jueves, julio 23, 2026

Beatriz Bragoni: Las «fake news» e intrigas políticas en los orígenes de la Argentina

A propósito del lanzamiento de su libro Conspiraciones, la prestigiosa historiadora Beatriz Bragoni visitó el piso de Café 617 y conversó con Gabriel Conte y Luis Ábrego sobre las trastiendas desconocidas de la Revolución. Desmitificando la mirada escolar, desentrañó cómo el gobierno de Pueyrredón, en alianza con San Martín u O’Higgins, combatió la propaganda opositora, aplicó la censura y apeló al concepto de «noticias falsas» para blindar el poder en un contexto de puras pasiones e intrigas.

Solemos concebir fenómenos como la desinformación, las maniobras de desprestigio y la censura de prensa como patologías exclusivas de nuestra convulsionada era digital. Sin embargo, la investigación histórica rigurosa demuestra que la disputa encarnizada por la opinión pública es tan antigua como la lucha misma por el poder político. En su más reciente obra, Conspiraciones. Noticias falsas y justicia revolucionaria en el origen de la Argentina (Edhasa), la historiadora e investigadora del CONICET Beatriz Bragoni abre una ventana fascinante hacia las trastiendas desconocidas del proceso independentista entre 1818 y 1820.

En un diálogo ameno y esclarecedor mantenido en el programa Café 617, Bragoni desmantela las visiones escolares y simplificadas de la historia patria. Lejos de la narrativa lineal de un frente unido contra la corona española, la autora demuestra cómo el gobierno directorial de Juan Martín de Pueyrredón, en estrecho pacto político y militar con José de San Martín y Bernardo O’Higgins, debió combatir una virulenta «guerra de plumas». Frente a panfletos opositores e imprentas clandestinas que denunciaban las negociaciones para coronar un rey Borbón o la inacción ante la invasión portuguesa en la Banda Oriental, la conducción revolucionaria apeló al destierro, el juicio militar implacable y el concepto explícito de combatir las «noticias falsas» para preservar el proyecto liberador.

Acabás de publicar un nuevo libro, Conspiraciones. Noticias falsas y justicia revolucionaria en el origen de la Argentina. Pareciera que abrís la puerta a un cruce desconocido, porque todos asociamos las fake news a la actualidad, pero resulta que ya existían en un momento decisivo de la conformación del país. ¿Cómo era esa dinámica?

-Exacto. Hay historias de muy largo plazo. Lo curioso en este libro, por lo menos lo que me interesó narrar, es cómo la política de propaganda oficial del gobierno de las Provincias Unidas —encabezado por Juan Martín de Pueyrredón, en una fuerte alianza política con Bernardo O’Higgins tras la cordillera y con José de San Martín como jefe indiscutido del Ejército de los Andes— fue azuzada y combatida por una proliferación de papeles públicos e imprentas opositoras.

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Esos panfletos e impugnaciones se centraban principalmente en dos grandes debates de la agenda política de ese entonces: por un lado, la discusión instalada en el círculo gubernamental entre adoptar la monarquía o la república para las Provincias Unidas del Río de la Plata; y por el otro, el cuestionamiento a cómo Pueyrredón había consentido o admitido la invasión de los portugueses en la Banda Oriental. La prensa opositora disparó contra esa política oficial y Pueyrredón respondió con la clausura de periódicos, la cancelación de la oposición que operaba en Buenos Aires y la expulsión de los editores y publicistas.

-Es impactante ver que el término «noticias falsas» figuraba literalmente en los documentos de la época…

-Quiero aclarar expresamente eso: el mismo Pueyrredón usa en sus escritos la expresión «noticias falsas». El título de mi libro no es una extrapolación caprichosa ni un artilugio oportunista del mercado actual. Ya en esa época se calificaban así: «Son noticias falsas». Esto demuestra ser un precursor directo de la puja actual por el poder.

El gobierno silencia y veta a la oposición en el espacio de las Provincias Unidas por una razón muy sencilla que también expresó el propio Director Supremo: lo que se producía y publicaba en Buenos Aires obtenía una repercusión enorme en la prensa chilena y peruana, se replicaba en retazos en periódicos norteamericanos y llegaba hasta Londres.

«El propio Pueyrredón usaba en la época la expresión ‘noticias falsas’. No es una extrapolación caprichosa del mercado actual; ya entonces el poder calificaba de ese modo a la propaganda opositora.» — Beatriz Bragoni.

-Había una verdadera globalización informativa sin redes sociales ni tecnología digital.

-Absolutamente. Había una circulación extraordinaria de papeles donde la comunicación política cumplía un rol crucial. Hay que ubicarse en el contexto internacional: tras la caída de Napoleón, en Europa la reacción absolutista se había hecho carne mediante la Restauración de los tronos monárquicos y la Santa Alianza. Era prioritario para las potencias europeas poner un freno a toda idea revolucionaria.

Los bastiones independientes del lejano sur que habían logrado sobrevivir necesitaban desesperadamente bloquear cualquier opinión refractaria o crítica que debilitara tanto las decisiones políticas de los gobiernos independientes como el desarrollo de la guerra de emancipación.

– Presumo que llegás a reconstruir todo este entramado subterráneo a partir de tus investigaciones previas sobre la figura de San Martín. ¿Cómo impactaban estas intrigas en el Gran Capitán?

-Tu presunción es totalmente acertada. San Martín es una pieza central en esta historia, así como lo fue en la biografía que le dediqué en 2019 y en la investigación previa que publiqué en 2012 sobre José Miguel Carrera. Para San Martín no era un tema menor el conflicto que se desató con los hermanos Carrera a partir de su llegada a Mendoza como Gobernador Intendente de Cuyo en septiembre de 1814.

En octubre de ese año ocurre la derrota de la revolución chilena en Rancagua y esto dispara un gran éxodo político hacia Mendoza. La ciudad se convierte en el refugio de una emigración dividida entre dos liderazgos rivales: el de José Miguel Carrera, mucho más popular, radicalizado y enlazado con el cónsul norteamericano Joel Roberts Poinsett en un claro perfil republicano; y el de Bernardo O’Higgins, más moderado, comprometido con la independencia pero cuestionado por haber firmado el Tratado de Lircay con los realistas. Esas fracturas marcaron a fuego la política de la región.

-Resulta fascinante este enfoque porque la historia escolar tiende a simplificar la figura de San Martín reduciéndolo al jefe militar incorruptible que liberó tres países, omitiendo el espesor de la lucha política interior.

-Claro. La versión simplificada de las revoluciones de independencia en el sentido común hereda gran parte de la narrativa de Bartolomé Mitre: una trayectoria ascendente, heroica y sin obstáculos donde batallas ganadas van marcando el camino hacia una meta predeterminada. Sin embargo, lo que este libro pone en evidencia es la disputa feroz en el corazón mismo del poder revolucionario del sur.

No se trataba de una simple pugna entre patriotas e hispanistas realistas; había diferencias profundas, disputas de ideas sobre cómo organizar el poder, tensiones entre republicanismo y monarquismo, y alianzas geopolíticas extremadamente complejas.

-¿Cómo funcionaba la «opinión pública» en una sociedad abrumadoramente analfabeta? ¿Cómo circulaban estas noticias e ideas?

-Es una gran pregunta. Primero hay que entender que la «opinión pública» de entonces no es la de hoy, que presupone pluralidad de voces en debate. En el siglo XIX se concebía la opinión pública como un bloque uniforme que debía dar legitimidad al nuevo poder frente a la anarquía o el absolutismo. Por eso los líderes tenían obsesión por controlar que no hubiera fisuras.

En una población abrumadoramente analfabeta, los periódicos y folletos no se leían individualmente en silencio: se difundían en conversaciones colectivas, se leían en voz alta en los atrios de las iglesias y en las pulperías. Además, el mensaje se transmitía a través de sermones de curas patriotas que promovían el «sagrado sistema de la libertad», y mediante expresiones populares como la poesía, las décimas y cantos con contenido político y antimonárquico.

– Esta censura ejercida por Pueyrredón y la dirección política, ¿contó con el aval de San Martín? ¿Hasta dónde llegó esa intransigencia judicial?

-Hubo una solidaridad completa entre San Martín, Pueyrredón y O’Higgins. En la correspondencia privada entre ellos se observa un seguimiento obsesivo de los conspiradores: se alertaban constantemente diciéndose «ojo que nos están operando». Esta preocupación derivó en medidas políticas y judiciales extremas.

No fue solo una «guerra de papeles»; tuvo una traducción penal tremenda. El escenario lo vemos en Mendoza en 1818 con el fusilamiento de los hermanos Luis y Juan José Carrera, y en Buenos Aires en 1819 con el juzgamiento y fusilamiento militar de ex-oficiales napoleónicos franceses. Estos últimos habían editado El Independiente del Sur (el primer periódico bilingüe de la región) y cometieron el «delito» de revelar un secreto de Estado: las gestiones secretas del Congreso para buscar un rey Borbón en Europa. La divulgación de esa información aceleró la aplicación implacable de la justicia revolucionaria.

– Tu libro se lee casi como un thriller o una novela policial de intriga política al estilo House of Cards. ¿Buscaste deliberadamente este tono narrativo?

 Totalmente. La idea de escribir un libro específico sobre este período (1818–1820) estuvo guiada por la intención de narrarlo no de forma fría o académica, sino como un verdadero policial de época, a fin de mejorar la divulgación y conectar con el lector.

Es el juego puro del poder en un contexto de cambio de régimen trascendental: pasar de un sistema centrado en la soberanía divina del Rey a un esquema inédito basado en la soberanía popular. Ese grado de invención política y de riesgo constante atravesado por pasiones e intrigas es sencillamente fascinante.

-Finalmente, ¿qué desafío representa para una historiadora profesional escribir para el gran público sin perder el rigor científico?

-Como siempre me señala Fernando Fagnani, director editorial de Edhasa, escribir historia para el gran público no significa banalizar ni simplificar el pasado. Implica poner el trabajo minucioso de archivo, la crítica documental y el conocimiento del período al servicio de la cultura histórica de la comunidad. Se trata de leer entre líneas el pasado para rescatar la complejidad de la condición humana y comunicarla con la mayor fuerza narrativa posible.

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