COLUMNISTAS INVITADOS. A propósito del Día del Sociólogo/a en Argentina, una profunda reflexión de Néstor Navarro sobre la urgencia de desnaturalizar las certezas del poder, resistir la tentación de la indiferencia y reivindicar una disciplina cuya mayor virtud científica es, precisamente, tensionar el debate público.
Cada 1 de junio, la agenda pública en Argentina suele verse inundada de efemérides que invitan más a la celebración protocolar que a la interpelación profunda.
Sin embargo, en un escenario contemporáneo signado por el avance de discursos negacionistas, políticas que profundizan la desigualdad y el uso del miedo como herramienta de control social, el Día del Sociólogo/a se convierte en una trinchera intelectual obligatoria.
Lejos de la neutralidad descriptiva o de la comodidad de la academia aislada, la sociología se revela hoy, más que nunca, como una práctica intrínsecamente ética y política. En la siguiente columna, el Mgter. Néstor Navarro nos propone recuperar la vocación crítica de los fundadores de la disciplina para recordar que comprender los mecanismos del poder no es un acto complaciente, sino el primer paso indispensable para transformar una realidad fragmentada.
La columna completa de Néstor Navarro
Sociología en tiempos de miedo: incomodar para comprender, comprender para transformar
Cada 1 de junio, en Argentina, se celebra el Día del Sociólogo/a. Sin embargo, más que una efeméride, esta fecha invita a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué significa ser sociólogo/a en un tiempo atravesado por discursos del miedo, el avance del negacionismo y políticas económicas que profundizan la desigualdad social?
Lejos de ser una disciplina neutra o meramente descriptiva, la sociología nace con una vocación crítica. Desde sus orígenes en las obras de Marx, Durkheim y Weber, su propósito ha sido comprender las estructuras sociales y, al hacerlo, poner en cuestión aquello que aparece como natural o inevitable. En palabras de Pierre Bourdieu, “la sociología es como un deporte de combate: se utiliza para defenderse” (citado en Oybin, 2013). Esta idea resulta particularmente vigente en contextos donde el sentido común es moldeado por narrativas que legitiman la exclusión y la desigualdad.
Hoy asistimos a la proliferación de discursos que apelan al miedo como forma de control social: miedo al otro, al diferente, al pobre, al migrante. Estos discursos no solo simplifican la complejidad de lo social, sino que además habilitan políticas que incrementan la vulnerabilidad y la fragmentación. En este escenario, el rol del sociólogo/a no es adaptarse al clima de época, sino, precisamente, tensionarlo.
Como señala Javier Auyero, la sociología es cuestionada cuando incomoda, when pone en evidencia “las estructuras de dominación” y analiza “el origen y la dinámica de la desigualdad” (Oybin, 2013). Esta incomodidad no es un defecto, sino su mayor virtud. La sociología no habla desde el poder, sino sobre el poder, y en ese gesto reside su potencia transformadora.
Bernard Lahire advierte que pedirle a la sociología que “sirva para algo” puede ser, en realidad, una forma de exigirle que sirva al poder (Oybin, 2013). Su función científica es, antes que nada, comprender el mundo social, comenzando por los mecanismos que sostienen las relaciones de poder. Y comprender nunca es un acto neutral: implica desnaturalizar, cuestionar y, muchas veces, incomodar.
En un contexto donde se relativizan hechos históricos, se niegan desigualdades estructurales y se promueve una lógica individualista que responsabiliza a los sujetos por condiciones que son sociales, el trabajo sociológico adquiere una relevancia particular. No se trata solo de producir conocimiento, sino de intervenir en el debate público, de aportar herramientas para pensar críticamente la realidad.
En este sentido, François Dubet recuerda que el sociólogo “está en la sociedad, no al lado ni por encima” (Dubet, 2012). Esta afirmación es clave: no hay exterioridad posible. El compromiso del sociólogo/a no es una elección secundaria, sino una condición inherente a su práctica. Observar, analizar, entrevistar, enseñar: todas estas acciones están atravesadas por una responsabilidad ética y política.
Ser sociólogo/a hoy implica, entonces, resistir la tentación de la indiferencia. Implica sostener la pregunta allí donde se busca imponer certezas, visibilizar lo que se quiere ocultar, y contribuir a la construcción de una sociedad más justa. En tiempos donde se pretende clausurar el conflicto bajo la retórica del orden, la sociología recuerda que no hay orden sin desigualdad que lo sustente.
Celebrar el Día del Sociólogo/a no es, por tanto, un acto de autocomplacencia, sino una reafirmación del compromiso con una disciplina que, cuando cumple su función, incomoda. Y justamente por eso, es imprescindible.
Referencias
- Dubet, F. (2012). ¿Para qué sirve realmente un sociólogo? Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
- Oybin, M. (2013. 21 de mayo). ¿Para qué sirve la sociología? Revista Ñ, Clarín.
Mgter. Néstor W. Navarro Profesor de Sociología carrera de Historia y de Sociología de la Educación de la carrera de Ciencias de la Educación en la Facultad de Filosofía y Letras. UNCUYO
