Epstein, Chomsky, Trump, Delcy Rodríguez, Maduro. ¿Qué está pasando? ¿Qué va a pasar? ¿Lo estás pensando? Que se vayan todos.
Hay una serie de datos en torno al universo creado por Jeffrey Epstein en una isla en donde aparentemente todo era válido, que se suman a la falta de brújula en la que se mueven los asuntos geopolíticos y a la traición que sienten muchos idealistas por parte de sus ideólogos. Es un cambio de época. Otros le llaman «nuevo orden». También están los que niegan todo y prefieren seguir en sus sofás analizándolo todo con las herramientas con las que antes, cuando era joven, ganaba las discusiones.
Pero definitivamente se vive un momento de confusión. Al pequeño listado provocativo anterior hay que agregarle que cuesta identificar qué es verdad y qué no. Nada menos. Pasamos de las grandes discusiones en torno a lo que se conoció como «posverdades», a directamente estar alertas ante las que no son otra cosas de mentiras, sin vueltas ni pseudónimos ni frases atenuantes ni nombres de fantasía.
Donald Trump es Donald Trump, al menos. Bravucón y autócrata. Y parece no importarle que su accionar le esté trayendo derrotas en las elecciones en lugares en los que todo indicaba que debía ganar. Es que no parece importarle el sistema electoral. Está en otra cosa. A tal punto que desde el otro lado del mundo, el expresiente ruso Dmitri Medvédev, hombre de Vladimir Putin, aceptó recientemente que Trump es su ídolo.
Mientras tanto, quedan en evidencia a todos los falsos demócratas, los que movilizaban en contra de los «monstruos», ahora descubiertos como tales. El lingüista que fue ícono del marxismo Noam Chomsky es uno de ellos y quien ha sido descubierto no solo como un gran amigo del megadelincuente Epstein, agradecido de los favores recibidos, sino como un hombre de diálogo con el ex estratega de la Casa Blanca Steve Bannon, un ultraderechista y operador capaz de reprender a Trump por salirse del extremismo de su posrepublicano movimiento MAGA («Make America Great Again”, «Hacer a América Grande de Nuevo»).
El «perro» que más le ladró y mostró sus dientes al presidente estadounidense, el presidente colombiano Gustavo Petro, le movió la colita apenas se abrió el canil. Lo fue a visitar a la Casa Blanca en donde fue hasta despreciado y tratado como una mascota. Fuer al pie. Recién cuando salió, volvió a ladrar, como para mantener a su grupito contento con su presunta valentía.
Nadie es quien creíamos que era.
Los chavistas que acompañaban la dictadura de Nicolás Maduro ahora sostienen una especie de virreinato trumpista. Hasta el periodista y activista Ignacio Ramonet es mirado de reojo, ya que justo días despues de que hiciera una videonota con el exdictador, mostrando su búnker (y sus alardes en torno a la inviolabilidad) y su vehiculo, con la patente identificatoria incluida, lo pillaron los militares de élite de EEUU.
Los Clinton y hasta el Dalai Lama -sin hablar de algunos argentinos y de muchos otros «buenazos» del mundo progre, y no tanto- aparecen en las listas de favorecidos por el megadelincuente que se suicidó en la cárcel tras ser acusado de tráfico de niñas para «uso» sexual, junto a los grandes dueños de los resortes del poder del mundo desde el ámbito privado, como Elon Musk o Bill Gates.
Alguien me recordó una serie de notas que hice hace algunos años con Aviva Chomsky, hija del hoy defenestrado ídolo de la izquierda universitaria, pero no por ello descalificable, en las que daba cuenta de la persecución de los gobiernos de Clinton y Obama, tildados de «progresistas», a los inmigrantes. Llegó a dar cifras récord. Claro, en aquellos tiempos separaban niños latinos de sus familias, igual que ahora, pero sin montar un «show de la violencia», uno de los elementos de la propaganda de Trump que generan un flashback de la Gestapo nazi. Pero es lo mismo, con estética diferente.
¿No es un momento para que «se vayan todos», como se clamó en la Argentina del 2001 en medio del golpe contra Fernando de la Rúa? Por cierto, si de eso se tratara y la desilusión del mundo con sus referentes se consolidara como sentimiento político y social, hay que recordar en qué termino aquello aquí: no se fue nadie, se reciclaron. Triunfó el espíritu de la obra de Giuseppe Tomasi di Lampedusa en «Il Gatopardo»: «Cambiar algo para que no cambie nada». Y todo siga igual.
¿Qué está pasando? ¿Qué va a pasar? ¿Lo estás pensando?
