Los tips para quien tenga pensado emigrar a España o Europa, en general al exterior, desde la mirada de Pablo Pérez, un argentino experimentado.
Por lo menos, 2 mil euros». Esa es la recomendación, concreta y tajante, que el influencer Pablo Pérez, conocido por el nombre de su cuenta en Instagram Kiaoraviajo y reconocido «ángel de la guarda de lo emigrantes», que dan a quien sale en la búsqueda de una nueva vida fuera de la Argentina. Con esa plata, le contó al programa «Tormenta de Ideas» por Radio Nihuil, sirve para pagar un es de alquiler, el mes de fianza y sobrevivir mientras se busca trabajo: «Empleo van a encontrar», dijo, también en forma contundente, pero ofreció su muy basta experiencia nutrida por miles de casos en los que ayudó e intervino, para advertir que hay que cambiar la actitud y predisponerse a otras cosas.
Kia Ora es una frase maorí que conoció en Nueva Zelanda, el saludo que desea «buena vida» y ahora la utiliza como nombre para su cuenta en la red social.
Pérez contó su propia experiencia como trotamundos. «Desde chico quise conocer otros lugar. A los 23 años tomé la decisión de ir a Australia, apliqué a un visado de trabajo por un año que te dan». Volvió luego para terminar la universidad en Argentina. Allí, de entrada y con su experimentación a flor de piel, empezó con los tips fundamentales para quien tiene en mente emigrar:
– «Australia en un país con mucho dinero y siempre recomiendo como primer paso para quienes no tienen ciudadanía europea empezar yendo a Australia o Nueva Zelanda«.
– «Es mejor siempre llegar a otro país con un título universitario«.
Ahora está en Barcelona, en donde ha ayudado a los miles de argentinos que han colmado a esa ciudad española de connacionales, al punto de que hay uno a cada paso y que ya no es un buen destino, según contó.
¿Por qué emigrar? «Yo extraño y mantengo las costumbres de ser argentino. Pero uno se da cuenta de la calidad de vida es otra, que las cosas rinden de otra manera, que la seguridad es otra», enumeró.
Argentinos que se van
La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) indicó en 2012 en 971.698 el número de argentinos en el exterior. Según sus propios datos fechados en 2020 eran 1,1 millones de emigrantes argentinos en el mundo. La cifra da cuenta de un incremento del 54.9% frente a los emigrantes que había en el 2010 e implica que los emigrantes representan el 2.5% del total de personas nacidas en Argentina.
¿Cuándo los argentinos empezaron a mirar a otros países con la idea de repetir en forma inversa la hazaña de sus abuelos? Hay varias olas migratorias:
– La primera, después del golpe de Estado de 1966 que produjo una emigración muy cualificada de técnicos y científicos.
– Después, en la dictadura militar de 1976 a 1983.
– Una nueva corriente se produjo durante 1989 y 1991 debido a la hiperinflación y los destinos mayoritarios fueron EEUU y Europa.
– Otro hito fue la crisis de diciembre de 2001.
– La otra se produce ahora y se enfoca en familias completas, más que en aventuras juveniles.
Los dos destinos favoritos de los argentinos son España (30,0 %) y Estados Unidos (23,3 %).
A pesar de esto, Argentina presenta un porcentaje bajo de ciudadanos residiendo fuera de sus fronteras en proporción al total de la población, siendo al 2017 del 2,22% según la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y comparado con otros países de la región. Por ejemplo, Paraguay, una nación limítrofe de Argentina, tiene un 12,56% de sus ciudadanos viviendo en el exterior, una de las mayores tasas en toda América Latina.
El guía espiritual del migrante (y mucho más)
Pérez empezó intentando «mostrar otra cara del mundo para gente que solo vive en un país y no se puede mover, y no para exhibir a dónde iba». Allí fue cuando empezó a recibir preguntas y se transformó en un consejero y ayudante concreto para quienes querían viajar, para emigrar o no.
Experiencias:
– «Doy fe que hay gente que lleva 15 días y ya está trabajando«.
– «Hay mucha gente que se encierra en ejercer su especialidad exclusivamente y uno pone como prioridad la carrera, pero dedicarse a eso va a llevar más tiempo. Si se llega a otro país con la idea de emigrar, otros trabajos se consiguen y no solo lavar copas, aunque nadie se muere por hacerlo Pero hay muchas posibilidades de trabajos de oficina, recepcionista y a los que hay que estar abiertos para poder empezar».
– «Uno llega, se tiene que establecer de la manera que pueda y de allí empezar su experiencia».
– «No está bien irse a un país sin tener la posibilidad de contar con su ciudadanía. No es recomendable llegar sin ciudadanía. Venir y estar ilegal en un país no es lindo. Hay gente que lo ha vivido y no la pasa muy bien, y no solo por el tema del trabajo. Conviene conseguirse un visado de estudiante, que en algunos casos permite trabajar algún tiempo».
– «Dinamarca es un país que tiene un convenio con Argentina que permite un visado de trabajo por un año que se puede extender por un año más».
– «Barcelona está saturada de argentinos y no sé hasta qué punto van a seguir dando trabajo como lo hacen y aceptándonos. Pero menos saturada está Málaga, Valencia, Madrid. Barcelona y Madrid son las más caras para vivir, pero también es donde más trabajo hay».
– «Uno gana en promedio 1.200 a 1.500 euros. Unos 400 se gastan en alquiler y otro tanto en servicios. Limpio, pueden quedar 300 o 400 euros para vivir, viajar o comprar ropa.
Quiénes emigran hoy
Pérez contó que «antes me consultaban personas de 20 a 22 años, ahora me consultan personas que se vienen con la familia, que ha trabajado toda la vida en Argentina y que tiene dos hijos. El promedio de edad es de 27 a 35 años, cuando ya se recibió, pero también hay gente muy joven».
No está en condiciones de dar cifras duras, porque no las tiene, sobre si la actual corriente migratoria es más grande que la famosa de 2001, pero sí: es impresionante la cantidad de gente que consulta para irse del país.
Pueblos que se extinguen y que pagan para radicarse: ¿mito o realidad?
Pablo «Kiaoraviajo» se refirió a la extendida versión que cada tanto resurge en torno a pueblos europeos que se están quedando sin habitantes y cuyos gobiernos pagarían a inmigrantes para que vayan a vivir y trabajar allí.
«Hay empleadores que de verdad alojan y pagan la comida, pero sí piden muchos requisitos, como que al final es verdad que están buscando gente, pero se trata de una búsqueda de inversores inmobiliarios o de determinado nivel de formación», dijo.
Pérez refirió que «en Italia se da mucho esto», pero le quitó relevancia al tema, que ilusiona generalmente a muchos que creen escuchar un ‘canto de sirenas’ y acuden, pero rebotan.
Emigrantes: mentir para seguir viviendo
Gabriel Conte en Barcelona
Hay desazón y miedo atravesados por la esperanza. Son jóvenes y emigraron. Empezaron su trayecto en Barcelona en un verano pospandemia en la que todo reabría y todos, por ello, querían ser parte de alguna actividad al aire libre y lo más colectiva posible. Traducción: encontraron en qué trabajar.
Algunos llegaron con «papeles» y les fue mejor. Otros, pura aventura. Son muchos los que, aun sin admitirlo, son refugiados no formales, exiliados de las crisis de sus países. Unas son solo económicas y otras, además de ello, humanitarias: los persigue la muerte a la vuelta de la esquina del lugar en donde nacieron.
El invierno los espantó hacia una diáspora inesperada. Todos tienen algún contacto o amigo de algún conocido que les orienta: «Hay que ir a Madrid», «en Málaga es mejor», «la oportunidad está en Valencia», «es a Sevilla a donde tienes que ir». Y así.
Todos los jóvenes -algunos solos de toda soledad, otros de a dos, y solo un trío que ve amenazada su cohesión como tal por la escasez laboral- ya probaron con la promesa incumplida que les resultó Andorra. Allí no piden ciudadanía europea, es cierto, pero tampoco este invierno hay trabajo. La otrora «Meca» laboral, el primer escalón informal para acomodarse en una posterior radicación más formal, está apagada. No hay qué hacer y al que llega desinformado de su nueva realidad, también se le extinguen los recursos y debe volver, siempre que tenga cómo y a dónde- si es que malgasta su puñado de recursos con los que apostó a la emigración.
Se pusieron su mejor ropa para el viaje. No buscan disimular ya que tampoco hay una resistencia ostensible hacia su presencia. Buscan impactar bien. Pero al vestirse lo hacen como lo harían en sus países y no en el anfitrión. Es como si hasta los fines de semana lucieran formales o en la mañana, de fiesta. Y entonces, terminan reforzando semióticamente su extranjería en un efecto paradójico del que parecen incapaces de percatarse.
Son sinceros: exhiben con orgullo su mejor condición.
Luego, mienten. Pero las mentiras de los emigrantes no son pecado: resultan un combustible que permite sobrevivir.
Mienten a dónde sea que vayan y, aunque digan la verdad, creerán de todos modos que están mintiendo. El balbucear del español arrancando desde cualquier otro idioma de países del «tercer mundo», genera en los locales -como en cualquier parte- ternura cuando se trata de muy jóvenes y miedo cuando son mayores.
Mienten además cuando hablan con sus familias en sus lugares de origen y ellas, al reproducir sus diálogos con los emigrados, agrandan la mentira. Una videollamada desde Barcelona Nord, la estación de buses de donde parte hacia Madrid Wilson, un joven de 24 que llegó desde Colombia para estudiar y trabajar (y al final, no cuadró y terminó a la deriva) ancla una mentira detrás de otra, de ambos lados de la pantalla. «Hola mamita -dice, y detrás de la señora se ve cómo se le arrima esperando su turno un señor y varios niños- aquí estoy pues, partiendo a Madrid. Allí mañana me presento a mi nuevo puesto». Se atraganta y pregunta cómo están. Le mienten: «Estamos muy bien, despreocúpate de nosotros. Lo importante es que tú estés bien. ¿Necesitas algo?». Y miente, desde aquí: «¡Apenas llegue les giro 100 euros. Estoy muy bien. Miren los zapatos nuevos que compré en la tienda. Apenas me acomode les mando para todos». «Tranquilo, mi niño, lo importsnte es que no pases necesidad. Si no funciona, ya sabes que puedes volver». Una sonrisa confiada (aunque ensayadamente forzada) desde el pie del bus y lágrimas emocionadas desde el otro lado que delatan: «Tiene cómo llamarnos», «se pudo comprar calzado», «qué bueno que consiguió otro empleo», «le sobra como para enviarnos dinero»…
Wilson se retuerce tras colgar hasta no aguantar la lloradera que le durará las 8 horas que hay desde Barcelona hasta la capital española, y que no aflojó con el lavado de cara en la estación intermedia de Zaragoza.
Si es que les va bien, no saben si festejarlo o sentirse culpables ante la realidad de la familia que quedó atrás. Hay algo extra en Miriam, la chica porteña que va sentada a mi lado y que frena su locuacidad inicial cuando le pregunto: «¿Has tenido la necesidad de mentir mucho para sostener en pie tu proyecto de emigrar?». Se desconsoló primero. Se limpió la nariz y los ojos y sonrió. Necesitaba esa catarsis con un ‘desconocido de confianza’, digamos, que no tuviera chances de desmentirla ante sus ansiosos y orgullosos padres. «La he pasado mal, muy mal. Pero siempre les he dicho a mis padres todo lo contrario. Mis primeros tres meses fueron infernales. Comía de salteado y hasta he pedido las sobras en algún Subway o McDonald’s. Vengo de la clase media y no podía fallarles a mi familia, que me apoyó en todo cuando decidí salir a buscar otro futuro».
No sabe cómo seguirá su vida de emigrante. Admitió que por unos días tiene muchísima fuerza y esperanza, y en otros demasiadas ganas de largar la verdad. En Navidad no hizo videollamada: decidió grabar un video cuando estaba con el ánimo alto. Temía una autotraición si el saludo era en vivo y en directo.
La mentira los hace libres, a unos y a otros, de ambos lados de la emigración. Es la cuota diaria de creatividad y esfuerzo por ocultar temores y carencias lo que mantiene encendido los motores.
Quién sabe cómo terminará cada una de las historias que se guardan en cada asiento de este viaje a Madrid, que no es turístico aunque se ufane toda la propaganda presente en el bus en acentuar esa otra mentira. Algunos repetirán el recorrido de sus abuelos o bisabuelos y crearán una familia lejos de su origen. ¿No verán más a mis suyos? ¿Se extinguirán los afectos poco a poco mientras nacen otros, a la fuerza? ¿Dónde estarán cuando mueran los seres queridos que les enseñaron a caminar, ahora que practican tanto y les resulta tan vital aquella enseñanza?
El bus avanza y en cada nudo en la garganta se empolla la siguiente versión de los hechos que, aunque ficticia, les permitirá seguir adelante.
La entrada Qué hay que saber para emigrar a España se publicó primero en Gabriel Conte.
