viernes, mayo 29, 2026

Contate un cuento: El laberinto de hierro y tiempo: un encuentro con los ecos del alma

COLUMNISTAS INVITADOS. A través de una atmósfera invernal y suspendida, Antonio Romeo nos sumerge en un relato donde la identidad se fragmenta y los recuerdos se confunden. Una meditación profunda sobre el dolor, el destino y las múltiples versiones de nosotros mismos que habitan en la soledad.

En «La pérgola», Antonio Romeo construye un relato de corte existencialista donde el espacio público se transforma en un escenario íntimo y fantasmal. A través de una prosa despojada pero cargada de lirismo, el autor nos introduce en una plaza vacía y congelada en el tiempo, donde tres personajes sin nombre se convierten en los hilos de una misma trama humana. Lo que comienza como un encuentro fortuito entre desconocidos bajo una vieja estructura oxidada, deviene rápidamente en un juego de espejos psicológico donde los límites de la individualidad se diluyen bajo el peso de la memoria compartida.

La genialidad de la pieza radica en su capacidad para materializar la melancolía y el misterio a través de la atmósfera. La pérgola no es un simple decorado, sino un testigo vivo y crujiente que parece devolver los ecos de vidas pasadas, forzando a los protagonistas —y al lector— a enfrentarse a preguntas fundamentales sobre el dolor, las elecciones y el destino. Con un desenlace tan poético como desolador, Romeo nos confronta con la inquietante sospecha de que, a veces, los otros no son más que proyecciones de nuestras propias ausencias y de los momentos que nos definieron.

El cuento completo de Antonio Romeo

La pérgola

La plaza estaba vacía.

No había estrellas.
El frío parecía salir de la tierra y subir lentamente por los bancos húmedos.
En el centro de la plaza, la vieja pérgola de hierro respiraba con el viento: crujía, temblaba, se quejaba como un animal dormido.

Nadie sabía qué hora era.

El primero en llegar fue un hombre de abrigo gris.
Caminó despacio hasta la pérgola y se sentó bajo la estructura oxidada, evitando mirar alrededor. Dejó escapar un suspiro cansado.

Después apareció una mujer con un paraguas cerrado, aunque no llovía.
Antes de entrar, observó los hierros ennegrecidos de la pérgola, como si intentara recordar algo. Luego se sentó frente al hombre.

El tercero era un muchacho joven, demasiado sonriente para una noche así.
Apoyó una mano sobre una de las columnas de hierro.

—Está fría —murmuró.

Ninguno preguntó nombres.

Durante un largo rato solo escucharon el ruido de las hojas secas arrastrándose por la plaza y el crujido constante de la pérgola sobre sus cabezas.

—La soledad siempre llega primero —dijo el hombre.

La mujer levantó la vista hacia el techo de hierro.

—No. Primero llega la tristeza. La soledad viene después.

El muchacho sonrió apenas.

—Yo creo que primero llega la suerte. A veces buena. A veces terrible.

El hombre soltó una risa breve.

—La suerte no existe.

—Claro que existe —respondió el joven—. Algunos encuentran amor. Otros abandono. Nadie elige del todo.

La mujer cerró los ojos.

—El abandono sí se elige. Siempre hay alguien que decide irse.

El viento sopló más fuerte.

La pérgola crujió otra vez, esta vez con un sonido largo y metálico, como si quisiera intervenir en la conversación.

Entonces ocurrió algo extraño.

Cada uno comenzó a hablar como si conociera la vida de los otros.

El hombre habló de una infancia llena de silencios y puertas cerradas.
La mujer habló de una despedida en una estación vacía.
El muchacho habló de una noche de música, euforia y risas que terminó entre sirenas y vidrios rotos.

Pero ninguno parecía sorprendido.

Era como si la pérgola guardara esos recuerdos desde hacía años y ahora los devolviera lentamente, uno por uno.

—Tal vez el destino sea eso —murmuró la mujer—. Sentir vidas que no fueron nuestras.

El joven sonrió otra vez, aunque ahora parecía triste.

—O quizá somos la misma persona en distintos momentos.

El frío se volvió insoportable.

Las columnas de hierro comenzaron a gemir con el viento.
Por un instante, pareció que toda la estructura iba a derrumbarse sobre ellos.

Entonces el hombre preguntó:

—Si pudieran cambiar algo… ¿lo harían?

La mujer respondió primero.

—Sí. Para evitar el dolor.

—No —dijo el muchacho—. Porque sin dolor nunca habría existido la alegría.

El hombre los observó en silencio.

Y por primera vez entendió algo terrible.

Los tres tenían la misma voz.

En ese instante, las luces de la plaza se apagaron.

La oscuridad duró apenas unos segundos.

Cuando las farolas volvieron a encenderse, la pérgola estaba vacía.

Solo quedaba el banco húmedo, el hierro moviéndose suavemente con el viento y una sensación imposible de explicar:

la tristeza de haber perdido algo…
y la extraña euforia de no saber si alguna vez había sido real.

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