Una conversación con el destacado escritor Danilo Albero acerca de su nueva obra «Hipervínculos», el valor de las notas al pie y la resistencia del pensamiento analítico en la era de las pantallas.
Son tiempos de velocidad de los algoritmos y superficialidad en las interacciones digitales. Tal vez justamente por ello, la literatura y el pensamiento crítico se enfrentan al desafío de rescatar los hilos invisibles que conectan el saber universal. No nos quejemos más: ya sabemos que las pantallas han modificado sustancialmente nuestra relación con la memoria, ya que hoy dependemos de dispositivos externos para recordar datos elementales, como los teléfonos de familiares y amigos cercanos, a la vez que nos acostumbramos a que la información nos sea entregada de forma masticada y efímera.
Hemos suplantado la búsqueda de textos, por ejemplo, que nos hagan felices, por el placer corto y áspero del scrolleo.
Ante este panorama, el regreso a las formas clásicas de lectura y escritura se constituye no solo como un ejercicio nostálgico, sino como un acto de verdadera resistencia cultural.
A raíz del lanzamiento de su nuevo libro, «Hipervínculos», mantuvimos una enriquecedora charla con el destacado escritor Danilo Albero, ese escritor, librero y hombre culto que contagia cultura que nació en Mendoza y se mudó al vecindario de las oficinas de Dios que, como ya sabemos, «atiende en Buenos Aires».
En su obra puede descubrirse una trayectoria inconmensurable en los libros de cuentos Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga-.
Su aporte no concluyó allí, ya que ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo ( El conventillo, Simurg, 1997) que será reeditado en versión corregida y ampliada, Machado de Assis ( Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001) y Rubem Fonseca, y del inglés a Ernest Hemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.
La charla sobre sus «Hipervínculos», el nuevo libro
A lo largo del diálogo, el autor reflexiona sobre los puentes que existen entre el papel y el entorno digital, comparando la moderna navegación por la web con la antigua tradición medieval de los copistas y la técnica de las notas al pie de página que inmortalizaron teóricos como Erwin Panofsky. Con una mirada incisiva, Albero se define a sí mismo como un «contador de historias» que prefiere el lápiz, la goma y la estilográfica para dar forma a borradores donde se mixturan la erudición y las vivencias cotidianas.
La conversación no elude la crítica hacia la toxicidad de las redes sociales contemporáneas ni la preocupante tendencia de las multitudes a disipar la potencia del conocimiento humano en posteos insulsos. Sin embargo, lejos de adoptar un tono apocalíptico, el escritor reivindica el libre albedrío del lector y celebra la vigencia de los textos que desafían las lógicas del conformismo cultural.
El libro es sabroso, denso; invita al vicio de la lectura: es «dulce de leche» para comer de a cucharadas, como pude decirle al autor como «fast crítica» en su momento. Y debe ser leído como a cada quien le guste más: de corrido o como en una rayuela, salteando, escogiendo, dejando lo más curioso para después.
A continuación, compartimos la entrevista completa con un creador que invita a recuperar la profundidad en tiempos de dispersión permanente.
– Así como las personas en este tiempo, en promedio, no recordamos el número telefónico siquiera de los seres más cercanos y es necesario tener un dispositivo a mano para recordarlos, a pesar de su importancia, ¿puede ser que en el mundo de las pantallas, hasta en lo literario se haya hecho fundamental recurrir a los hipervínculos para hallar a mano lo que una memoria repleta de flashes y recuerdos de duración efímera (cuando no, erróneos, confusos, tergiversados)?
– Sí, creo que hoy en día hasta en lo literario se hace necesario su uso. Me formé en “otra” escuela de hipervínculos, como cuento en “Refucilos y aznares”, en mi libro: el Pequeño Larousse Ilustrado primero y, años después, la Espasa Calpe. Es más, de chico empecé a leer la parte de historia y geografía del Larousse con ánimos de leerla toda del principio al fin. Honeychile Raider, el personaje femenino de Satánico doctor No, hacía lo mismo con la Enciclopedia Británica. Por otra parte, me jacto de mi memoria y hace más de veinte años que llevo un diario personal, de él rescaté parte de los datos e historias que publico en “Hipervínculos”. Desde hace añares clickeo hipervínculos cuando leo diarios y revistas por internet.
– ¿Qué busca con sus textos de este nuevo libro, escrito como se escribían los libros prepantallas? ¿Desafiar al lector a que indague en lo profundo de sus recuerdos? ¿Hacerle quedar en ridículo ante la apabullante información suministrada y lo superficial de esta época? ¿Volver a enamorarlo de las buenas cosas que se han escrito a lo largo de la historia? ¿Qué?
– Los libros “prepantallas” como dices ya tenían otro tipo de hipervínculos, las notas al pie (que muchos editores, por razones de costos, llevan al final del libro con lo cual le quitan espontaneidad a la consulta aclaratoria; deberían ser quemados en hogueras inquisitoriales). Las notas al pie, a su vez, se remontan a la edad media cuando, copistas y comentaristas añadían, al margen, explicaciones y comentarios. Uno de mis escritores fetiche (he leído todos sus libros) Erwin Panofsky (historiador de arte, y experto de iconografía) desarrolló la técnica de “leer” obras de arte. Panofsky usaba de la nota al pie dándole el valor del actual hipervínculo donde, muchas veces, en el medio de un artículo en la web, un link lleva a otro y a otro y a otro antes de retomar la nota inicial. En el caso de Panofsky, ocurre que una nota al pie se extiende en más de una página y dirección y se relaciona con otra anterior o posterior.
– El trabajo constante de escribir volcado a una página web, como instancia previa a su definitiva consagración impresa, ¿ha ayudado a tender un puente entre pantallas y papel, volviendo sobre lo exquisito y sin necesitar de la demagogia de lo simple y fácil? ¿Ha creado la costumbre de “una pantalla de papel”?
– En mi caso ocurre así. Por lo general, dada una idea o evocación, comienzo trabajando el borrador original escribiendo a mano; soy de una especie en extinción que usa lápiz y goma o estilográficas de tinta. Ese primer esbozo lo hago con la pantalla encendida a modo de diccionario y fuente de consulta, así el trabajo se retroalimenta.
– Se percibe claramente en su trabajo la amplia base literaria y filosófica que posee, pero ¿halla en autores de hoy algún tipo de refugio? ¿En cuáles por ejemplo?
– Uf, me la pones difícil. Lecturas, todas las que se me crucen (desde Corín Tellado al diccionario de María Moliner), énfasis en mitología, desde el Gilgamesh hasta Ovidio, autores clásicos y del Siglo de Oro hasta la época dorada de las novelas y libros de ficción, el siglo XIX, cuando los libros venían precedidos a su lanzamiento por capítulos en folletines semanales. Devoro todo lo que sea historia y cultura desde la Primera Guerra Mundial hasta la Guerra Fría, esta última con las novelas de James Bond (escritas en simultaneidad con acontecimientos del momento) como epítome y acmé de su época y momento. Muchos autores contemporáneos (entre otros: Joyce, Proust y Virginia Woolf. Siguiendo con los más recientes: Matías Énard, Sebald, Julian Barnes, Martin Amis, Percival Everett, Kazuo Ishiguro, todo lo de Vasili Grossman y el historiador Antony Beevor; de los latinoamericanos: Cabrera Infante y autores del Boom Latinoamericano, Silvina Ocampo y Leonardo Padura); de Borges a Fogwill y pocos argentinos contemporáneos.
– ¿Qué rol le resulta más apropiado para identificarlo con su libro Hipervínculos? ¿Es el de escritor? Porque se descubre, además, a un divulgador capaz de conquistar nuevas mentes y distraerlas -misión sagrada en este tiempo- de lo instantáneo o pasatista.
– Simplemente soy un contador de historias, al que le gusta mezclar sus registros de lectura, entre lo erudito y popular, con vivencias cotidianas, no escribo “fácil” para buscar likes, que cada lector se haga cargo. Durante la cuarentena del covid por ejemplo, fue cuando tomé la decisión de recopilar y reescribir historias que, desde 2015, venía publicando semanalmente en mi página web. Tuve la suerte de que Hugo Levín, dueño de la editora Hugo Benjamín, se interesara por publicarlas. Vicente Battista fue quien me animó a hacerlo y aceptó prologar el libro.
– Si consideramos sagrado al bagaje cultural que la humanidad posee y, entonces, una deidad que nos contiene, ¿son las redes sociales el “anticristo”? ¿O se lo podrá domar en favor de profundizar y ampliar la receptividad de conocimientos?
– Considero a muchísimas redes sociales tóxicas. En los tres últimos años he perdido, o me he distanciado, de un par de amigos por postear notas periodísticas que contrariaban sus opiniones. En vez de una charla personal, o un e-mail, se limitaban a escuetos comentarios. Las redes sociales son enemigas del diálogo y acaban por eliminarlo simplificándolo en “likes” o breves observaciones. Por otra parte, levantan de la nada o hacen desaparecer a influencers. Sin contar con que viralizan sus pavadas (inclusive en la prensa seria). ¿Cuántos recuerdan hoy a los “therians”?, que hasta un par de meses eran la noticia que competía con la guerra de Ucrania o el genocidio de Gaza. A modo de ejemplo no supe de ninguno de ellos que se identificara con un pájaro o pez.
Como soy ateo y agnóstico no creo ni en Cristo ni en su “anti”. Sí que hoy un celular de última generación tiene más potencia que las computadoras que usaron los primeros astronautas. Con ellos en la mano tenemos la “Biblioteca de Babel” borgeana. Todo el saber universal pulsando botones. Pero si vemos a la gente en transportes públicos o salas de espera, se la ve bobeando con posteos insulsos. En mi artículo “En el subterráneo con Mussorgski” hablo de este tema. No obstante todas las noches, antes de dormir, veo los diez minutos de los videos de Instagram “Museo Prado” y su par de la National Gallery.


