COLUMNISTAS INVITADOS. El Dr. Eduardo Da Viá desglosa cómo una estructura lingüística aparentemente inofensiva —el modo condicional— se convierte en la herramienta predilecta de la maledicencia. Un agudo análisis sobre el uso del «potencial» como motor de la calumnia en el escenario político y social.
«Habría ocurrido», «sería el responsable», «estaría involucrado». En el lenguaje cotidiano, y con especial virulencia en el fragor de las contiendas electorales, el modo condicional suele funcionar como un escudo de impunidad. Bajo la apariencia de una simple hipótesis gramatical, este tiempo verbal esconde, a menudo, la semilla de la sospecha y el descrédito.
En la siguiente columna, el Dr. Eduardo Atilio Da Viá propone un recorrido que va desde la precisión de la sintaxis hasta la psicología de las masas. Con la mirada puesta en los procesos electorales universitarios de este marzo de 2026 y rescatando piezas fundamentales de la cultura universal —desde las crónicas de la revista Primera Plana hasta la genialidad operística de Gioachino Rossini—, el autor advierte sobre el peligro de «echar a rodar la piedra» de la duda. Una reflexión necesaria sobre la responsabilidad de la palabra en una sociedad donde la brisa del rumor suele terminar en el estallido de un cañón.
La columna completa del Dr. Eduardo Da Viá
El poder destructivo del condicional
Para un mejor entendimiento, dado que al condicional que me refiero es al modo verbal, llamado también potencial, he aquí un breve resumen desde el punto de vista gramatical:
En sintaxis, la prótasis es una oración subordinada que forma parte de una oración condicional.
Más concretamente, una oración condicional mínima está formada por la prótasis y su apódosis. La prótasis introduce el supuesto, la hipótesis, cuya conjunción más frecuente en español es si, mientras que la apódosis indica la consecuencia o el resultado de lo expresado por la condición.
El consecuente o apódosis, en algunos contextos, es la segunda mitad de una proposición hipotética. Completa el sentido de lo expuesto que se planteó inicialmente en la prótasis.
Aclarados los términos desde la ciencia lingüística, en definitiva el uso de este modo verbal, tanto en su forma simple como en la compuesta con el agregado del verbo haber; ejemplos de potencial simple: sería; del compuesto: habría sido, son a mi juicio formas introductorias de la duda, la sospecha o la probabilidad.
Es un modo o tiempo verbal muy utilizado en la llamada murmuración o maledicencia.
En cualquiera de sus formas, murmuración, difamación o calumnia, la Maledicencia es, probablemente el arma más dañina que puede el hombre esgrimir en cuanto ser social. La primera de sus variantes, la murmuración, es tan frecuente que casi pasa desapercibida tanto cuando se la comete como cuando se la escucha, y quien la transmite suele comenzar con la famosa expresión “me pasaron un chimento”, como una prueba de confianza o de supuesta amistad.
Para que la maledicencia sea tal, se requiere un efector (quien la produce), un escucha y un destinatario o víctima. Suele ser inocente, es decir sin intención de causar daño, pero difundida irresponsablemente sin advertir la posibilidad de causarlo; o bien aviesamente emitida con la clara intención de desacreditar a una persona, frecuentemente utilizada en política, y más en tiempos de elecciones, en cuyos prolegómenos universitarios nos encontramos. Aquí es donde entra en juego la difamación, entendiendo por tal la divulgación mal intencionada de particularidades de la personalidad o de la conducta íntima de la víctima, de su estricto ámbito privado e irrelevantes para su buen accionar público actual, como funcionario en vigencia, o futuro, como candidato a ser elegido en cercanos comicios.
Este despreciable vicio, es demás cobarde, por cuanto para que sea maledicencia, debe necesariamente partir de las sombras, entre bambalinas y acompañado del clásico gesto de taparse parcialmente la boca con la mano, cercano al escucha y con la mirada dirigida hacia los alrededores en una falsa actitud de privacidad.
A nivel de programas de noticias televisivos, el potencial o condicional tal vez sea el modo verbal más utilizado, en especial cuando se trata de la famosa “Primicia”.
Admito que no siempre son malintencionadas, dado que cumplen con la tarea de advertir al lector de una posibilidad concreta del acaecer de una acción, hallazgo, o situación delictiva o al menos nociva para la población.
Y para ejemplificar lo recién expresado, no es lo mismo decir que fulano sería el secuestrador de tal niño, a expresar que el mosquito capturado en Mendoza en los alrededores de la zona de descarga cloacal, sería de los que transmiten el Dengue.
El habitual maremágnum de difamaciones entre adversarios políticos en épocas de elecciones, está plagado de condicionales sugiriendo soterradamente antecedentes descalificadores para el rival de que se trate.
La atribución de infidelidades amorosas es propia del nefasto jet set, ora como envidiables, ora como destructoras de una relación aparentemente estable e ignorante del supuesto “desliz”.
La consabida solicitud de no repetir lo que acaba de escuchar de la boca de su amigo o conocido, es el mejor acicate para el escucha de difundirlo prestamente. En ese caso, al ir pasando de boca en boca, tarde o temprano pasa de ser una sospecha a la categoría de hecho consumado: − ¿viste que fue el tío el secuestrador de la nena?−
Con esa actitud, no sólo miente y descalifica sino que se erige como el dueño de la verdad, lo que en ciertos círculos lo prestigia.
Una vez echada a rodar la piedra del potencial, es muy difícil detenerla, por cuanto a los humanos les encanta ser poseedores de supuestos secretos que enlodan al prójimo.
Tres son en realidad los vicios que adolecemos los humanos en cuanto seres sociales: Murmuración, Difamación y Calumnia.
Las tres expresadas generalmente en potencial simple o compuesto y de uso harto común por los políticos argentinos.
Para finalizar, una reflexión que me pareció adecuada para refrendar mis palabras, tomada de la «Calumnias argentinas»; Revista Primera Plana, 2 de junio de 1964, págs. 32-33.
“Tal como sucede en los países importantes, la mayoría de los hombres que han sacudido el statu quo en la Argentina –desde la Revolución de Mayo hasta nuestros días– se convirtieron en blanco de las calumnias más ingeniosas y persistentes. Aparentemente, no basta con inventarles a los próceres bellas frases póstumas, sino que también es necesario vestir sus imágenes con algunos toques de humana debilidad, tales como algún affaire sexual, alguna coima, algún asesinato. Los psicólogos explican que ese es el precio que los grandes hombres deben pagar por el hecho de emerger de entre las cabezas de la multitud; la masa puede amarlos pero, por paradójico mecanismo de compensación, debe también denigrarlos. Trazar una historia de la injuria como arma política en la Argentina es, entonces, casi tan complicado como reseñar toda la historia del país”.
La secuencia habitual de la murmuración queda bellamente expresada mediante esta expresión poética, lírica en este caso, es el aria de La Calumnia, correspondiente a la genial ópera bufa de Rossini, El Barbero de Sevilla.
El aria es una obra de arte per se, puesto que mediante la incomparable música de Rossini, realza soberbiamente el efecto de cada frase con el uso magistral del crescendo, describiendo los cambios de la calumnia desde su nacimiento, a saber: desde un vientecito que apenas se mueve hasta el más estruendoso disparo de cañón. Después, con la maestría rossiniana aplicada al aria, se presenta el efecto de la calumnia en el pobre calumniado
La calumnia es un vientecillo,
una brisita muy gentil,
que imperceptible, sutil,
ligeramente, suavemente,
comienza…
… Una vez fuera de la boca
el alboroto va creciendo,
toma fuerza poco a poco
vuela ya de un lugar a otro;
parece un trueno, una tempestad…
… Al final se desborda y estalla,
se propaga, se redobla
y produce una explosión,
¡como un disparo de cañón…!
… Y el infeliz calumniado,
envilecido, aplastado,
bajo el azote público podrá
considerarse afortunado si muere.
Y toda esta trágica sucesión de maldades, mediadas por uno más condicionales, pronunciados quizás al pasar o peor aun deliberadamente.
- Ilustración de la nota: Sandro Botticelli – La calumnia de Apelles – 1495 (Galería de los Uffizi, Florencia)
