COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Eduardo Da Viá. Mientras el 1 % más acaudalado del planeta concentra el doble de la riqueza mundial, la indigencia extrema subsiste como el engranaje invisible y doloroso que sostiene la opulencia de las grandes corporaciones tecnológicas y financieras.
El progreso de la humanidad suele medirse a través de los saltos tecnológicos y las monumentas fortunas de sus líderes globales. Sin embargo, detrás del brillo de las pantallas táctiles y las aplicaciones financieras indispensables se esconde una realidad sombría: una estructura socioeconómica que parece requerir de la carencia extrema para autosustentarse.
Desde el nacimiento de la noción de posesión en la prehistoria hasta la moderna explotación de minerales en el África subsahariana, la brecha entre los superricos y los desposeídos no ha hecho más que ensancharse. En este artículo de fondo, se analiza cómo la distribución inequitativa, la falta de voluntad política y las amenazas climáticas configuran un escenario donde la erradicación de la pobreza es técnicamente viable, pero sistemáticamente postergada.
La columna completa de Eduardo Da Viá
¿Es necesaria la pobreza en el mundo moderno?
El hombre como especie nació pobre, en el sentido actual de pobreza, que es la falta absoluta de posesiones; ni siquiera vestimenta tenía. Sin embargo, estaba rodeado de una riqueza casi infinita y sin dueños que la reclamaran: la naturaleza.
De ella aprendió lo elemental para subsistir: alimentación y protección ante las inclemencias climáticas. Los alimentos estaban al alcance de la mano, en especial los del reino vegetal, que le eran absolutamente suficientes. A tal punto que el mundo moderno, en especial la parte integrada por los ricos, en una especie de retorno a los inicios, se declara vegetariano o, más actualmente, vegano.
Por tanto, en principio, el hombre nació vegetariano obligado y, como la oferta superaba ampliamente a la demanda, no se generaban conflictos interpersonales por cuanto todos tenían acceso a las mismas fuentes.
Las cosas cambiaron cuando evolucionó a alimentarse de carne animal, dado que la captura de la presa la hacía cada uno por su cuenta y, a lo sumo, en pequeños grupos dependiendo del tamaño y la peligrosidad del animal elegido. Esto se hacía con éxito variado, lo que los llevó, sin saberlo, a desarrollar la noción de posesión, es decir, la tenencia para sí —incluido el grupo familiar— y sin que pudieran participar de la adquisición los restantes miembros de la comunidad, aún no organizada como tal.
Una excepción notable era la de los inuits nativos de Alaska, que compartían el producto de la pesca. Las enormes dificultades para la obtención de la presa hacían que naturalmente surgiese el espíritu comunitario, dado que, además, se necesitaba del concurso de más de un individuo para poder extraer del agua animales tan pesados como focas o delfines.
Pero la actitud era muy distinta cuando la naturaleza pródiga brindaba alimentos que se obtenían fácilmente, y cuya recolección más dependía de la voluntad para tenerlos que del esfuerzo que pudiera haber demandado el hacerse de frutos que, a lo sumo, requerían trepar un tanto el árbol o arbusto productor. Pero claro, más fácil aún era robárselo al exitoso cosechador.
Por otra parte, el acúmulo de vituallas dependía de la voluntad y laboriosidad de cada uno, de donde pronto surgieron los que tenían grandes reservas y los que no tenían nada; es decir, ricos y pobres en los extremos de la campana de Gauss, y entrambos los que finalmente serían la clase media, mayoría casi siempre.
Los ricos rápidamente aprendieron a aprovecharse del pobre, haciéndole trabajar para ellos o mediante el trueque de los mejores alimentos por los de menor valor, pero con ganancias siempre para los primeros; y así surgió la explotación. Pero la riqueza llevó a la envidia por parte de los pobres y al temor por parte de los ricos, por cuanto se sabían vulnerables, dado que el número de afortunados siempre fue mucho menor que el de los carenciados, y estos, organizados en turbamultas, solían arrasar con pertenencias y vidas de los empoderados. Ejemplo de esto fueron los malones en las pampas argentinas.
La pobreza, pues, nació casi con la humanidad y se estableció para siempre en el mundo, donde los pobres suman aproximadamente 1100 millones, de los cuales más de 600 son indigentes.
Para ponernos de acuerdo, les ofrezco la definición de pobreza:
La pobreza es una condición socioeconómica en la cual las personas carecen de los recursos necesarios para satisfacer necesidades básicas como alimentación, vivienda, educación y salud.
Y la indigencia a continuación:
La indigencia es la forma más extrema de pobreza. Ocurre cuando los ingresos de una persona o familia no alcanzan para cubrir la Canasta Básica de Alimentos.
Otro tema asociado a lo anterior es el solapamiento de la pobreza y las amenazas climáticas. Las conclusiones ponen de relieve que las personas pobres de todo el mundo a menudo hacen frente a múltiples retos ambientales simultáneos, y no a uno solo de forma aislada.
Unos 887 millones de personas pobres están expuestas al menos a una amenaza climática; 651 millones se enfrentan a dos o más amenazas simultáneamente. El hecho de que 309 millones de personas pobres vivan en regiones expuestas a tres o cuatro amenazas climáticas superpuestas, al tiempo que se encuentran en situación de pobreza multidimensional aguda, es motivo de suma preocupación. Estas personas se enfrentan a una «triple o cuádruple carga», ya que a menudo poseen activos limitados y acceso mínimo a sistemas de protección social.
A nivel individual, las amenazas más extendidas que afectan a las personas pobres en todo el mundo son el calor intenso (608 millones de personas) y la contaminación atmosférica (577 millones). En las regiones propensas a las inundaciones viven 465 millones de personas pobres, mientras que en las zonas afectadas por las sequías residen 207 millones.
En el otro extremo de la curva de Gauss se encuentran los millonarios y milmillonarios: en el mundo existen aproximadamente entre 3100 y 3500 personas cuyo patrimonio neto supera la barrera de los mil millones de dólares (conocidos como milmillonarios o billionaires en inglés).
La cantidad exacta varía ligeramente dependiendo de la fuente y la metodología utilizada para evaluar sus activos. Según Forbes, para el año 2026 se estima un récord de 3428 milmillonarios a nivel mundial. Según informes de banca privada, los registros recientes contabilizan aproximadamente 2919 personas ultrarricas en esta categoría, cuyas fortunas combinadas superan los 16 billones de dólares.
¿Cuánto dinero se necesita para sacar de la pobreza a mil millones de personas? Acabar con la pobreza extrema global costaría alrededor de 318 000 millones de dólares anuales. Esta cifra equivale a tan solo el 0,3% de la producción económica mundial (PIB) y permitiría otorgar transferencias directas de ingresos para cubrir las necesidades básicas de alimentación, vivienda y salud a los sectores más vulnerables.
El 1% más rico acumuló casi el doble de riqueza que el resto de la población mundial en los últimos dos años. Algunos de los multimillonarios tienen el atenuante de ser inventores e inversores de riesgo como Elon Musk, o como lo fue Steve Jobs, o bien Bill Gates; pero existe un fenómeno que tuvo que ser argentino, por cierto, que es Marcos Galperin: un simple e ingenioso transbordador de mercadería que toma con la izquierda productos hechos por otros y se los entrega con la derecha al cliente que lo requiere. Fortuna: 8000 millones de dólares. Para no creerlo. Desconozco su actividad como benefactor, si la tiene.
El quid de la cuestión está en analizar las razones para tamaña e injusta diferencia. Por cierto, las variables son muchas, pero en el fondo y como epítome, yo sostengo que la clave está en la explotación del hombre por el hombre: para que existan los superricos, es necesario que existan también millones de pobres.
Los billonarios dependen de miles de personas, algunas con formaciones académicas específicas, que son los verdaderos diseñadores de los bienes que terminarán transformándose en una fuente inagotable de ingresos. Como ejemplo paradigmático, el primer teléfono celular fue desarrollado por el ingeniero Martin Cooper en la empresa Motorola. Datos clave de la invención: la primera llamada fue realizada el 3 de abril de 1973 por Cooper desde una calle de Nueva York.
No creo que Cooper imaginara la evolución que tendría su invento. Si bien fue diseñado para mejorar enormemente las comunicaciones y generar simultáneamente importantes sumas de dinero, no dejaba de ser una cómoda opción no estar atado a la pared para poder interactuar verbalmente con la sociedad circundante. Hoy el móvil es decididamente imprescindible, a tal punto que el mundo entero gira alrededor de él.
Pero no debemos obviar una verdad indiscutible: detrás de cada avance tecnológico en telefonía celular hay aviesas intenciones de dominio y exclusión. Hoy los bancos nos han empujado a las antipáticas aplicaciones, nos guste o no; por ejemplo, el Banco Nación suspendió el Home Banking para PC y todas las operaciones se deben hacer con el móvil. ¿Qué pasa con los discapacitados y los mayores de edad que nunca tuvieron un celular o solo lo empleaban para lo que es? A nadie le importa. ¿Y con los que no tienen la posibilidad de comprar un modelo que tolere varias aplicaciones? Excluidos también.
Dije que los ricos necesitan que haya pobres que se encarguen de los trabajos más insalubres, como lo es la extracción del coltán, mineral imprescindible para la fabricación de móviles. La extracción se hace introduciéndose en el barro que lo alberga, descalzos y con jornadas de 12 a 14 horas, sin faltar el látigo para estimular la actividad. Esto sucede en el Congo, como tradicionalmente ha sido la rapiña sangrienta por parte de Europa en cualquier país africano que tuviera algo de valor para Occidente. Sin pobres extremos no hay coltán, y así hay ejemplos hasta el cansancio.
Los infinitos proyectos para eliminar la pobreza en el mundo son solo expresiones de deseos inventadas por los dueños del mundo reunidos en la ONU, por ejemplo; una institución absolutamente inútil, como lo ha demostrado hasta ahora, que al menos se sincera con esta noticia fresca:
«Ningún país del mundo ha logrado erradicar por completo la pobreza en todas sus dimensiones. Sin embargo, naciones como China y Noruega han alcanzado hitos históricos en esta materia gracias a diferentes enfoques políticos y económicos. China: Erradicación de la Pobreza Extrema. Según el Banco Mundial, China ha sacado a más de 800 millones de personas de la pobreza extrema. En 2021, el gobierno declaró oficialmente que había erradicado la pobreza absoluta a nivel nacional al cumplir con los estándares mínimos fijados por el país. Su modelo se basó en inversiones masivas en infraestructura, apertura a la economía de mercado y programas de revitalización rural».
Durante la última década, los superricos han acaparado el 50% de la nueva riqueza generada, cifra que acaban de superar. La fortuna de los milmillonarios está creciendo a un ritmo de 2700 millones de dólares al día, al mismo tiempo que al menos 1700 millones de trabajadoras y trabajadores viven en países en los que la inflación crece por encima de los salarios.
Con la aplicación de un impuesto a la riqueza de hasta el 5% a los multimillonarios y milmillonarios podrían recaudarse 1,7 billones de dólares anualmente, lo que permitiría que 2000 millones de personas salieran de la pobreza. Sin embargo, el Banco Mundial ve «inalcanzable» erradicar la pobreza para 2030. El Banco Mundial advierte que la pobreza afecta al 44% de la población global y estima que se requerirán más de treinta años para erradicarla en los países de bajos ingresos.
¿Cuánto dinero se necesita para sacar de la pobreza a mil millones de personas? Acabar con la pobreza extrema global costaría alrededor de 318 000 millones de dólares anuales. Esta cifra equivale a tan solo el 0,3% de la producción económica mundial (PIB) y permitiría otorgar transferencias directas de ingresos para cubrir las necesidades básicas de alimentación, vivienda y salud a los sectores más vulnerables.
No soy economista, simplemente soy médico, y como tal me resisto a que la gente sufra, se desnutra y se enferme mientras los ricos se dedican a fabricar y construir edificios y bienes de altísimo costo, apoyados en los millones de cadáveres inocentes que subyacen bajo esos logros.
No sé cómo se podría hacer, pero de algo estoy seguro: así como fue posible reunir en manos de un puñado de individuos cantidades obscenas de dinero, así también debería ser posible repartir solo una ínfima parte para sacarlos del pozo y, de ahí, iniciar su progreso individual. Y para ello hace falta legislación que se atreva a meterles la mano legalmente en sus inmundos bolsillos y beneficiar a los necesitados.
Tampoco es la solución que los pobres vivan de las dádivas de los ricos y persistan en la molicie y la vagancia; no. El quid de la cuestión es que no pueden salir per se de su triste situación, pero una vez logrado este gigantesco paso con la ayuda de los poderosos, la continuidad de su bienestar debe quedar bajo la responsabilidad de los propios beneficiados. Para ello se requieren fuentes de trabajo legales que cumplan los requisitos de permanencia, salud y educación asegurada, como así también períodos de vacaciones. China y Noruega lo han logrado, quizás no a la perfección, pero sí beneficiando a grandes números de personas que hoy tienen casas con servicios básicos y, sobre todo, trabajo digno.
Hay países en el mundo, al menos en buena parte de África, donde la vivienda, tal como la concebimos los occidentales, no les resulta imprescindible porque ellos nunca la tuvieron y han sabido guarecerse de maneras muy económicas; pero sí necesitan del acceso al agua, la comida, la electricidad, la higiene, la vestimenta, la salud y la educación. Y esto se logra con instalaciones comunitarias que sean compartidas por los aldeanos, pero respetando sus humildes residencias, a similitud de los llamados «campings» para vacaciones: cada familia con su carpa y una instalación común con baños y fogones para cocinar.
Todo es cuestión de ingenio y verdadera vocación para salvar a los semejantes caídos en desgracia y heredada por su inocente descendencia.
Pero el mundo ignora a los necesitados; directamente no existen como personas sino como números. Los 1 400 000 000 de pobres son un simple número, pero nadie se toma la tarea de desglosarlo en personas con las mismas necesidades y los mismos derechos que los señores que nos proporcionan los números. Por cierto, soy absolutamente pesimista respecto del efecto que pudieran tener estas palabras, aunque espero equivocarme.
