Se cumplen seis años del inicio de la única pandemia que he vivido y sufrido por partida múltiple: no solo por contraer covid 19 al extremo de su volumen, sino por perder a casi tres decenas de amigos, parientes y conocidos, seres queridos en definitiva. Imaginen a un periodista hiperconectado, desconectado de las redes y medios, pero enchufado al máximo del oxígeno. Pasaron años para que pueda compartir las imágenes y hacer catarsis, ¿dejar ir?, como quieran llamarlo (e imitarlo, si les parece y por las mismas razones).
Pensé en un poema de Narciso Pereyra, internado en la Clínica de Cuyo, mientras volaba de fiebre, en total soledad, enchufado al oxígeno en su potencia máxima y con música de niños naciendo un piso más abajo, y llorando, tal vez protestando por haber llegado al mundo que al que llegaron. Aquel decía más o menos (no lo recuerdo bien ni tengo ganas de buscarlo): «… Qué diría tu ventana / si un día amaneciera el día / y lo hiciera sin mañana…».
Demoré en ser trasladado desde la guardia a una habitación porque estaba desbordada de pacientes. Recién cuando uno de los internados cedió, me trasladaron, de madrugada, al que había sido su lecho de esperanza y de muerte. Y allí quedé, mimado por los médicos y enfermeras lo más que se pudo: poco, no era momento para romanticismo, solo de heroísmo sanitario (y suficiente con ello).
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Con media familia lejos, muy lejos y la otra cerca, sin embargo tan lejos también, aislado, aislados, la existencia dentro de ese Tupperware fue el purgatorio, con exceso de tiempo para pensarlo todo. Y cuando digo todo es eso: todo.
Mientras tanto, se iban yendo sin despedirse puñados de afectos a los que luego, al pedir el alta para seguir curándome fuera de ese lugar, cediendo la cama sin el dramatismo que signara al anterior en mi fila, fui a visitar inconscientemente a sus lugares para descubrir lo peor. Y allí, otro legado de la pandemia, todos quedamos un poco piruchos. Y no es para menos.
Retraté al tubo de oxígeno que fue la soga que, en principio y siempre gracias a los profesionales de la salud (de dios que hablen otros) me sostuvo para no caer al abismo del que pendí durante días que parecían contarse de a 120 horas cada uno. Fue mi nuevo cordón umbilical. Será por eso que cuando veo estas fotos que voy a compartir y que nunca mostré, todo se estremece.
Y por la ventana, más niños daban su primer llanto.
Y por el pasillo, las bolsas negras se llevaban más últimos alientos de gente que no pudo decir adiós.
Todo esto fue el día antes de vivir, ese en el que mi familia, en medio de confusionismos general, mezclo el llanto de alivio con el de tristeza por los que se estaban muriendo alrededor y los rostros de pánico por lo que podría pasar, a pesar de mi sobrevida.
¿Lo imaginan?
¿Vivieron algo igual?
Les dejo las fotos cronológicas para que las asignen ustedes al párrafo que les parezca que resultan pertinentes.
Y con ello, me voy a prender el fuego para celebrar la vida, como corresponde.








