jueves, mayo 21, 2026

El laberinto de la UCR: ¿Tiene sentido un partido nacional atrapado en su propio éxito histórico?

COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Sergio Bruni. Frente al surgimiento de liderazgos emocionales y un profundo cambio en el clima cultural, el radicalismo debate su supervivencia entre la nostalgia alfonsinista de los 80 y la necesidad de una profunda modernización económica y doctrinaria.

La Unión Cívica Radical atraviesa un proceso de introspección profunda en un escenario político que parece haber jubilado las viejas categorías ideológicas del siglo XX.

El reciente activismo de sus cuadros históricos y la emergencia de liderazgos territoriales con impronta pragmática exponen una tensión medular: el éxito de su mayor bandera histórica —la consolidación democrática de 1983— terminó por diluir su singularidad narrativa.

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En esta columna de análisis, se desmenuzan los dilemas de un partido que posee estructura y gestión, pero que enfrenta el desafío urgente de reconciliar el republicanismo político con las demandas actuales de libertad económica y modernización, si es que pretende evitar el camino hacia la irrelevancia.

La columna completa de Sergio Bruni

El radicalismo frente al espejo: reinventarse o desaparecer

Sergio Bruni.

Cada cierto tiempo, la Unión Cívica Radical vuelve a discutir su destino. Y no es casual que ocurra nuevamente ahora, con encuentros, conversaciones y reapariciones públicas de dirigentes de larga trayectoria como Ernesto Sanz, Mario Negri, Jesús Rodríguez y otros referentes que intentan reconstruir un horizonte para un partido que todavía conserva estructura territorial, tradición institucional y presencia nacional, pero que desde hace años parece haber perdido capacidad de enamorar políticamente a la sociedad.

La pregunta de fondo no es solamente electoral. No se trata únicamente de saber si la UCR puede volver a competir por la Presidencia. El interrogante verdadero es mucho más profundo: ¿todavía existe una razón histórica para el radicalismo como partido nacional o la gran misión de la UCR ya se cumplió con la consolidación democrática iniciada en 1983?

Porque hay algo difícil de negar: gran parte de la identidad histórica radical quedó asociada a la recuperación y consolidación de la democracia. Y esa tarea tuvo un nombre inevitable: Raúl Alfonsín. Alfonsín no solo ganó una elección. Encarnó la salida ética, institucional y democrática después de la dictadura militar. La idea de “democracia para siempre” terminó convirtiéndose quizás en el mayor legado político de la UCR en toda su historia. Y allí aparece una paradoja notable: el radicalismo tuvo tanto éxito en esa batalla histórica que parte de su identidad terminó absorbida por el consenso general de la sociedad argentina.

Durante décadas, defender la democracia, las instituciones y las libertades públicas distinguía claramente al radicalismo de otros espacios. Pero una vez estabilizado ese consenso democrático, la UCR comenzó lentamente a perder singularidad narrativa. Lo que antes era una bandera diferencial pasó a convertirse en un valor compartido por casi todo el sistema político.

Desde entonces, el radicalismo parece atrapado en un laberinto sin salida: posee historia, estructura y dirigentes formados, pero le cuesta construir una nueva promesa de futuro. La política cambió drásticamente y el radicalismo, en muchos aspectos, siguió hablando desde otra época.

La Argentina actual premia liderazgos emocionales, discursos directos, simplificación política y confrontación permanente. El ecosistema digital y mediático aceleró todavía más esa lógica. Hoy la política se consume con velocidad, indignación y personalismo. En ese escenario, la tradición deliberativa, institucional y gradualista de la UCR suele aparecer desfasada frente a sociedades cansadas, empobrecidas y cada vez más impacientes.

Quizás por eso el radicalismo terminó convertido muchas veces en un partido indispensable para armar coaliciones, pero cada vez menos capaz de liderarlas. Conserva intendentes, legisladores, gobernadores y territorialidad, pero perdió centralidad emocional.

Y ahí aparece tal vez la discusión más áspera de todas, la que probablemente los dirigentes radicales todavía no terminan de asumir del todo: ¿no debería el radicalismo revisar también su matriz económica e ideológica para adaptarse al nuevo clima de época?

Porque buena parte de la identidad radical de las últimas décadas quedó muy asociada a las corrientes socialdemócratas que dominaron el pensamiento político occidental, especialmente desde los años 80. El alfonsinismo, influido por aquellas corrientes, construyó una mirada centrada en el Estado como articulador social, la defensa de derechos y cierta sensibilidad progresista democrática que, en ese contexto histórico, tenía plena lógica.

Pero el mundo cambió.

La crisis fiscal crónica de la Argentina, el agotamiento del estatismo, el peso insoportable de la burocracia, la presión impositiva y el fracaso recurrente de modelos económicos intervencionistas modificaron profundamente la percepción social sobre el rol del Estado y la economía. Amplios sectores sociales —especialmente jóvenes y clases medias agotadas— comenzaron a mirar con menos prejuicios ideas vinculadas a la libertad económica, el mérito, la competencia y la reducción del aparato estatal.

Y es justamente allí donde el radicalismo parece enfrentar una discusión doctrinaria que evita dar abiertamente. Porque quizás el nuevo radicalismo debería comenzar a recuperar algo que estaba presente incluso en sus propios orígenes históricos. Leandro N. Alem no representaba una tradición socialista ni estatista en el sentido contemporáneo. Existía en Alem una fuerte reivindicación de las libertades individuales, de la limitación del poder concentrado y de una concepción republicana donde el Estado no debía asfixiar la iniciativa social ni económica.

En ese escenario de búsqueda y redefinición, comienza también a emerger una figura que muchos dentro del radicalismo observan con atención: Maximiliano Pullaro. Gobernador de Santa Fe, relativamente joven para los estándares de conducción histórica de la UCR y con fuerte legitimidad electoral, Pullaro parece expresar algunas características que el radicalismo nacional necesita recuperar si pretende construir futuro: gestión, decisión política, volumen territorial y capacidad de interpretar un clima social más exigente en materia de orden, eficiencia estatal y modernización.

A diferencia de otros perfiles radicales más asociados exclusivamente a la nostalgia institucional, a los viejos caudillismos o a un discurso excesivamente académico, Pullaro proyecta una síntesis distinta: mantiene raíces en la tradición republicana radical, pero al mismo tiempo muestra una agenda más pragmática, menos atada a los marcos ideológicos de los años 80 y más conectada con demandas contemporáneas vinculadas a seguridad, administración y desarrollo económico. Quizás allí aparezca una pista de hacia dónde podría evolucionar la UCR si realmente busca reconstruirse como alternativa nacional: un radicalismo menos defensivo, más moderno, con mayor comprensión del nuevo clima cultural y capaz de combinar institucionalidad democrática con una mirada económica más dinámica y realista.

Tal vez allí exista un punto de reencuentro posible entre tradición radical y clima de época.

No se trataría de abandonar la mirada humanista, reformista y social que históricamente tuvo la UCR. Mucho menos de renunciar a la sensibilidad democrática o a la defensa de la movilidad social ascendente. Pero sí de comprender que las categorías económicas y culturales de principios de los años 80 ya no alcanzan para interpretar una sociedad profundamente transformada.

Porque uno de los problemas del radicalismo contemporáneo es que muchas veces sigue hablando desde un lenguaje político moldeado hace cuarenta años, mientras buena parte de la sociedad discute otras angustias: presión impositiva, asfixia regulatoria, precarización económica, falta de crecimiento, decadencia educativa y ausencia de oportunidades reales de progreso individual. En otras palabras: quizá el radicalismo necesite reconciliar republicanismo político con modernización económica.

Y esa discusión no necesariamente debería ser vista como una traición doctrinaria. Podría ser, por el contrario, una actualización histórica de sus propios principios fundacionales. Un radicalismo que combine institucionalidad democrática, humanismo social y una defensa más clara de las libertades económicas tal vez tendría mayores posibilidades de reconstruir identidad frente a una sociedad que ya no responde automáticamente a los viejos esquemas ideológicos del siglo XX.

De hecho, el ascenso de Javier Milei expuso brutalmente ese vacío. Más allá de acuerdos o desacuerdos con su figura, Milei logró interpretar un clima cultural que los partidos tradicionales —incluida la UCR— no vieron a tiempo: el agotamiento social frente al fracaso económico acumulado y la creciente desconfianza hacia el Estado como solución automática para todos los problemas.

Y allí aparece otro dilema para el radicalismo. Si intenta competir únicamente desde la nostalgia democrática o desde la reivindicación de un pasado institucional glorioso, probablemente seguirá perdiendo centralidad. Pero si logra reinterpretar su tradición histórica desde una nueva síntesis —más moderna económicamente, más conectada con las demandas de autonomía individual y menos atada a viejos reflejos estatistas— quizás todavía conserve margen para reconstruir una alternativa nacional competitiva.

Claro que eso exigiría algo difícil: abandonar ciertas zonas de comodidad identitaria.

Porque el radicalismo muchas veces parece debatirse entre dos tentaciones igualmente peligrosas. Por un lado, convertirse en un simple administrador moderado dentro de coaliciones ajenas. Por otro, refugiarse en una melancolía doctrinaria incapaz de dialogar con las transformaciones culturales actuales.

Tal vez por eso el verdadero desafío no sea solamente electoral sino filosófico. La pregunta no es únicamente quién conducirá la UCR o qué estrategia de alianzas adoptará. La discusión central es si el radicalismo está dispuesto a redefinir profundamente qué significa hoy ser radical en la Argentina del siglo XXI.

Y quizás ese sea precisamente el debate que deberían darse dirigentes como Sanz, Negri, Jesús Rodríguez y tantos otros que buscan imaginar un nuevo horizonte para el partido. Porque un partido histórico no desaparece necesariamente cuando pierde elecciones. Empieza a extinguirse cuando deja de interpretar el tiempo que le toca vivir.

Y acaso el radicalismo todavía esté a tiempo de evitar eso, pero únicamente si logra comprender que honrar su historia no significa quedar atrapado dentro de ella.

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