
La diferencia no es menor.
Cuando una familia deja de pagar porque no quiere, estamos frente a una conducta. Cuando deja de pagar porque no puede, estamos frente a un problema económico y social.
Y la Argentina empieza a tener demasiados de estos últimos.
El fenómeno tiene una particularidad: no afecta solamente a los sectores más vulnerables. También alcanza a sectores medios que hasta hace poco tenían una vida económicamente ordenada. Personas con trabajo, ingresos razonables y una historia de cumplimiento que ahora deben elegir qué pagar y qué postergar.
La ecuación es sencilla y brutal: cuando los ingresos no alcanzan, la prioridad reemplaza a la obligación.
Primero la comida. Después los medicamentos. Después los servicios esenciales. Y, finalmente, aquello que pueda esperar.
El problema es que casi nada espera demasiado tiempo.
Una deuda pequeña se transforma en una deuda mayor. Los intereses hacen su trabajo. Aparecen las refinanciaciones, las cuotas, los llamados telefónicos, las intimaciones y, finalmente, la exclusión del crédito.
Y entonces aparece una paradoja argentina: el crédito, que debería ser una herramienta para progresar, termina convirtiéndose en un mecanismo para sobrevivir.
Hay algo todavía más preocupante.
Una sociedad puede tolerar durante algún tiempo que sus ciudadanos tengan deudas. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es una sociedad en la que millones de personas comienzan a vivir permanentemente endeudadas.
Porque el endeudamiento modifica conductas. Cambia decisiones familiares, posterga proyectos, reduce el consumo, desalienta inversiones y genera una sensación permanente de fragilidad.
El argentino que antes pensaba en comprar una casa comienza a pensar en cómo llegar a fin de mes. El que pensaba en cambiar el auto piensa en mantener el que tiene. El que proyectaba vacaciones calcula si podrá pagar la tarjeta. Y el joven que imaginaba independizarse vuelve a la casa de sus padres.
La morosidad es, entonces, mucho más que un dato financiero.
Es un termómetro social.
Porque detrás de cada deudor hay una historia. Y detrás de cada situación irregular puede haber una familia que tuvo que elegir entre pagar una obligación o resolver una necesidad inmediata.
Pero también sería un error convertir automáticamente a todos los morosos en víctimas.
Una economía sana necesita responsabilidad individual. Las deudas deben pagarse. El crédito necesita reglas. Y quien puede cumplir debe hacerlo.
La cuestión es otra: ¿qué ocurre cuando una parte creciente de la sociedad quiere cumplir, pero no puede?
Ahí el problema deja de ser individual.
Durante demasiado tiempo la Argentina discutió la pobreza casi exclusivamente en términos de ingresos. Pero quizás haya que comenzar a mirar otro indicador: la capacidad de una familia para cumplir normalmente con sus obligaciones.
Porque una persona puede estar trabajando y, sin embargo, estar económicamente asfixiada.
Puede tener un sueldo y no llegar a fin de mes.
Puede tener ingresos y no tener capacidad de ahorro.
Puede consumir y, al mismo tiempo, estar profundamente endeudada.
Ese es uno de los cambios silenciosos de la Argentina contemporánea.
La clase media, históricamente definida por su capacidad de progresar, empieza a ser definida por su capacidad de resistir.
Y esa diferencia merece una discusión política mucho más profunda.
La estabilidad macroeconómica importa. La inflación importa. El crecimiento importa. El crédito también.
Pero hay una condición mucho más elemental para que una economía funcione: que el ciudadano pueda pagar sus cuentas con el fruto de su trabajo.
Por eso quizás haya llegado el momento de incorporar una nueva categoría al diagnóstico de la Argentina.
Ya no solamente pobres, indigentes, trabajadores registrados, informales o clase media.
También están ellos: los morosos.
Argentinos que alguna vez fueron sujetos de crédito y que hoy, para demasiados casos, se encuentran atrapados en el círculo de la deuda.
Argentinos que no necesariamente dejaron de trabajar, pero sí dejaron de llegar.
Y detrás de esta nueva realidad social hay una pregunta que ningún gobierno debería ignorar: ¿Cuánto tiempo puede una sociedad vivir a crédito antes de comenzar a vivir de prestado su propio futuro?

