lunes, junio 15, 2026

Políticos que viajan al Mundial: símbolos del poder en la tribuna

COLUMNISTAS INVITADOS. A través de los gestos contrapuestos de un intendente argentino y la presidenta de México, el criminólogo Eduardo Muñoz analiza cómo las decisiones de los dirigentes frente a los privilegios del fútbol impactan directamente en la sensibilidad social y en la legitimidad política.

El inicio del Mundial 2026 trasciende las canchas para convertirse en un formidable espejo de las dinámicas sociales y políticas de América Latina. En esta oportunidad, la mirada analítica del criminólogo Eduardo Muñoz se aparta del balón para posarse sobre la conducta de quienes ejercen el poder público, identificando cómo un megaevento deportivo puede desnudar y amplificar las tensiones latentes entre gobernantes y gobernados. Lejos de ser una simple crónica de viajes o protocolos, la columna examina las decisiones individuales de dos figuras políticas de la región, transformando conductas aparentemente aisladas en potentes símbolos sobre el privilegio, la ética pública y la empatía en tiempos de profunda sensibilidad económica.

A través de un agudo ejercicio de contraste, Muñoz contrapone la explícita licencia de un intendente argentino para asistir a la cita mundialista con el desprendido gesto de la mandataria mexicana al ceder sus pases oficiales a jóvenes promesas del deporte. El núcleo del análisis no busca juzgar la estricta legalidad de los actos, sino descifrar el impacto de los mensajes que estos proyectan hacia una ciudadanía que observa con creciente recelo la distribución de los beneficios del poder. En un contexto donde la desigualdad no solo se mide en ingresos sino en la percepción de los privilegios cotidianos, esta pieza se vuelve indispensable para comprender que la legitimidad de la dirigencia no se valida en un marco legalista, sino en la construcción diaria de la confianza y en la capacidad de interpretar el sentir de una sociedad exhausta.

La columna completa de Eduardo Muñoz

Mundial 2026: dos dirigentes, dos gestos y una misma pregunta sobre los privilegios

Cada Mundial deja imágenes que van mucho más allá del fútbol. Algunas se recuerdan por un gol o una atajada. Otras, por lo que revelan de la sociedad.

A pocos días del inicio del Mundial 2026, una de esas imágenes volvió a instalarse con fuerza en América Latina: la brecha entre la vida de quienes gobiernan y la de quienes son gobernados.

El debate surgió a partir de decisiones tomadas en países distintos. Sin embargo, ambas terminaron exponiendo una misma cuestión: la relación entre poder, privilegio y confianza social.

El costo de un sueño

El caso que más repercusión generó en Argentina fue el de Roly Santacroce, intendente de la ciudad santafesina de Funes. El jefe comunal solicitó una licencia de 17 días para viajar a Estados Unidos y presenciar los tres partidos de la Selección argentina en la fase de grupos. Lo anunció públicamente, explicó que afrontaría todos los gastos con recursos propios y recordó que mantiene esa tradición junto a sus amigos desde Francia 1998.

No hay cuestionamiento jurídico. Sin embargo, la discusión pública rara vez se limita a lo que permite la ley.

Asistir a la fase de grupos del Mundial en Estados Unidos implica una inversión significativa. Entre pasajes internacionales, vuelos internos, entradas, alojamiento y gastos diarios, el costo total por persona puede ubicarse entre 8.000 y 12.000 dólares. Para muchos argentinos, esa cifra equivale a varios meses de ingresos, años de ahorro o una experiencia sencillamente imposible.

Por eso el debate no gira únicamente alrededor del dinero. Lo que está en discusión es lo que esa imagen representa para quienes la observan desde afuera. En tiempos de dificultades económicas, la sensibilidad frente a los privilegios es mucho mayor que en otras épocas.

Dos mensajes sobre el privilegio

Mientras en Argentina la discusión giraba en torno a una licencia para viajar, en México ocurrió una escena muy diferente.

La presidenta de Mexico Claudia Sheinbaum recibió de la FIFA el boleto número 0001 para la inauguración del torneo en el Estadio Azteca. Podía utilizarlo. Nadie se lo habría cuestionado. Sin embargo, decidió entregárselo a Yolett Cervantes Cuaquehua, una joven de 21 años de Veracruz que había ganado un concurso nacional de habilidades con el balón. También destinó otras entradas a jóvenes mujeres.

El mensaje fue inmediato. Mientras un dirigente utilizaba una posibilidad legítimamente a su alcance, otra renunciaba a un privilegio excepcional para que una ciudadana común pudiera ocupar ese lugar.

Las dos decisiones pueden justificarse. La diferencia no está en su legalidad, sino en el mensaje que proyectan.

La política se construye tanto con decisiones como con símbolos. Y los símbolos pesan más cuando millones de personas sienten que determinadas experiencias quedan cada vez más lejos de su alcance.

El partido de todos los días

El fútbol genera una sensación única de igualdad emocional. Todos celebramos el mismo gol y sufrimos la misma derrota. Pero un Mundial también recuerda que esa igualdad tiene límites.

El debate no pasa por cuestionar cómo una persona utiliza su dinero ni por discutir decisiones permitidas y transparentes. Lo que aparece detrás de estas situaciones es algo más profundo: cómo perciben los ciudadanos a quienes ejercen el poder.

El caso de Santacroce tiene además una particularidad. Fue explícito. Pidió licencia, informó el viaje y explicó cómo lo financiaría. La transparencia no elimina las críticas, pero permite que la discusión se apoye en hechos conocidos.

La pregunta es cuántos otros dirigentes harán exactamente lo mismo sin comunicarlo. O cuántos aprovecharán beneficios que los ciudadanos nunca llegan a conocer. Cuando la información aparece de manera selectiva, la sospecha termina ocupando el lugar de los hechos.

El Mundial no genera esa brecha. Simplemente la expone ante millones de personas al mismo tiempo.

Por eso la discusión trasciende a un intendente, una presidenta o un partido de fútbol. Lo que está en juego es la capacidad de los dirigentes para comprender cómo son observados por una sociedad cada vez más sensible a los privilegios asociados al poder.

Cada viaje oculto, cada beneficio inexplicado y cada gesto percibido como ajeno a la vida cotidiana amplían una fractura que ya no es sólo económica.

Es una fractura de confianza.

Los partidos duran noventa minutos. La legitimidad de los dirigentes se juega todos los días.

Seguí leyendo