lunes, junio 1, 2026

«¿Qué demonios es el agua?»: Max Weber y la preocupante era de la mediocridad política

COLUMNISTAS INVITADOS. A partir de los conceptos clásicos de vocación y ética, José Jorge Chade analiza el peligroso divorcio entre la cultura ciudadana y la formación de la clase dirigente, en un contexto global donde el populismo exalta la ignorancia y los intelectuales se refugian en la indiferencia.

En su célebre conferencia de 1919, Max Weber trazó las líneas directrices de lo que debía ser la política como vocación: una amalgama indisoluble de pasión, responsabilidad y previsión. Más de un siglo después, la realidad parece haber invertido los términos.

En la siguiente columna, José Jorge Chade ensaya una necesaria distinción entre la «cultura política» —aquella que arraiga en los valores y expectativas de la ciudadanía— y la «cultura de los políticos», hoy lamentablemente degradada a una preocupante apología de la incompetencia. A través de miradas de pensadores europeos y una lúcida metáfora literaria de David Foster Wallace, el autor nos invita a reflexionar sobre la urgencia de que la dirigencia vuelva a comprender el «agua» en la que todos nadamos, abandonando los baches de la demagogia simplista antes de que la indiferencia termine por vaciar de dignidad a las instituciones.

La columna completa de José Jorge Chade

La diferencia entre la cultura política y la cultura de los políticos

Leyendo a Max Weber encontré que en una de sus famosas conferencias del 1919, sobre «La política como vocación», el sociólogo argumentó que para liderar la sociedad, un político debe poseer una vocación auténtica y tres cualidades fundamentales: Pasión: Una dedicación profunda y apasionada a una «causa», que no se trate de un entusiasmo estéril, sino de un apego a un ideal o valor en el que se cree firmemente. Sentido de la responsabilidad: El principio rector de la acción política. El político debe asumir la responsabilidad de las consecuencias de sus actos (ética de la responsabilidad), convirtiéndose así en la guía decisiva de sus acciones. Previsión: La capacidad de mantener el autocontrol, la capacidad de mantener una «distancia» interna con respecto a las cosas y las personas. Esto le permitirá evaluar la realidad con serenidad y actuar sin dejarse llevar por las emociones.

Estas palabras de Weber me hicieron reflexionar sobre, como indica el título de este artículo, la cultura de los políticos y la cultura política y me puse a investigar algunas opiniones al respecto, observando que son dos caras de la misma moneda, pero con significados opuestos: la primera se refiere a la trayectoria individual, las habilidades y los comportamientos prácticos de quienes nos gobiernan, mientras que la segunda es el conjunto de valores, creencias y actitudes de toda la ciudadanía hacia las instituciones.

La Cultura política (de los ciudadanos), se refiere al «terreno social» en el que se fundamentan la democracia y las instituciones de un país. No se trata solo de lo que se sabe sobre política, sino de cómo la sociedad se relaciona con ella. Es el conjunto de valores, conocimientos, expectativas y actitudes que una población determinada manifiesta hacia el sistema político y la conforman ciudadanos, votantes, sociedad civil.

Establece qué comportamientos son aceptados, cuánta confianza depositan las personas en las instituciones (confianza en el Estado, los partidos políticos, el sistema judicial) y si están dispuestas o no a participar en la vida pública.

Digamos que esto es el resultado de la historia de un país, su sistema educativo, la religión, los medios de comunicación y las tradiciones transmitidas de generación en generación.

La cultura de los políticos (de los funcionarios electos), en cambio, se refiere a las características específicas de la clase dirigente. Más allá de las convicciones ideológicas, se destaca el «saber hacer», la cultura y la ética profesional de quienes ejercen el poder, es decir, la forma en que los políticos actúan, se comunican, negocian y gestionan los asuntos públicos (Miembros del Congreso, ministros, líderes de partidos y administradores locales). Esta cultura ayuda a moldear las leyes, el estilo de gobierno, la capacidad de mediación y la transparencia (u opacidad) de la administración.

Estos dos mundos dialogan constantemente. La clase política a veces intenta adaptarse a la cultura política dominante de su electorado para evitar perder el consenso.

Las acciones, las palabras y la “cultura de los políticos” pueden moldear, educar o desilusionar la “cultura política” de los ciudadanos, aumentando o disminuyendo el abstencionismo y la participación activa.

El ejercicio no es fácil porque la desconfianza en la clase dirigente va en aumento, y una valoración negativa parece bastante predecible.

Hemos podido observar que quienes hablan de ética pública no son particularmente bien recibidos. La clase política es un tema delicado, y hoy, dadas ciertas farsas indecorosas que tienen lugar casi en todas partes, resulta bastante complicado promover la «virtud de los mejores», pero por lo menos se espera salvaguardar la decencia y la dignidad de la política. Hoy, según muchos reconocen, vivimos en la era de la mediocridad elevada a la categoría de virtud, y los «mejores» escasean.

Luigi Sturzo, en la década de 1950, observó que demasiadas personas creen que la política es un arte que se practica sin la preparación adecuada; su ilustre contemporáneo, Luigi Einaudi —un renombrado economista, presidente de la República Italiana de 1948 a 1955— pensaba de manera similar; aludiendo a sus colegas políticos, señaló que muchos creen poder resolver problemas sin ningún conocimiento: «¿Cómo se puede deliberar sin conocimiento?», preguntó. Ciertamente, siguen siendo numerosas las personas que toman decisiones y hacen promesas sin comprender a fondo los problemas, y en algunos círculos del populismo dominante, la ignorancia incluso se exalta como una virtud. La ignorancia de algunos políticos se basa en el desconocimiento de sus propias limitaciones, en una comprensión errónea fundamentada principalmente en prejuicios arraigados que conducen a conclusiones equivocadas debido a una manifiesta incompetencia: por lo general, los ciudadanos pagan las consecuencias. No es casualidad que un famoso historiador anglosajón, al observar la incompetencia de muchos funcionarios públicos, los instara a subsanar las evidentes deficiencias en su formación mediante seminarios periódicos de formación sobre el significado de las instituciones y nuestra historia: antiguamente, al menos existían escuelas políticas promovidas por los partidos que brindaban ayuda e información; eran parciales, pero útiles.

“¡Qué desgracia para los políticos sin cultura!”, escribió Eugenio Scalfari (Periodista, escritor y político italiano) hace unos años, señalando que la falta de cultura política tiene graves consecuencias: genera una visión limitada del presente, una actitud muy común, y lo que se exalta es la política de la argumentación deficiente, de la toma de decisiones simplista que no estimula el espíritu crítico de la ciudadanía. Por el contrario, la cultura política se compone de un sentido de la historia, habilidades y capacidades, y una ética pública que concibe la actividad política como un servicio a la comunidad. Gracias a una buena cultura política, el político adquiere conciencia de la complejidad de los problemas que debe abordar Para abordar esto, hablamos precisamente de cultura política como requisito indispensable para comprender el mundo en que vivimos y evitar simplificaciones demagógicas y prejuicios fáciles que «no se cuestionan ni requieren verificación».

Vale la pena que traiga a colación un pequeño relato del escritor David Foster Wallace que aclara el concept: «Dos peces jóvenes nadan uno al lado del otro y se encuentran con un pez mayor que, nadando en dirección opuesta, les saluda con un gesto y les dice: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguen nadando un rato, luego uno mira al otro y pregunta: “¿Qué demonios es el agua?”». Así pues, el político consciente, parafraseando a Wallace, es aquel que se esfuerza por comprender qué es el agua, cómo varían los flujos a lo largo del tiempo, cómo se mueve la corriente y cuáles son las mejores soluciones para eliminar la turbulencia respetando las necesidades de todos. «Esto es agua» es el título de un libro del autor mencionado: debería ser el lema que todo político incluya en su agenda diaria, invitándolos, día tras día, a considerar la realidad en sus múltiples facetas y a no caer en las tentaciones del pensamiento simplista y los prejuicios que caracterizan al populismo y la demagogia, los cuales —hay que decirlo— contaminan, en mayor o menor medida, a todos los partidos políticos.

Es cierto que quizás nunca antes la política había necesitado redescubrir la profundidad de la cultura, y los políticos reconectar con los intelectuales: pero la demagogia y el populismo reinan, y los intelectuales, afortunadamente no todos, guardan silencio. Un interlocutor culto respondió hace algún tiempo afirmando que la tarea del intelectual es hacer bien su trabajo: tal vez, pero puede ser también un intento de evadirse de la realidad, un conformismo temeroso que conduce a la indiferencia. Andrea Camilleri (escritor, guionista, director y dramaturgo italiano), al respecto, sostiene que antes existía el compromiso, luego se pasó a la falta de compromiso, y ahora llegamos a un tercer nivel: la indiferencia. Esto es grave, pues la función del intelectual es participar y contribuir como ciudadano a la vida política. De hecho, explicar a los políticos en qué consiste el agua en la que todos nadamos.

Fuente consultada Artículo de Andrea Ghiringhelli. Periódico “La Regione”, Bellinzona, Cantón Zuizo, 2026.

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