APORTES PARA EL DEBATE. Un complejo hilo de Lara Goyburu, directora ejecutiva de la consultora Management & Fit, que representa un aporte en perspectiva, por fuera de los gritos de los extremos.
En X/Twitter hay de todo. Más de lo malo que de lo bueno, pero entre esto último, se pueden rescatar aportes interesantes que, se coincida o no con ellos, son puntas serias para una disución, una mirada en perspectiva sobre la realidad actual o una provocación sin estridencias para descubrir y discutir con fundamentos.
Uno de esos hilos de X/Twiter jugosos lo aportó Lara Goyburu. Es la directora ejecutiva de la consultora Management & Fit. De acuerdo con su Bio en Cippec, es: «Magíster en Ciencia Política por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) y Licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA), realizando el Doctorado en Ciencias Sociales (UBA). Docente e investigadora en UBA, UTDT y UNSAM. Sus áreas de investigación y publicaciones se concentran en temas vinculados a la gobernanza y responsabilidad corporativa, la planificación estratégica participativa, y las relaciones de coordinación intergubernamental. Desde el año 2004 ha trabajado como consultora e investigadora para la CEPAL, la OIT y el PNUD, así como para organismos gubernamentales nacionales y ONGs nacionales e internacionales».
A raíz de un nuevo planteo en el Congreso de actualización de la legislación laboral, ofreció un recorrido en 13 posteos que aquí simplificamos en torno a la relación de la CGT con Perón, tema sobre el que cada peronista tiene su teoría y conclusión, generalmente diferente.
Abajo, el aporte de Goyburu (tetual), para el debate:
En marzo de ’55, Perón reunió en una misma mesa a la CGT y a los empresarios para resolver el problema más urgente de Argentina.
El resultado fue un fracaso.
La academia lo estudió con profundidad. El debate público lo retoma poco y de forma fragmentaria
Contexto: entre ’46 y ’51 el peronismo redistribuyó ingresos de manera sostenida.
Salarios reales subieron ~40%. El consumo se expandió.
Pero en ’52 llegó la factura: reservas agotadas, balanza en rojo, sequía.
El modelo de consumo ya no alcanzaba.
Perón lo procesó antes que su coalición.
Cambió el eje: de «distribuir» a «producir más».
El Plan Quinquenal del ’53 ya no priorizaba redistribución. Hablaba de inversión privada, productividad, ahorro.
Otro modelo; los mismos actores. Ese era el problema.
Para implementarlo necesitaba que empresarios y sindicatos acordaran cómo asumir el costo de la transición.
En marzo de ’55 convocó el Congreso de la Productividad y el Bienestar Social.
La apuesta más exigente de su segundo gobierno.
10 días.
Sin resoluciones concretas.
La posición empresaria fue ofensiva: Salarios atados a productividad individual, negociación por empresa, no por rama, reducir poder de comisiones internas.
Querían revisar lo construido desde el ’45, con la crisis como argumento.
La CGT tampoco estuvo a la altura.
Devolver cada demanda patronal como problema de gestión empresaria fue hábil en lo táctico.
¿Ausentismo? Mejoren condiciones de trabajo. ¿Baja productividad? Inviertan en maquinaria.
Correcto tácticamente, pero insuficiente como programa.
Este Congreso expuso una parálisis estructural.
Ni el capital ni el trabajo estaban dispuestos a asumir el costo de la reconversión que el propio modelo distributivo había vuelto inevitable.
Perón intentó arbitrar. Quedó expuesto: no podía mover ninguna de las dos piezas.
Ahí está el nudo que la historiografía documenta pero el debate público suele omitir.
El fracaso convenció a sectores del capital de que Perón ya no era funcional a sus intereses.
El golpe del ’55 tuvo también esa dimensión.
La historiografía tambien documenta que la intransigencia sindical fue un obstáculo para la reorientación (Doyon, 2006).
No porque la CGT apoyara el golpe, que no lo hizo, sino porque dejó a Perón sin capacidad de arbitraje.
El capital sacó sus propias conclusiones.
Antes de trazar el paralelo con hoy, una advertencia: la historia es herramienta analítica, no receta.
Los contextos importan: régimen político, inserción internacional, estructura productiva.
Lo que el pasado habilita es hacer mejores preguntas. No anticipar desenlaces.
Setenta años después, Argentina vuelve a una mesa conocida.
El gobierno aprueba la reforma con concesiones a los gremios. La CGT convoca un paro mientras negocia tras bambalinas.
El paralelismo estructural con el ’55 no requiere forzar la analogía.
La diferencia con el ’55: hoy no hay árbitro buscando acuerdo colectivo.
El Estado impulsa la reforma por ley. La CGT y el trabajo se divide entre quienes negocian y rechazan.
La pregunta sigue sin respuesta ¿Quién financia la acumulación necesaria para sostener el consumo?
En el ’55 ninguno de los actores tenía respuesta. O no estaba dispuesto a darla.
El costo lo pagó la democracia.
La historia no se repite, pero a veces hace preguntas con una precisión que incomoda.
