Un artículo que se enfoca en el peligro de creer que con armas de fuego en la casa las familias pueden defenderse de peligros externos, cuando en muchos casos terminan ocasionando tragedias dentro y fuera de la casa.
El temor a ser víctima de un delito se ha tornado, en los últimos años, en Latinoamérica, en una situación de pánico colectivo. La desigualdad entre habitantes de un mismo lugar, por razones económicas fundamentalmente, ha permitido que los más adinerados se encierren en barrios exclusivos, se rodeen de ejércitos privados y, con escaso, si no nulo, control, expulsen a los desconocidos, sucios, feos y presumiblemente malos hacia fuera del sistema.
Abajo, allí abajo, adonde se cae cuando no hay red, en tanto, se empezaron a entretejer nuevas reglas para sobrevivir con poco o nada en los bolsillos. Esas nuevas condiciones se fueron transformando de a poco en nuevas leyes no escritas.
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Violencia arriba, violencia abajo. Con este panorama, la convivencia —o su construcción diaria para poder existir como sociedad— ha ido quedando en manos ajenas: los medios de comunicación, las fuerzas de seguridad, los intereses económicos.
Pánico
La inseguridad o ausencia de seguridad es la principal demanda de los habitantes de diferentes condiciones sociales en muchos de los países latinoamericanos.
La percepción de inseguridad total es un fenómeno que hasta hace poco era urbano, pero, frente a políticas de represión del delito que se van multiplicando, se ha trasladado, al menos en el caso argentino, hacia sus famosos campos.
Como consecuencia, muchos decidieron armarse, sabiendo o no que eso implica, necesariamente, tener en su agenda de vida la posibilidad de quitarle la vida a otro: una forma instantánea de justicia, de satisfacción morbosa y cruel de la ansiedad de estar seguro.
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Otros se encerraron en sus viviendas, olvidándose de participar en la vida que los circunda. Hay quienes optaron por hacerle frente participando activamente en políticas que recrearan, por caso, la solidaridad vecinal. Están aquellos que impulsaron la imitación local o nacional de múltiples modelos de acción, casi siempre sin éxito, como los de mano dura y tolerancia cero.
En el lecho
Aquellos que se armaron duermen con el enemigo. Lo primero que debe señalarse para poder afirmar esto con contundencia es que esas armas domésticas son las verdaderas armas de destrucción masiva.
Así lo denuncian las organizaciones Amnistía Internacional, Intermón Oxfam y la Red Mundial de Acción contra las Armas de Fuego (IANSA, en su sigla en inglés). Han dicho que cada año estas armas matan, en promedio, a más de medio millón de hombres, mujeres y niños en todo el mundo.
En su informe Vidas destrozadas (www.armasbajocontrol.org) señalaron que, además de los que mueren, miles de personas más quedan mutiladas por su utilización.
Martín Appiolaza, en su texto Niños y armas, víctimas y victimarios, señaló que a Latinoamérica la violencia —mayoritariamente ejercida con armas— le cuesta cada año el 14 por ciento de su producto interno bruto.
A diario pueden leerse en la prensa, escucharse en la radio, verse en televisión o en Internet casos de “errores” en el uso de armas: hijos, vecinos que caen bajo el fuego amigo. Porque había pánico, un arma a mano para ser usada y poco tiempo para pensar en qué hacer.
Hay respuestas a cada una de las dudas que ponen sobre el tapete estos inconscientes defensores del statu quo de la inseguridad:
Los planes de recolección y destrucción de armas de la población civil sacan de circulación armas que, de otro modo, caerían en manos de la delincuencia, por hurto, pérdida o venta al mercado negro.
El desarme debe ir acompañado de medidas estatales de mayor control.
La destrucción de stocks ociosos de los depósitos judiciales es importante: hay una teoría que sostiene que cada día parece demostrarse que armas bajo custodia oficial “se filtran”, ya sea hacia “honorables señores” o a “despreciables delincuentes”. Esta es una de las fuentes del tráfico ilegal.
Garantizar seguridad a los habitantes desde el Estado, con fuerzas policiales honestas y capacitadas.
Y concientizar a la sociedad en torno del peligro que implica tener un arma en casa. A los medios de comunicación les fascina preguntarles sobre esto a vendedores de armas y tiradores profesionales: que les pregunten a las víctimas qué opinan.
Al alcance de su mano
La tragedia de Carmen de Patagones ocurrida en Argentina mereció toda la solidaridad con los familiares y amigos de las víctimas y con la comunidad educativa. Y una reflexión profunda en torno de la proliferación de armas de fuego.
En este, como en casos cotidianos de menor impacto pero igualmente trágicos, había un arma al alcance de la mano de quien ejecutó los disparos.
Sin entrar en el análisis de las causas —cosa en la que seguramente deberán intervenir profesionales de la salud—, debe señalarse que el caso, además de un profundo dolor, nos deja como materias para pensar: la facilidad con la que se accede a las armas de fuego más comunes y la necesidad de controles más estrictos en la formación del personal estatal y privado que requiere armas para realizar su trabajo.
Las armas de fuego solo son útiles para matar, por lo que tenerlas en el hogar, al alcance de la mano ante un problema, representa necesariamente tener en la agenda de vida la posibilidad de matar, herir o autoagredirse.
