ANÁLISIS Y OPINIÓN. Al gobierno le falta ser tajante y, además, refundarse. Debe limpiarse y activar un entramado que explique y respalde el cambio de modelo que vino a instaurar en el país. Solo se ve la cara oportunista de su proyecto y se esfuma el optimismo del cambio. La clave es que rife a cambio de unas ventajas personales para sus integrantes todo el crédito social que lo llevó hasta allí.
Hay un punto crucial para garantizar la estabilidad, ya sea que se la pretenda en el ámbito económico, social y sobre todo, político: la confianza.
Cuando lo que crece o flota en el aire con tendencia al crecimiento es su contrario, la desconfianza, el desbarajuste encuentra terreno fértil para sembrar la discordia y alterar la vida cotidiana. En lo económico, es la falta de confianza lo que hace que suba el riesgo país, el peso y el dólar abandonen el minué para sumirse en una rave narcótica que se va de madre. En lo social, la gente que se mira de reojo tiende a mentir y traicionar, a cuidarse de más, en todo caso, al sospechar de todos los otros. Y en política la consolidación de la desconfianza marca el inicio del final de un proyecto.
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Javier Milei llegó al poder más por los fracasos ajenos que por el proyecto propio. Aun así, la sociedad sintió que sentaba en el Sillón de Rivadavia a uno de los suyos frente a «los otros», «la casta», «los de siempre», los que ya habían mentido y robado demasiado. Milei representó para los votantes no un valor institucional en sí mismo, todo lo contrario a Sergio Massa, el tipo canchero que está con Dios y con el Diablo al mismo tiempo, y que te miente en la cara, de lleno, sin que se le mueva un músculo.
La sensación de lo que ocurre con muchos de los casos en los que se ve involucrado Milei y su entorno es que ya no hay demasiadas diferencias entre unos y otros: el caso $Libra, los sobornos de la ANDI, el ventajismo del que se acusa a Manuel Adorni y la inmensa cantidad de créditos que el Banco Nación le dio a funcionarios (sobre todo, cuando la idea inicial era que esa banca desapareciera del Estado, y ahora la aprovechan).

Y una advertencia: los que creen que esto hace que la sociedad llame a gritos a que le quiten la tobillera a Cristina Kirchner para que vuelvan los expulsados del poder se equivocan. La sociedad ya les dio de baja como opción. Esta vez, todo indica que sí es así, no como cuando ganó Mauricio Macri y se anticiparon a dar por desactivado al kirchnerismo cuando todavía nadie sabía cómo manejar las perillas del poder desde el nuevo esquema triunfante. En ese momento, volvieron.
No se sabe qué hay como alternativa, por más que el peronismo acuda a su camaleonismo histórico y busque denodadamente un candidato que haga olvidar todos los capítulos de su pasado e instaure a un «raro» propio.
Por ello, el mileísmo está en un momento de perdida del crédito que la sociedad le dio, y eso es un riesgo no solo para el movimiento político que armaron, sino para el país. Nadie va a negar que se necesita de estabilidad. Nadie puede pensar en su sano juicio (salvo que se trate de ególatras insalvables, como parecen serlo varios capitostes de lo que antes era denominado como «Los capitanes de la industria») que sería apropiado desplazar al Presidente y poner en su lugar a cualquier otro.
El caos históricamente en la Argentina llegó con una bandera de «justicia social» y terminó beneficiando a los mismos que ya se venían beneficiando. Por ello, cada vez que hubo un golpe institucional (o de los clásicos, ya desaparecidos) los que perdieron fueron, también, los mismos sectores.
Por ello al Gobierno le toca explicar y rendir cuentas, en forma tajante. Meter bisturí y extirpar, sin anestesia. Es lo que sembró como método en la sociedad para ganar las elecciones y ocupar la Casa Rosada y es lo que lo salvará de diluirse en el círculo vicioso de los que extrañan manejarlo todo y hoy no lo pueden hacer.
Podría decirse que se quiera o no al actual gobierno, se lo prefiera o no, no hay mucha más alternativa de exigirle una reinvención y revisión de equipos y del camino que queda por recorrer.
Es un cambio de modelo profundo en el que todos los días viejas mañas y patrañas quedan afuera, y requiere de su reemplazo por un circulo virtuoso de la economía, la sociedad (en todas sus dimensiones) y también de la política.
Mientras tanto, desde la Casa Rosada se da la idea de que el Gobierno no tiene voceros hábiles para explicar las cosas y se exige solamente alineamiento a ciegas: un error que el pariente más cercano de quienes gobiernan hoy, el menemismo, supo revertir generando un entramado de respaldos a su alrededor, en todas las ramas de la vida cotidiana y, con ello, avanzó en las reformas que pudo. De las lecciones que debieran haberse aprendido de aquel antecedente, tal vez tendrían que recordar que los abusos, la inconducta, el latrocinio y la corrupción tiraron abajo aquel proyecto. El vicio los destruyó.
¿Permitirá el mileísmo más consciente y menos oportunista que les ocurra lo mismo con todo lo que sembraron en la sociedad? Hay una lucha por dar y es interna, es propia del sector que gobierna.
