COLUMNISTAS INVITADOS. Una profunda mirada a la trascendencia de la obra de Carlos Alberto Solari y su inesperada simetría con el universo literario de Jorge Luis Borges, por el analista Sergio Bruni.
La muerte de una figura mítica suele conmover los cimientos culturales de una nación, pero también marca el inicio de un proceso inevitable: el momento exacto en que la obra se desprende definitivamente de su creador para integrarse al patrimonio del lenguaje cotidiano. Lejos de las clasificaciones simplistas que encasillan la música popular en un plano puramente comercial, el fallecimiento del Indio Solari revela la pérdida de uno de los poetas más potentes y singulares de la historia argentina contemporánea.
A través de un notable paralelismo, el analista político y cultural Sergio Bruni traza un puente conceptual entre dos universos aparentemente irreconciliables: la soledad silenciosa de las bibliotecas habitadas por Jorge Luis Borges y el estruendo monumental de los estadios repletos que consagraron a Los Redonditos de Ricota. A pesar de sus diferencias estéticas y de los escenarios elegidos, el análisis demuestra cómo ambos creadores compartieron una misma obsesión fundamental: expandir los límites del idioma y fundar una lengua propia para descifrar el destino y los suburbios emocionales de su época.
Mientras la historia cultural suele reservar los pedestales académicos para los innovadores tradicionales de la palabra, esta columna nos invita a descubrir al escritor de universos simbólicos detrás de la liturgia popular y los recitales multitudinarios. Un tributo imprescindible para comprender cómo aquellos artistas que dejan de pertenecerse a sí mismos terminan transformándose, de forma perenne, en el propio lenguaje con el que una sociedad se piensa y se explica. Compartimos el texto a continuación.
La columna completa de Sergio Bruni
El poeta de las multitudes y el escritor de los laberintos
Con la muerte de Indio Solari desaparece una de las últimas figuras verdaderamente míticas de la cultura argentina. No se va solamente un músico. No se va solamente el líder de una banda de rock. Se va un creador cuya obra logró algo que muy pocos artistas consiguen: modificar el lenguaje con el que una sociedad se piensa a sí misma.
La historia cultural argentina suele reservar el pedestal de los grandes innovadores de la palabra para nombres como Borges, Cortázar o Sabato. Y con justicia. Pero acaso el tiempo termine ubicando a Carlos Solari en una tradición similar: la de aquellos escritores capaces de inventar una lengua propia para narrar su época.
Porque eso fue, en esencia, el Indio: un poeta. Un poeta envuelto en los ropajes del rock.
Mientras Jorge Luis Borges exploró los laberintos de la metafísica, los espejos, el infinito y la identidad argentina desde la literatura, el Indio descendió a los suburbios emocionales de la modernidad. Donde Borges encontró bibliotecas, el Indio encontró rutas. Donde Borges observó cuchilleros, compadritos y tigres, el Indio vio marginales, fanáticos, derrotados, mercenarios, enamorados y sobrevivientes de la Argentina contemporánea.
Ambos, sin embargo, compartieron una misma obsesión: ampliar los límites del idioma.
Pocos compositores en la historia del rock argentino lograron construir imágenes de semejante potencia poética. Sus canciones parecían surgir de un territorio donde convivían la filosofía, la política, la literatura, la calle, el humor negro y el sueño. Eran textos que podían escucharse durante años sin agotarse jamás.
Por eso resulta insuficiente definirlo como cantante. Cantantes hubo muchos. Autores también. Pero creadores de universos simbólicos hubo muy pocos. Borges fue uno. El Indio fue otro.
Cada uno habló para públicos distintos. Cada uno eligió escenarios diferentes. Uno escribió desde la soledad silenciosa de las bibliotecas; el otro desde el ruido monumental de estadios repletos. Pero ambos consiguieron que miles de argentinos incorporaran sus palabras al lenguaje cotidiano.
No es casual que generaciones enteras hayan citado versos del Indio para explicar amores, derrotas, desencantos o esperanzas. Del mismo modo que otras generaciones recurrieron a Borges para pensar el tiempo, la memoria o el destino.
Esa es la marca de los grandes escritores. Que dejan de pertenecer a sí mismos. Que sus frases comienzan a circular independientemente de su autor. Que pasan a formar parte del habla colectiva.
La muerte del Indio closes una biografía extraordinaria. Pero también inaugura algo distinto: el momento en que la obra deja definitivamente atrás al hombre.
Desde hoy comenzará la lenta tarea de la historia. Y probablemente la historia termine descubriendo algo que sus seguidores intuían desde hace décadas: que detrás de los recitales multitudinarios, de las liturgias populares y de la leyenda del rock existía uno de los grandes poetas argentinos de su tiempo.
Quizás no escribía novelas. Quizás no publicó tratados. Quizás nunca frecuentó los círculos académicos. Pero construyó una obra que seguirá siendo leída, interpretada y discutida cuando ya no queden testigos de sus conciertos. Como ocurre con todos los verdaderos clásicos.
Porque hay artistas que triunfan. Hay artistas que representan una época. Y hay unos pocos, muy pocos, que terminan convirtiéndose en lenguaje.
Borges fue uno de ellos. El Indio Solari también. Dos poetas de distinta estirpe que terminaron ocupando un lugar similar: el de quienes hicieron del lenguaje una forma de eternidad.
