sábado, abril 25, 2026

Análisis: «La política no está en crisis, está fuera de época»

COLUMNISTAS INVITADOS La política atraviesa un desajuste cultural profundo. En una columna preparada por Lucas Inostroza, se plantea que el problema no es la falta de ideas, sino la desaparición de las mediaciones que daban sentido a la participación colectiva.

Durante mucho tiempo, el debate político giró en torno a ideas, programas y estructuras partidarias. La discusión se centraba en qué proyecto defender, qué partido ordenar o qué doctrina representar mejor. Sin embargo, para el analista Lucas Inostroza, director de Opinión Mendoza, ese marco de debate ya no alcanza. No porque esté equivocado en términos conceptuales, sino porque se apoya sobre un terreno que dejó de existir. La política, sostiene, no está en crisis: está fuera de época.

El núcleo del problema no es una crisis clásica de representación, sino un proceso más profundo: la disolución de las estructuras que durante buena parte del Siglo XX organizaron la vida social. Partidos políticos, sindicatos, iglesias, medios de comunicación tradicionales e identidades ideológicas funcionaron como intermediarios estables entre los individuos y la sociedad. Hoy, esas mediaciones ya no ordenan la experiencia cotidiana de millones de personas.

Inostroza anuncia un colapso abrupto, sino que se refiere a un fenómeno más silencioso, como es el que estas estructuras no se rompen, se desvanecen. Pierden densidad simbólica, capacidad de convocatoria y fuerza organizadora. En ese contexto, la política deja de ser un sistema de pertenencias duraderas y se transforma en un sistema de entradas y salidas.

El ciudadano contemporáneo ya no busca “ser parte” en los términos tradicionales. Participa cuando encuentra sentido, se retira cuando deja de percibirlo y vuelve a involucrarse sin pedir permiso. La militancia permanente es reemplazada por una lógica similar a la de una suscripción: se permanece mientras haya beneficio, reconocimiento o visibilidad. Muchas veces, ese beneficio no es material, sino simbólico: ser visto, escuchado o registrado.

Este cambio, advierte Inostroza, no implica una degradación moral de la política. No se trata tampoco de apatía, superficialidad o falta de compromiso, sino de una transformación cultural profunda. Insistir en las lógicas organizativas del Siglo XX en este nuevo contexto equivale —según señalan distintos analistas— a intentar usar una máquina de escribir en la era de la inteligencia artificial. No es que el instrumento esté mal, es que ya no conecta con la forma actual de construcción de sentido colectivo.

La política, en consecuencia, dejó de estructurarse alrededor de programas racionales y pasó a organizarse en torno a sentimientos, identidades flexibles y experiencias compartidas. El eje ya no está en lo que se dice, sino en lo que se provoca. Las palabras pierden valor explicativo y ganan valor performativo: importan menos por lo que explican y más por lo que hacen sentir.

En ese marco, el fenómeno de Javier Milei aparece como una expresión clara de un proceso más amplio. Inostroza subraya que no se trata de una excepción argentina, sino de una tendencia global. La fuerza inicial de este tipo de liderazgos no reside en la coherencia técnica ni en la precisión programática, sino en la disonancia. En la capacidad de romper el clima emocional dominante, hablar distinto, exponerse distinto y narrarse distinto. El espectáculo, la confrontación directa y la construcción de intimidad generan sentido antes que la doctrina.

Cuando se alude a la “muerte de la Ilustración” en la política, aclara Inostroza, no se está negando la importancia de la razón. Lo que se pone en cuestión es su capacidad para organizar la acción colectiva. En un mundo donde la inteligencia artificial procesa conceptos mejor que cualquier humano, la política no compite en el terreno conceptual, sino en el de las emociones, las identidades y las experiencias.

Desde esta perspectiva, el problema de los partidos tradicionales no es simplemente su crisis, sino su dificultad para comprender el vacío que dejaron las viejas mediaciones. Ese vacío no se llena con más liturgia partidaria, más épica ideológica o mayor pureza doctrinaria. Se llena —cuando se llena— con nuevas formas de participación, con reconocimiento, con capacidad real de incidencia y con la sensación, aunque sea momentánea, de que la política registra a quien está del otro lado.

En ese escenario conviven fenómenos aparentemente contradictorios: el crecimiento de outsiders, la abstención electoral y los estallidos emocionales imprevisibles. Las identidades rígidas pierden fuerza frente a vínculos más frágiles, pero también más intensos. La política no desaparece, se reconfigura en un ecosistema donde nadie quiere quedarse para siempre, pero muchos quieren participar cuando lo consideran relevante.

Como señala Inostroza, el desafío ya no pasa por reconstruir lo que se desarmó, sino por entender qué nuevas formas de organización política pueden emerger en una sociedad donde la pertenencia dejó de ser permanente y la participación se volvió intermitente. La política, concluye, no murió. Lo que murió es la manera en que durante mucho tiempo se creyó que funcionaba.

La columna completa de Inostroza

La política no está en crisis: está fuera de época

Durante décadas discutimos la política como si el problema central fuera qué ideas defender, qué programa proponer o qué partido ordenar mejor. Esa discusión hoy resulta insuficiente. No porque esté mal planteada, sino porque el terreno sobre el que se apoyaba ya no existe, está fuera de época.

No estamos frente a una crisis clásica de representación. Estamos ante algo más profundo: la disolución de las estructuras que organizaban la vida social. Los partidos, los sindicatos, las iglesias, los medios tradicionales y hasta las identidades ideológicas funcionaban como intermediarios estables entre individuos y sociedad. Hoy esas mediaciones ya no ordenan la experiencia cotidiana de millones de personas.

No es que esas estructuras se estén rompiendo: se están desvaneciendo.

La política, en ese contexto, dejó de ser un sistema de pertenencias duraderas para convertirse en un sistema de entradas y salidas. El ciudadano contemporáneo no quiere “ser parte” en los términos clásicos. Quiere participar cuando lo considera relevante, retirarse cuando deja de serlo y volver a entrar sin pedir permiso.

La militancia permanente fue reemplazada por una lógica mucho más parecida a un “modo suscripción”. Se participa mientras hay sentido, beneficio o reconocimiento. Muchas veces ese beneficio es simplemente ser visto, escuchado o reconocido.

Este cambio no es una degradación moral de la política. Es un cambio cultural profundo.

Como viene señalando varios analistas políticos, insistir con las lógicas del siglo XX en este contexto es como querer usar una máquina de escribir en la era de la inteligencia artificial. No es que esté mal: es que no conecta con la forma en que hoy se construye sentido colectivo.

La política dejó de organizarse alrededor de programas racionales y pasó a organizarse alrededor de sentimientos, identidades flexibles y experiencias compartidas. Ya no importa tanto lo que se dice, sino qué provoca. Las palabras dejaron de valer por lo que explican y empezaron a valer por lo que hacen sentir.

El fenómeno Milei es una expresión clara de este cambio, pero no es una excepción argentina, es una tendencia global. Su fuerza inicial no estuvo en la coherencia económica ni en la precisión técnica, sino en la disonancia. En romper el clima emocional dominante, en hablar distinto, en exponerse distinto y en narrarse distinto. El espectáculo, la confrontación directa y la intimidad construyeron sentido antes que doctrina.

Cuando se habla de la “muerte de la Ilustración” en la política, no se está diciendo que la razón ya no importe. Se está diciendo algo más incómodo: la razón ya no organiza la acción colectiva. Hoy la inteligencia artificial procesa conceptos mejor que cualquier humano. Pero la política no compite en conceptos: compite en emociones, identidades y experiencias.

El problema no es que los partidos tradicionales estén en crisis. El problema es que no terminan de entender el vacío que dejaron. Ese vacío no se llena con más liturgia partidaria, más épica ideológica o más pureza doctrinaria. Se llena con formas nuevas de participación, con reconocimiento, con capacidad real de incidencia y con la sensación —aunque sea momentánea— de que la política registra a quien está del otro lado.

Por eso crecen los outsiders. Por eso conviven la abstención y los estallidos emocionales imprevisibles. Por eso las identidades rígidas pierden fuerza frente a vínculos más frágiles pero más intensos.

Nada de esto garantiza democracias mejores ni peores. Garantiza democracias distintas. La pregunta ya no es cómo volver a ordenar lo que se desarmó, sino qué formas nuevas de organización política pueden emerger en una sociedad donde la gente no quiere quedarse, sino participar cuando le sirve.

Quien entienda esto sin nostalgia y sin cinismo va a tener una ventaja enorme. Quien siga discutiendo quién levanta más alto la bandera de un partido que ya no convoca, va a seguir hablándole a una estructura que dejó de existir.

La política no murió. Murió la manera en que creíamos que funcionaba.

Lucas Inostroza

Director de Opinión Mendoza

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