viernes, mayo 29, 2026

Virginia Gamba: «La ONU no sirve; hay que crear un solo ejército: de diplomáticos»

QUÉ MUNDO TENEMOS. Virginia Gamba, la argentina con mayor trayectoria en territorio dentro de Naciones Unidas y miembro del equipo ganador del Premio Nobel de la Paz en 1995, se presenta como candidata independiente a secretaria general del organismo. En una entrevista sin concesiones, analiza la pérdida global de la voluntad de paz tras la pandemia, denuncia la hipocresía de las potencias y detalla su plan para desmantelar la burocracia internacional. Hablo con el programa «¡¿Qué mundo tenemos!?!» por 617 Multiplataforma.

Virginia Gamba fue protagonista del programa «¡¿Qué mundo tenemos!» en su Capítulo 4 por 617 Multiplataforma, con contundentes definiciones en su propuesta de refundar una Organización de las Naciones Unidas que se ha vuelto un Frankestein que no funciona, «que no sirve», según sus propias palabras.

La integrante del equipo Nobel de la Paz 1995, experimentada alta funcionaria de la ONU que este 4 de junio será declarada Doctora Honoris Causa de la Universidad de Mendoza, habló a fondo:

– Virginia, bienvenida. Sos la argentina con mayor experiencia en trabajo de campo y en la organización de programas dentro de las Naciones Unidas. Fuiste parte del equipo que ganó el Premio Nobel de la Paz en 1995 y, sin embargo, hoy nos encontramos en un mundo en guerra. La ONU parece una organización interjurisdiccional incapaz de prevenir los conflictos o de intervenir para que haya paz. Yendo a lo concreto, ¿cómo se vive este momento y por qué no se previenen las guerras hoy en día? ¿Para qué sirve la ONU?

– Yo creo que a partir de la pandemia cambió el mundo. Hubo un desgaste muy grande —psicológico, físico y económico— en todo el planeta. El aislamiento generó una confusión enorme y, al salir de la pandemia, noté un incremento de la violencia armada exponencial en todas las regiones. Antes de la pandemia, había mayor voluntad de las partes en conflicto, ya fueran gobiernos o grupos armados, para meterse en procesos de paz que les sirvieran y que fueran funcionales. Después de la pandemia eso se perdió; se acabó la paciencia y se buscó una solución militar a problemas que son políticos.

Esto derivó en una pérdida total de respeto por la diplomacia y por la negociación orientada a una paz justa, donde no hay un solo ganador, sino dos ganadores o ninguno. Esto ya se veía venir antes de la guerra de Ucrania. Yo lo vi un año antes con el golpe militar en Birmania (Myanmar) y luego con la captura de Kabul por los talibanes, tras 20 años de presencia militar de la OTAN y Estados Unidos sin compromisos ni negociación. Inmediatamente después vino Ucrania, y enseguida la guerra civil en el Sudán, siempre priorizando el uso de la fuerza sobre la negociación política. Por eso siempre digo: no es que haya más conflictos hoy, lo que hay es menos voluntad de paz. Antes había la misma cantidad de conflictos, pero más voluntad de solucionarlos pacíficamente; ahora todo el mundo se apura a resolver problemas políticos de larga data de forma rápida, militar y usando nuevos sistemas de armas.

– Es lo que le pasa a la política en general: todo está muy polarizado, no hay paciencia y se va directo al choque. Es un gran dato que el problema no sean más guerras, sino menos «campeones de la paz». Ahora bien, te presentás como precandidata independiente a conducir las Naciones Unidas. ¿Sirve la organización hoy? ¿Cómo hay que refundarla para que tenga autoridad frente a las naciones que salen a conquistar el mundo por sí solas y nadie las para?

– El tema es que las Naciones Unidas ya tienen 80 años. Fueron creadas para un contexto específico, en un tiempo específico y por un grupo de países específicos. A través de los años se le fueron sumando datos, mandatos, actividades y oficinas, hasta convertirla en un monstruo muy grande al que yo llamo el «Frankenstein». Tiene partes de cuerpos humanitarios, partes de derechos humanos, de desarrollo social, y una parte de paz y seguridad, que es su mandato fundamental.

Lo que está fracasando rotundamente es la coordinación entre estos cuatro grandes pilares de la ONU. Hay mucha duplicación: distintas oficinas haciendo la misma cosa con diferentes países, lo que genera menos recursos económicos y menos eficiencia. El pilar que más sufrió es el de prevención del conflicto, que es de naturaleza política y fundacional, pero que dejó de existir hace como diez años.

Cuando sea Secretaria General, mi plan es reactivar y recapacitar el pilar de paz, seguridad, negociación y mediación para evitar los conflictos antes de que estallen. Al mismo tiempo, voy a empoderar a los cuerpos humanitarios para que hagan su propio trabajo sin meterse en política. La combinación de ambas reformas nos va a hacer eficientes en menos de cinco años. Mi objetivo es que mi legado, al terminar mi primer mandato de cinco años, sea dejar una fuerza diplomática global profesionalizada de sirvientes civiles internacionales al servicio de todos los estados miembros. Lo haremos con menos presupuesto, menos esfuerzo, pero con más eficiencia y más resultados. Sé que puedo hacerlo porque lo he logrado en todos mis trabajos anteriores.

– Podríamos decir entonces que tu legado sería crear un ejército, pero de diplomáticos.

– Sí, uno solo y al servicio de los estados, como tiene que ser.

– Tu trabajo a nivel internacional en el rescate de niños en situación de conflicto armado te ha marcado muy fuertemente. Al fin y al cabo, los chicos no tienen la culpa de los errores de los adultos. ¿Cómo ha sido esa experiencia, cómo se trabaja la actualidad y qué más habría que hacer?

– En realidad, el rescate de niños no es lo que más me marcó ni por lo que soy más conocida, ya que solo le dediqué los últimos ocho años de mi vida. Internacionalmente se me reconoce más por el control de armas, el desarme y, puntualmente, por haber sido la persona que pudo controlar y destruir todas las armas químicas en Siria.

Pero tenés razón en que la cartera de niños en conflicto armado es lo más actual. Al meterme en ese tema, yo misma me sorprendí de la barbaridad del fenómeno: estamos hablando de 41.000 chicos por año que sufren abusos y violencia directa por guerras en unos 23 países. Es una problemática muchísimo más grande de lo que la gente ve. En estos ocho años hice muchos estudios para demostrar que la violencia no se puede controlar solo dentro de las fronteras, porque muchos niños cruzan los límites territoriales como refugiados o transportados por la fuerza. Hay abusos tanto en el lugar de origen de la guerra como en los países de tránsito, donde sufren muerte, mutilación, reclutamiento forzado, violencia sexual y secuestro.

Además, se ataca sistemáticamente a las escuelas y hospitales para destruir la educación, particularmente la de las niñas. Lo estudié a fondo en el triángulo de Níger, Malí y Burkina Faso, donde opera un grupo armado fundamentalista islámico (un ISIL, como el que había en Siria). Ellos buscan abolir la educación de las niñas porque consideran que su único rol a los 12 años es ser madres y esposas de combatientes. Atacan escuelas, matan profesores, destruyen libros y torturan a los padres que intentan educar a sus hijas. El terror político depende de la ignorancia de la gente, por eso necesitan que las niñas sean totalmente ignorantes. He impulsado grandes iniciativas internacionales para reintegrar a estos niños a la sociedad, y mi obsesión sigue siendo proteger la educación de las niñas; por eso trabajo todos los años con países de Medio Oriente, como Catar, para visibilizarlo. Es triste que muchos estados no le den valor estratégico a la educación. Para mí, la educación es el valor más importante de un Estado, mucho más que la defensa, y debería tener mayor presupuesto y protección en todo el mundo.

– Es un retroceso terrible, motorizado sobre todo por el fundamentalismo religioso.

– Es terrible lo que hacen con las chicas, y a casi nadie le importa porque el mundo está muy ocupado con Ucrania o con Irán. ¿A quién le importa lo que pasa en Haití, en Sudán, en Malí, en Somalia o en la República Democrática del Congo?

– Bueno, justamente a las Naciones Unidas debería importarle y tendría que tener acciones simultáneas en todas partes.

– Pero la ONU tiene un solo presupuesto, no podés multiplicarlo para todos lados. Para desplegar un cuerpo de paz necesitás un mandato del Consejo de Seguridad; si no lo tenés, no podés armarlo. E incluso si conseguís el mandato, necesitás que los países contribuyentes paguen el salario de los soldados, y hoy nadie contribuye con nada. Tampoco te dan los medios necesarios: en Haití, toda la misión de Naciones Unidas operaba con un solo helicóptero porque no había plata para más, cuando se necesitaban veinte. Es ridículo.

Hay que decir las cosas como son: la ONU no funciona porque se sobreextendió y se convirtió en un «Frankenstein», pero también porque los estados miembros abusan del sistema. Ignoran las dinámicas de violencia porque no quieren poner la plata ni el peso político para solucionarlo ni para darle los recursos a la ONU. Existe una gran hipocresía global: todo el mundo se rasga las vestiduras por el problema humanitario de hoy, pero si hay que arreglarlo, pagarlo y poner el cuerpo en ese proceso, prefieren que lo haga otro.

– Hay otro tema crucial en tu trayectoria que es el desarme de poblaciones que han estado en conflicto, el control del destino de esas armas y su reencauzamiento; una tarea que te llevó por varios lugares del mundo.

– Sí, pero eso es algo que ustedes también hicieron acá en Mendoza y que yo seguí muy de cerca desde afuera. Fue una labor monumental. Al mundo le costó entre 10 y 15 años darse cuenta de que había un exceso tremendo de armas pequeñas y livianas —incluyendo minas antipersonales, bazucas y morteros— que habían quedado como remanente de la Guerra Fría. Al principio, esos enormes arsenales ilegales y no registrados se vieron como una oportunidad económica y se vendieron para financiar la posguerra en Europa, pero terminaron inundando el Sur Global, África y toda América Latina. El fin de la Guerra Fría nos trajo un tsunami de armas.

El gran peligro fue que esas armas terminaron en manos del crimen organizado y de grupos armados. Allí se generó el vínculo directo con el narcotráfico; se empezó a armar a los traficantes y surgieron las grandes bandas armadas que asolan a América Latina hasta el día de hoy. La única manera efectiva de controlar esto es cortando el suministro de armas o el de municiones; si cortás uno de los dos, el sistema deja de funcionar. En algunos lugares de la región se entendió esto y se lanzaron campañas públicas para recolectar esas armas ilegales y destruirlas, porque el secreto está en destruirlas, no en guardarlas ni revenderlas. Mendoza fue un verdadero ejemplo en ese sentido: armó una campaña muy importante, recolectó una enorme cantidad de armas y las destruyó.

Capítulo 4 de ¡¿Qué mundo tenemos?!

Conducción: Gabriel Conte

Dirección: Sergio Romero

Producción ejecutiva: Gabriel Romero

Sonido: Sergio Ventura

Edición de video: Many Cano

Cámaras: Francisco Cano y Bruno Carretero

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