miércoles, mayo 20, 2026

Contate un cuento/ El umbral del olvido: el costo de alterar el destino

COLUMNISTAS INVITADOS. Una mirada a «La esquina donde el tiempo olvida», el perturbador relato de Antonio Romeo donde la edición del futuro exige el sacrificio de la propia identidad.

A las 3:00 AM, el tiempo no transcurre; se agrieta. En ese limbo cronológico, Antonio Romeo edifica una atmósfera asfixiante y magnética donde el milagro y la maldición se cruzan en una esquina cualquiera. Con una prosa precisa y despojada de artificios, el autor nos introduce en un dilema fáustico contemporáneo: un rincón urbano que permite corregir las tragedias del mañana, pero que cobra un peaje invisible e implacable. A través de una narrativa que transita entre el realismo mágico y el terror psicológico, Romeo no solo explora la obsesión humana por controlar el destino, sino que nos enfrenta a una pregunta perturbadora: ¿cuánto de nuestra propia alma estaríamos dispuestos a borrar con tal de cambiar el futuro?

El cuento completo de Antonio Romeo

La esquina donde el tiempo olvida

Antonio Romeo.

A las 3:00 AM la ciudad parecía detenerse apenas un instante, como si el mundo olvidara seguir respirando.

Era en ese minuto exacto cuando aparecía la esquina.

Un semáforo en amarillo intermitente.

Una farmacia cerrada.

El reloj oxidado de la estación clavado en las tres.

Quienes la encontraban sentían primero el vértigo. Después, el silencio.

Los viejos del barrio decían que esa hora era una grieta: ni noche ni amanecer, ni pasado ni futuro. Una zona suspendida donde el tiempo podía corregirse a sí mismo.

Y la esquina hacía precisamente eso.

Cada vez que alguien la cruzaba, algo cambiaba en el futuro. Accidentes evitados. Enfermedades borradas. Muertes que nunca ocurrían.

Pero el precio era invisible.

Al regresar, siempre faltaba algo.

Un recuerdo.

Una costumbre.

Una forma de hablar.

Una parte del alma.

Con los viajes comenzaron los cambios.

Uno dejó de reconocer su propia voz. Otro olvidó canciones de la infancia. Algunos despertaban con recuerdos de vidas que jamás habían vivido. Las personalidades empezaron a desplazarse lentamente, como máscaras mal ajustadas.

Lo peor no era olvidar.

Lo peor era sentir, durante unos segundos, que ya no eran ellos mismos.

A veces, al volver de la esquina, se observaban entre sí con una angustia imposible de explicar. Como desconocidos que intuían haber compartido algo enorme antes de perderlo para siempre.

Las 3:00 AM terminó convirtiéndose en un ritual maldito.

Porque a esa hora el tiempo abría la puerta.

Y cada corrección del futuro dejaba a las personas un poco más vacías que antes.

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