viernes, mayo 29, 2026

El espejismo de la sotana rebelde: por qué la Iglesia no es una aliada del progreso

COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Hugo Estrella Tampieri. Tras los duros cuestionamientos de monseñor García Cuerva en el Te Deum, el autor advierte sobre el peligro del wishful thinking en la oposición. Un recorrido histórico que demuestra que el catolicismo no busca la movilidad social ni la democracia liberal, sino preservar su propio espacio de poder y negociación.

En ciertos sectores de la oposición al actual gobierno conservador y neoliberal, las duras palabras del arzobispo Jorge Ignacio García Cuerva durante el Te Deum del 25 de mayo fueron recibidas con una euforia desmedida. Sin embargo, quienes celebran estos cuestionamientos sociales como un guiño hacia un frente democrático y progresista parecen olvidar la histórica y pragmática gimnasia política de la Iglesia Católica en la Argentina. Confundir los deseos con la realidad es un error peligroso; la institución eclesiástica se acomoda según los vientos del poder, reaccionando no por un compromiso con la transformación social, sino en defensa de sus propios intereses de gestión y de sus tradicionales cajas de asistencia.

Un repaso por las últimas décadas evidencia que el discurso católico sobre la pobreza varía según su sintonía con el sillón de Rivadavia. Desde su rol de aliada mimada durante el menemismo —cuando el asistencialismo de Cáritas callaba las alarmas del ajuste— hasta sus ataques enfocados en la «agenda moral» durante el kirchnerismo, la Iglesia ha demostrado que la pobreza le preocupa tanto como su capacidad de tutoría social. La Doctrina Social de la Iglesia, nacida con la encíclica Rerum Novarum en el siglo XIX, nunca buscó la movilidad social ascendente ni la emancipación de los trabajadores, sino contener el avance de las ideas socialistas y mantener una sociedad estratificada bajo su mediación. Las críticas actuales, por lo tanto, responden más a una disputa interna de la derecha o a la necesidad de recuperar fondos públicos para contener la miseria, que a un verdadero deseo de sepultar el modelo de concentración económica de Javier Milei.

Este bloque quedó listo para ser publicado justo antes del texto principal («He leído y compartido conversaciones…«). Captura perfectamente la tesis de Hugo Estrella de que la Iglesia, en materia social, funciona como un reloj roto: da la hora exacta solo dos veces al día.

La columna completa de Hugo Estrella Tampieri

Las críticas de la Iglesia: es necesario moderar el entusiasmo

He leído y compartido conversaciones en las que, entre ambientes y personalidades opositoras al actual gobierno conservador y neoliberal, se exulta ante las duras críticas manifestadas por el cura Garcia Cuerva en ocasión del Te Deum del 25 de mayo próximo pasado.

Por principio escéptico ante los dichos de una parte siempre activa en la política nacional, como la Iglesia, creo que es preciso moderar el entusiasmo y no dejarse llevar por lo que los psicólogos sociales llaman wishful thinking es decir, confundir los deseos con la realidad.

Que la Iglesia Católica se exprese sobre las desigualdades sociales, o mejor dicho, sobre la pobreza, sobre la desprotección de los sectores más vulnerables y achaque responsabilidades al sistema injusto, sea internacional, o financiero, o al gobierno, depende de la posición de la propia Iglesia respecto a su ubicación política.

En épocas menemistas, cuando era la mimada del Gobierno nacional se abroquelaba alrededor del gobierno, que practicaba las mismas políticas económicas de hoy, con mayores males sociales, y trataba de Cachivache y de comunistas a los opositores. Entonces Caritas era la caja de gestión de los fondos públicos destinados a los pobres, y todo estaba bien. En épocas de gobiernos K, cuando había multiplicidad de planes sociales y multiplicidad de ventanillas que conocemos, a la Iglesia no le preocupaba tanto la pobreza, que era creciente, cuanto el Estado Ético, y descerrajaba sus ataques contra el gobierno en oposición a matrimonio igualitario, supuesta ideologia de genero, interrupción voluntaria del embarazo, etc. aunque con menor exaltación justiciera respecto de la corrupción rampante, sobre todo a medida que se hacían frecuentes los viajes de Cristina Kirchner y Milagro Sala, supuestamente con millones a depositar en la banca off shore vaticana.

Por no hablar de la época alfonsinista, cuando el viejo líder tuvo que subir al púlpito a contestar acusaciones de la más flagrante injusticia, y soportó hasta los llamados golpistas que se hacían entre inciensos y casullas.

Iglesia, pobreza y democracia Que la Iglesia hable de los pobres, es un clásico, un folklore se podría decir.

Que la iglesia combata la pobreza, ya es otra historia. A lo sumo acude a los más necesitados con paliativos, pero aborrece de la movilidad social, a la que considera una perversión de la Ciudad de Dios.

Y por último, que la Iglesia defienda la Democracia Liberal o prohije la Democracia Social, es directamente política ficción.

Cuando las injusticias de la distribución de la riqueza hacian intolerable la vida, y la explotación de los trabajadores era aberrante, fue el periodo en que florecieron los movimientos socialistas, obreristas, utópicos o científicos, según el punto de vista de quien los criticaba. De los Saintsimonianos, a los laboristas, a los socialistas, comunistas, los aguerridos anarquistas, los nihilistas y demás jalones del movimiento obrero, que dieron lugar mediante su articulación a las sucesivas Primera, Segunda, Tercera y Cuarta Internacional de los Trabajadores. Y fueron articulandose con la política que fue incorporando principios de protección y promoción de los trabajadores, de sus derechos y su inclusión en la ciudadanía. La Tercera República francesa fue un modelo inicial de incorporación de esos principios, de necesaria secularización para poder hacerlos valer, y en la Argentina se realizó de modo paralelo, a través de las presidencias radicales, y del hito de la elección en la Boca de Alfredo Palacios, Primer Diputado Socialista de América.

Las bases trabajadoras huían en masa de la Iglesia católica, abrazada y representante de terratenientes y burgueses. Fue entonces que el predecesor intelectual del actual Papa Prevost, Leon XIII, decidió hacer algo para contener dentro de la Iglesia a tantos fieles desprotegidos, y pergeño la famosa Enciclica Rerum Novarum, o de las cosas nuevas fundando la llamada Doctrina Social de la Iglesia.

Tal doctrina expresaba preocupación por los más desposeídos, y revisaba la tradición eclesiástica respecto de los trabajadores. Como había hecho con los campesinos, masa de pobres de épocas preindustriales, a los que prefirió ubicar en condición de Siervos de la Gleba antes que esclavos, poniéndolos bajo la tutela del Señor feudal, por voluntad de Dios.

Con Leon XIII se revoluciona, siendo generosos, ese concepto, llamando a la armonía entre capitalistas y burgueses, con la Iglesia como mediadora, a fin de evitar lucha de clases y confrontaciones violentas que no sólo amenazaban, sino que ya habían explotado en diversos puntos del planeta, cambiando el sistema y barriendo los explotadores junto con la iglesia de los centros de poder político. La caída de Napoleon III la sangrienta represión de la Comuna de Paris, la unificación de Italia con el fin del Papa rey en 1870, y ese fantasma revolucionario que recorría Europa en palabras de Carlos Marx, hacía temblar los cimientos sociales del catolicismo, que ya había perdido los político/imperiales frente a la revolución liberal democrática. Democracia liberal que la Iglesia aborrecía, y aborrece, y a la que se acomodaba a disgusto con su Democracia Cristiana, a la que descarta cuando puede actuar directamente.

Y así llegamos a Garcia Cuerva, el bendecido de Bergoglio. Papa Bergoglio nunca digirió la democracia social, su ADN peronista era claramente enemigo de un Estado o de sistemas que promueven el cambio social. Que quien nace en una clase pueda transformarse por mérito y educación, en miembro de otra clase, con un cambio cultural y de aspiraciones es incompatible con la sociedad ideal del catolicismo, a pesar de lo que los fieles quieran o crean. La Iglesia, como dije, nunca fue partidaria de la movilidad social ascendente, ya que considera su Corpus, su filosofía, es la de la estratificación.

Por eso es más posible que las palabras de Garcia Cuerva estén dirigidas más en apoyo de un quiebre al interior de la derecha de gobierno, o a negociar una recuperación del propio espacio en la gestión de los fondos públicos para atajar la miseria, que a un apoyo a una sustitución de la desfachatada política de concentración económica y financiera de Milei.

Mucho más posible es que la Iglesia esté reflotando al Movimiento Evita, o pidiendo plata para Caritas, y no decantando apoyos para Kiciloff y un frente democratico progresista en torno al gobernador bonaerense enfrentado a Milei y su banda.

Quien puede ver a la Iglesia apoyando a un judio izquierdoso invitado en el Peronismo, resistido por CFK y detestado por el verdadero peronista ultramontano, conservador y patriotero a la Insfran, no conoce a la Iglesia, no conoce al Peronismo y cree en una Argentina que no existe. En materia social, la Iglesia es como un reloj roto. Da la hora exacta, dos veces por día.

Hugo Estrella Tampieri, Director Ejecutivo Asociacion Deodoro Roca y director de Alianza Atea Internacional

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