viernes, mayo 29, 2026

El aula no es un comité: la urgencia de blindar la autonomía universitaria

COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Roberto Battiston. Frente a los intentos de los partidos políticos de cooptar los rectorados aprovechando el caudal electoral interno, el autor analiza el fenómeno en la UNCUYO y plantea una demanda colectiva que crece en los claustros: rescatar la gestión académica de las lógicas externas de acumulación de poder.

El debate sobre la injerencia de las estructuras partidarias provinciales y nacionales en la vida interna de las universidades públicas argentinas ha cobrado una vigencia crucial. A partir de la experiencia en la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) tras la implementación de la elección directa, el ingeniero Roberto Battiston pone el foco sobre un fenómeno tan sutil como peligroso: la tentación de los oficialismos y oposiciones de turno de colonizar un padrón de más de 50.000 votantes. Esta sorda disputa por el control institucional no solo amenaza con desvirtuar los procesos democráticos internos, sino que pone en jaque la esencia misma de la educación superior.

Lejos de oponerse a la sana discusión ideológica, el artículo traza una línea divisoria fundamental entre la política universitaria —aquella orientada a la excelencia, el bienestar estudiantil y la dignificación docente— y la subordinación a lógicas ajenas al interés académico. En un contexto donde la comunidad universitaria empieza a mirar con desprecio los padrinazgos externos, Battiston advierte que la verdadera recuperación del prestigio y la credibilidad institucional depende de la capacidad de los claustros para exigir una independencia real. Se trata, en definitiva, de un llamado a defender la libertad de pensamiento frente a los condicionamientos del poder político.

La nota completa de Roberto Battiston

La Universidad y la tentación de la política partidaria

En la Universidad Nacional de Cuyo, desde la instauración de la elección directa de autoridades, ha emergido un fenómeno que no debería pasar inadvertido: la reiterada pretensión de sectores políticos partidarios de influir, apoyar o referenciar candidatos al rectorado. Más de 50.000 votantes es un número muy apetecible.

No resulta extraño observar cómo distintas fórmulas aparecen, explícita o implícitamente, vinculadas a espacios partidarios provinciales, oficialista u opositor. Esto, por supuesto, no constituye una irregularidad en sí misma ni invalida trayectorias personales, pero sí abre un debate necesario sobre los límites entre la legítima participación política y la imprescindible independencia universitaria. La ciudadanía universitaria parece haber comenzado a comprender algo fundamental: cuando la universidad queda excesivamente atravesada por intereses partidarios, corre el riesgo de perder aquello que le da sentido: su autonomía intelectual y de gestión.

La universidad es, por esencia, un espacio político en el sentido más noble del término: discusión de ideas, construcción de consensos, defensa del bien común. Pero una cosa es la política universitaria y otra muy distinta es la subordinación a estructuras partidarias externas, muchas veces atravesadas por lógicas de acumulación de poder ajenas al interés académico.

Por ello, hoy emerge con fuerza una demanda que atraviesa distintos claustros: independencia. Independencia de los partidos, de los alineamientos externos y de las presiones sectoriales. Independencia para pensar la universidad desde sus propios desafíos: la calidad académica, el deterioro salarial de docentes y no docentes, la retención de recursos humanos altamente formados, el fortalecimiento de sistemas de bienestar universitario y la recuperación del prestigio institucional.

No es casual que estos candidatos procuren minimizar o incluso invisibilizar determinados respaldos políticos. Comprenden que la comunidad universitaria observa con creciente desprecio cualquier señal de dependencia externa.

La sociedad ha cambiado, y también la universidad. En una inevitable segunda vuelta, estos espacios se votarían entre sí en caso de quedar afuera de la misma., aunque no haya un contrato explícito.

Quizás haya llegado el tiempo de preguntarnos, con honestidad intelectual, si queremos autoridades universitarias condicionadas por respaldos partidarios externos o una universidad capaz de recuperar plenamente su autonomía, su credibilidad y su misión transformadora. La universidad no se construye desde la dependencia.

Se construye desde la libertad del pensamiento plural.

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