miércoles, mayo 20, 2026

La rebelión de la empatía: el desafío ético de conservar lo humano en la era de los algoritmos

COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe José Jorge Chade. Frente al avance de una tecnología despersonalizada, el lenguaje que categoriza y la indiferencia burocrática, urge entender la humanidad no como un sentimiento abstracto, sino como una práctica diaria de resistencia y convivencia.

El mundo contemporáneo se encuentra atrapado en una silenciosa pero feroz transición entre las fuerzas de la humanización y el avance de estructuras que despojan al individuo de su dignidad. En una sociedad marcada por el ritmo frenético, la hiperconectividad digital y la delegación de decisiones críticas a los algoritmos, corremos el riesgo de perder el juicio empírico, la compasión y la capacidad de conectar con el otro. Esta deshumanización no siempre se manifiesta con violencia explícita; a menudo comienza de forma sutil a través del lenguaje que etiqueta, la indiferencia administrativa que reduce a las personas a meros números o la distancia física que transforma vidas concretas en simples objetivos de un mapa.

Frente a esta encrucijada, la condición humana no puede ser entendida como una virtud espontánea, sino como una disciplina consciente y militante que exige esfuerzo, límites morales y el rechazo absoluto a la simplificación social. Recuperando el pensamiento filosófico de Martin Heidegger sobre el «habitar» como la esencia misma del ser, y la advertencia de Paul Valéry ante las crisis del espíritu, el autor José Jorge Chade nos invita en la siguiente columna a reflexionar sobre la urgente necesidad de diseñar una nueva «política del espíritu». Un manifiesto indispensable para defender la libertad, la democracia y el sentido de pertenencia en una era donde las máquinas son cada vez más inteligentes y los lazos humanos, cada vez más frágiles.

La columna completa de José Jorge Chade

Preservar la humanidad frente a la encrucijada entre la tecnología y la libertad

El mundo actual se caracteriza por una tensión constante entre la humanización y la deshumanización, dos fuerzas opuestas que dan forma a nuestra sociedad, nuestras relaciones y nuestra relación con la tecnología.

¿Cuáles son los procesos que conocemos de humanización?

La humanización es el esfuerzo consciente por devolver al individuo, la empatía y la dignidad al centro de las relaciones y los sistemas sociales.

La centralidad de la persona: En campos complejos como la medicina y la atención sanitaria, se observa una tendencia hacia la humanización de la atención, dejando de centrarse únicamente en la enfermedad para abarcar al individuo en su totalidad, tenemos la esperanza de que esto aumente con la formación y la toma de conciencia profesional, donde la persona no es solo un organismo que tratar. A nivel de salud, por ejemplo en hospitales, casas de reposo etc., a veces la persona pierde esta característica fundamental para pasar a llamarse “el hígado de la 14” o  “el Alzheimer de la 4”.

La búsqueda de conexiones auténticas: Existe una creciente conciencia de la importancia del contacto humano, la escucha y la solidaridad, especialmente para contrarrestar el aislamiento provocado por el ritmo frenético de la vida diaria y la discriminación de las personas donde prima la categorización de las mismas en desmedro de la persona. “fue atropellada una octogenaria en el acceso norte”…era primero que nada una persona con nombre y apellido.

Ética y responsabilidad: Se fortalece el compromiso cívico y social para defender los derechos humanos y combatir las desigualdades, reconociendo el valor único de cada ser vivo. No tenemos que poner sellos a las personas, porque después del sello llega la marca, y, como todos sabemos eso raramente se elimina.

Los riesgos de la deshumanización

La deshumanización se produce cuando los individuos o grupos son despojados de sus cualidades humanas y tratados como objetos, números o meras herramientas.

El impacto de la tecnología y la IA: Si se utiliza de forma poco ética, la tecnología puede conducir a la despersonalización. Cuando las decisiones importantes se delegan por completo a algoritmos, corremos el riesgo de perder el juicio crítico y la compasión.

La cultura de la indiferencia: La hiperconectividad digital ha aumentado paradójicamente el aislamiento, reduciendo a menudo la capacidad de sentir una profunda empatía por las dificultades de los demás.

Odio y conflicto: En los casos más extremos, la deshumanización es la herramienta psicológica que alimenta las guerras, los prejuicios y el racismo, llevándonos a ver a los demás como enemigos o personas «diferentes» que deben ser eliminadas. Situación que ya sucedió, y nuevamente está sucediendo en Europa y en otros continentes en estos momentos.

Hoy no vivimos en un mundo completamente humano ni completamente deshumanizado, sino en una fase de transición. El principal desafío de nuestro tiempo es gestionar la innovación tecnológica y los sistemas sociales, asegurando que siempre estén al servicio de la humanidad y no al revés. El futuro depende de la capacidad colectiva para practicar la empatía y defender la dignidad en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

La violencia extrema casi nunca comienza con un gesto.

Comienza antes, mucho antes, con un cambio de mirada, una palabra que se escapa, un límite moral que se desplaza ligeramente. Comienza cuando el otro deja de ser percibido como plenamente humano.

Deshumanizar no significa necesariamente negar la existencia de alguien. A menudo es algo más sutil: reducirlo a una categoría, una función, una amenaza. Transformarlo en un enemigo, un problema, una masa. Esto pasó, y podemos decir que todavía pasa, cuando hablamos de personas en desventaja, negros, homosexuales, etc. Cuando esto sucede, infligir sufrimiento se vuelve más fácil, más justificable, incluso necesario.

La humanidad, en cambio, no es ni un sentimiento espontáneo ni una virtud abstracta. Es una práctica. Requiere esfuerzo, atención y disciplina. Porque los seres humanos no solo son capaces de poder comprender al otro: también son capaces de violencia, crueldad e indiferencia. Y es precisamente por eso que la humanidad debe practicarse, no solo proclamarse.

La deshumanización disminuye las inhibiciones morales. Afloja los límites internos que normalmente nos impiden dañar a otros. Cuando estos límites se rompen, la violencia deja de ser una excepción para convertirse en una respuesta posible, a veces incluso obligatoria. Las vidas empiezan a tener un peso diferente. Algunas importan, otras menos.

El lenguaje juega un papel decisivo en este proceso. Las palabras no solo describen la realidad: la construyen. Cuando las personas son retratadas como animales, parásitos, objetos o amenazas abstractas, la distancia aumenta. Y cuanto más aumenta la distancia, más fácil resulta atacar sin mirar, decidir sin escuchar, destruir sin sentir. La distancia física también contribuye. Atacar desde lejos, sin ver el rostro del otro, sin mirarlo a los ojos, hace que la violencia sea más tolerable. El otro se convierte en un objetivo, no en una persona. Un punto en un mapa, no una vida concreta.

Pero la deshumanización no es solo el resultado de palabras violentas o actos brutales. También puede ser silenciosa, administrativa o estructural. Cuando una persona deja de existir en registros, documentos o sistemas de reconocimiento, su humanidad se vuelve frágil. Sin una identidad legal, sin derechos exigibles, los seres humanos corren el riesgo de caer en los márgenes de la humanidad, sin dejar de ser plenamente humanos.

En estos contextos, la humanidad necesita barreras. Reglas, límites y principios que nos recuerden que incluso en la violencia existen fronteras. Que no todo está permitido. Que no todo está justificado. Que ciertos umbrales, si se traspasan, destruyen no solo a las víctimas, sino también a quienes los cruzan.

Practicar la humanidad significa resistir la simplificación. Significa rechazar la idea de que hay vidas que, por definición, son prescindibles. Significa no confundir responsabilidad con deshumanización, juicio con aniquilación moral de los demás.

No es una postura cómoda. No es una postura que genere fácilmente consenso. Pero es una postura necesaria, especialmente cuando el mundo parece exigirnos que elijamos un bando, una bandera, un enemigo.

Practicar la humanidad hoy significa permanecer en este espacio incómodo. Un espacio donde no tomamos partido contra nadie, pero sí reconocemos límites, normas y responsabilidades. Un espacio donde ser humano sigue siendo humano, incluso cuando todo nos lleva a negarlo. Practicar humanidad debe llevar al ser humano a entender lo que significa habitar, habitar el propio cuerpo, habitar en lugares públicos , habitar el propio hogar. Saber habitar en nuestra casa, en nuestra ciudad , en nuestra nación significa tener sentido de pertenencia y eso a su vez la necesidad de aplicar el significado pacífico de poder convivir serenamente con los demás.

El gran filósofo alemán Martin Heidegger propuso esta hipótesis en sus escritos: «Yo soy» significa «yo habito», o incluso: el hombre existe, como hombre, en la medida en que «habita». Desde esta perspectiva, habitar no se considera una acción humana más, sino el horizonte que abarca y ordena toda acción humana. Toda acción humana sería, precisamente por ser humana, una forma, una expresión o una manifestación de habitar.

La tecnología no bien entendida puede deshumanizar el mundo. Para Martin Heidegger, la tecnología no es solo una cuestión técnica: es cultural, política y, sobre todo, espiritual. Nos enfrentamos a décadas en las que debemos luchar contra la corriente para recrear las condiciones de verdadera libertad y democracia. Debemos cuidar el pensamiento, ni a nosotros mismos. Si, como escribió Paul Valéry, la crisis de la civilización es ante todo una crisis espiritual y humana debemos imaginar hoy una nueva “política del espíritu”, esencial para preservar la humanidad en la era de las máquinas cada vez más inteligentes.

Fuentes consultadas: 

  • Artículo de Natalie Deffenbaugh, titulada «Deshumanización: Practicando la humanidad», publicada en la Revista Internacional de la Cruz Roja (abril de 2024).
  • Artículo de Chiara Giaccardi, revista Comunicazioni Sociali – Journal of media, performing arts and cultural studies. Il Segno, Milán, 2025
  • IMAGENES DE LA NOTA: Daehyun Kim, artista coreano.

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