En esos términos se expresó en las redes el francés Brivael Le Pogam. l mea culpa de un emprendedor tecnológico francés desnuda el origen de la corrección política radical: un virus filosófico nacido en los cafés de París, financiado por la culpa norteamericana y diseñado para desmantelar los pilares del pensamiento occidental.
Hay que reconocerle algo a la intelectualidad francesa: cuando deciden arruinar el mundo, lo hacen con una elegancia que roza lo sublime. No usan burdos ejércitos ni toscas censuras estatales. Les basta con un puñado de filósofos aburridos en los cafés de la Rive Gauche, un idioma que suena a poesía incluso cuando destila nihilismo, y la infinita capacidad anglosajona para fagocitar culpas ajenas.
El mea culpa que el emprendedor tecnológico Brivael Le Pogam ha lanzado recientemente en sus redes sociales no es solo un tuit viral; es una autopsia lúcida —y brutalmente necesaria— del estado de coma intelectual en el que se encuentra Occidente. Su tesis es tan provocadora como incontestable: el «wokismo», esa religión laica de la sospecha que hoy gobierna los departamentos de Recursos Humanos de las multinacionales y los campus universitarios, no nació en una comuna hippies de California. Nació en los pasillos de la Sorbona. Es el hijo bastardo de la French Theory.
Para entender el tamaño del desastre, hay que mirar las ruinas del post-68. Mientras el mundo admiraba a Francia por Descartes o Tocqueville, las aulas parisinas criaban a una tríada demoledora: Foucault, Derrida y Deleuze. Tres mentes brillantes que, jugando a la provocación académica, dinamitaron los tres pilares de cualquier civilización funcional: la verdad, el sentido y la ley.
El juego era divertido en los años 80, claro. ¿Qué podía salir mal al decir que la ciencia es solo un «disfraz del poder» o que el autor ha muerto? Nada, mientras te tomes un café au lait en París. El problema es que el juguete cruzó el Atlántico.
Al llegar a las universidades de la Ivy League (Yale, Berkeley, Columbia), ese escepticismo chic francés se topó con el caldo de cultivo perfecto: el puritanismo norteamericano y su insaciable necesidad de culpa racial e identitaria. Los académicos estadounidenses, siempre tan necesitados de un marco teórico sofisticado para procesar sus propios traumas históricos, absorbieron el veneno. Judith Butler leyó a Foucault y disolvió el sexo biológico en el «género performativo». Edward Said lo usó para inventar el poscolonialismo de manual. Kimberlé Crenshaw lo empaquetó todo bajo el rótulo de la «interseccionalidad».
El software parisino mutó en el virus de la cancelación. La matriz francesa original —»no hay verdad, solo relaciones de poder»— devino en el dogma contemporáneo donde toda jerarquía es opresiva, toda institución es sospechosa y toda minoría es, por definición, santa, mientras la mayoría es inherentemente culpable. El resultado está a la vista: una civilización paralizada, incapaz de definir qué es una mujer, de defender su propia historia o de distinguir un hecho de una simple opinión ofendida. Nos enseñaron a deconstruir todo, pero se olvidaron de enseñarnos cómo demonios se construye algo.
La disculpa de Le Pogam, sin embargo, no es un lamento pasivo. Es un manifiesto de ruptura. Al final del día, el antídoto al nihilismo francés no vendrá de los departamentos de literatura ni de los comentaristas de televisión, sino de los constructores. Es en Silicon Valley, en los laboratorios de inteligencia artificial, en las startups y en los talleres donde se está librando la verdadera contrarrevolución. Allí donde la gente todavía fabrica cosas reales en lugar de desmantelar conceptos abstractos.
Occidente sobrevivirá solo si recupera la audacia de creer que la verdad existe, que el mérito es real y que la belleza no es un constructo opresivo, sino algo digno de ser admirado y transmitido. A los deconstructores ya les dimos demasiada atención y demasiado presupuesto. Es hora de pedir perdón, cerrar el libro de Foucault y ponerse a trabajar.
Transcripción textual del planteo de Brivael Le Pogam en X/Twitter:
«Quiero presentar mis disculpas, en nombre de los franceses, por haber dado a luz a la Teoría Francesa (que ha dado a luz a la peor de las mierdas ideológicas: el wokismo).
Hemos dado al mundo a Descartes, Pascal, Tocqueville. Y luego, en las ruinas intelectuales del pos-68, hemos dado a Foucault, Derrida, Deleuze. Tres hombres brillantes que han fabricado, en la elegancia de nuestra lengua, el arma ideológica que hoy paraliza a Occidente.
Hay que entender lo que hicieron. Foucault enseñó que la verdad no existe, que solo hay relaciones de poder disfrazadas de saber. Que la ciencia, la razón, la justicia, la institución médica, la escuela, la prisión, la sexualidad, todo es solo una puesta en escena de la dominación. Derrida enseñó que los textos no tienen un sentido estable, que todo significante resbala, que toda lectura es una traición, que el autor está muerto y que el lector reina. Deleuze enseñó que hay que preferir el rizoma al árbol, el nómada al sedentario, el deseo a la ley, el devenir al ser, la diferencia a la identidad.
Tomados aisladamente, son tesis discutibles. Combinadas, exportadas, vulgarizadas, forman un sistema. Y ese sistema es un veneno.
Porque esto es lo que pasó. Estos textos, ilegibles en Francia, cruzaron el Atlántico. Los departamentos de Yale, de Berkeley, de Columbia los absorbieron en los años 80. Encontraron allí un terreno que no existía en casa: el puritanismo americano, su culpa racial, su obsesión identitaria. La Teoría Francesa se casó con ese sustrato, y el hijo de ese matrimonio se llama wokismo.
Judith Butler lee a Foucault e inventa el género performativo. Edward Said lee a Foucault e inventa el poscolonialismo académico. Kimberlé Crenshaw hereda el marco e inventa la interseccionalidad. En cada paso, la matriz es francesa: no hay verdad, solo hay poder, por lo que toda jerarquía es sospechosa, toda institución es opresiva, toda norma es violencia, toda identidad es construida y por tanto negociable, toda mayoría es culpable.
Así es como tres filósofos parisinos, que probablemente nunca imaginaron sus consecuencias prácticas, han proporcionado el software de explotación a toda una generación de activistas, de burócratas universitarios, de responsables de recursos humanos, de periodistas, de legisladores. Así es como hemos obtenido una civilización que ya no sabe decir si una mujer es una mujer, si su propia historia merece ser defendida, si el mérito existe, si la verdad se distingue de la opinión.
Es una mierda por una razón simple, y hay que decirla con calma. Una civilización se sostiene sobre tres pilares: la creencia de que existe una verdad accesible a la razón, la creencia de que existe un bien distinto del mal, la creencia de que existe un legado que transmitir. La Teoría Francesa se ha propuesto dinamitar los tres. No por maldad. Por juego intelectual, por fascinación por la sospecha, por odio a la burguesía que los había nutrido. Pero el resultado está ahí. Toda una generación ha aprendido a deconstruir y nunca ha aprendido a construir. Toda una generación sabe sospechar y ya no sabe admirar. Toda una generación ve el poder en todas partes y la belleza en ninguna.
Me disculpo porque nosotros, los franceses, tenemos una responsabilidad particular. Es nuestra lengua, nuestras universidades, nuestros editores, nuestro prestigio los que han dado a ese nihilismo su empaque chic. Sin la legitimidad de la Sorbona y de Vincennes, esas ideas nunca habrían cruzado el océano. Hemos exportado la duda como otros exportan armas.
Lo que se construye ahora, en Silicon Valley, en los laboratorios de IA, en las startups, en los talleres, en todos los lugares donde la gente aún fabrica cosas en lugar de deconstruirlas, es la respuesta. Una civilización se reconstruye por los constructores, no por los comentaristas. Por aquellos que creen que la verdad existe y que vale la pena consagrarse a ella. Por aquellos que asumen una jerarquía de lo bello, lo verdadero, lo bueno, y que no tienen vergüenza de transmitirla.
Entonces, perdón. Y al trabajo.»
Bonus: Los argumentos de David Rieff, el hijo de Susan Sontag, contra el desmadre del wokismo
Esta entrevista fue publicada ada por La Vanguardia en España:
El analista político y periodista estadounidense publica ‘Deseo y Destino’, una crítica al “moralismo woke” de la cultura contemporánea
Al analista político, corresponsal de guerra y crítico cultural David Rieff (Boston, 1952) no le importa incomodar, ni mucho menos cuestionar las modas intelectuales. En su último libro, ‘Deseo y destino: lo woke, el ocaso de la cultura y la victoria de lo kitsch’ (Debate), se despliega sobre la “ortodoxia moralista” y su “aplanador” efecto sobre la sociedad contemporánea. Un compilado de ensayos que interrogan la ideología woke y su comprensión “simplista” de la alta cultura. “Si las humanidades fueran una empresa de cereales para el desayuno, podrían traducir lo woke como ‘Sabe bien’ y ‘Es bueno para usted’”, describe en tono sarcástico en una de sus reflexiones.
Hijo de la novelista Susan Sontag y el sociólogo Philip Rieff, el periodista es heredero de una tradición familiar marcada por la palabra. Este domingo estará en Segovia para participar en el Hay Festival. Por ahora, al otro lado de la pantalla, Rieff se muestra entusiasmado. Cuenta que pronto regresará a Kiev, ciudad en la que reside principalmente desde 2022, para comenzar su siguiente trabajo. “Mi próximo proyecto será sobre la guerra en Ucrania. Voy a regresar a mis raíces”.
-¿Por qué afirma que el wokismo amenaza de forma tan significativa a la cultura?
-Yo creo que lo woke es un peligro cultural bastante específico. Es una guerra contra la gran cultura europea. En caso de que gane, el resultado no sería un millón de muertos, pero vamos a perder esa gran cultura europea en nombre de la justicia y la emancipación de grupos marginados. El wokismo establece que tenemos que dar voz, entre comillas, a los marginados. Por ejemplo, decir que no se lea más a Cervantes, mejor leer un escritor de Guinea Ecuatorial porque Cervantes no representa a los grupos migrantes, o que gane Taylor Swift en vez de Mozart. No es la guerra en Sudán, pero pienso que lo woke y sus diferentes versiones presentan un desafío existencial al destino de la cultura clásica, es un peligro mortal.
-Usted ha sido muy crítico con el papel de las universidades en la perpetuación de lo woke. ¿Qué consecuencias podría haber para la producción de conocimiento?
-En las universidades domina la subjetividad radical. Hay un presentismo en el que no existe un pasado interesante, salvo el pasado victimario. Para mí esto es un golpe fatal a la cultura. Un ejemplo: el poeta inglés T.S. Eliot tenía opiniones antisemitas, y entonces no hay que leerlo porque lo importante no son sus poemas. Que no sea una ‘persona digna’ es más importante que la obra. Para mí, la cultura es un diálogo respetuoso entre el presente y el pasado. Ahora todo debe someterse a la actualidad, a nuestras propias ideas. No puedo imaginar que en dos siglos, si acaso sobrevive la humanidad, vayan a pensar que nosotros hemos tenido valores e ideas ridículas, dañinas o peligrosas.
-¿Se sepulta, como plantea en el libro, bajo la dicotomía de la víctima y el opresor?
-Es borrar todo lo que no nos convenga y que no se acomode a nuestras prioridades, nuestra visión colectiva del mundo y nuestras esperanzas. El ‘woke’ para mí tiene aspectos religiosos porque te ofrece salvar tu vida moral. Por eso creo que no soportan oposición. Es como el catolicismo en Europa antes del siglo XIX. Había que conformarse o había consecuencias.
-En su libro se plantea que el wokismo ha sustituido a la crítica política tradicional. ¿Se ha erosionado la conexión histórica de la política con las clases trabajadoras?
-En Francia, por ejemplo, los partidos de izquierda no representan a la clase obrera. Lo hace el Frente Nacional. La izquierda francesa y los socialistas representan a la burguesía ‘biempensante’. Creo que la misma situación puede ser válida en España. En Inglaterra, Francia y Alemania, los partidos de izquierda pretenden hablar en nombre de la clase obrera, pero sus valores son los valores de una cierta burguesía. En términos culturales, por ejemplo, el lenguaje inclusivo en Argentina surgió de la izquierda peronista y ellos no están tan vinculados con la clase obrera. Lo demostró la victoria de Milei, porque él ganó la mayoría de los votos de esas clases. Para ellos decir mis ‘hijxs’ en vez de hijos e hijas no tiene gran trascendencia.
-¿Seguimos teniendo democracias plenas si se ha perdido la representación?
-Creo que estamos entrando en un mundo más autoritario, incluso en las democracias de Europa y América del Norte. Creo que van ganando las ideas de un capitalismo autoritario, es decir, las de un Donald Trump en Estados Unidos o un Xi Jinping en China. Ahora hay elecciones en casi todos los países, pero hemos aprendido que la democracia es mucho más que elecciones. Veo la desdemocratización de nuestras sociedades y que no estamos a la altura de nuestros desafíos. Es un momento de un gran miedo, los jóvenes tienen un temor absoluto del futuro por el cambio climático. Y vemos también el regreso, entre comillas, de la guerra como un fenómeno central en nuestras vidas.
-Usted menciona que la ideología woke es intolerante con todo, salvo con el capitalismo y las desigualdades de clase…
-Un banco puede aceptar el lenguaje inclusivo sin cambiar lo esencial en su trabajo. El woke solo se imagina marxista. No hay una contradicción entre el woke y el capitalismo, como había en el caso del comunismo o el socialismo radical. También fracasó el socialismo, no hablo de partidos socialdemócratas, pero sí del comunismo en sus versiones como Cuba, la Unión Soviética o China. O son casi todos capitalistas o son desastres. En un mundo donde solo hay capitalismo, desafiarlo es muy difícil.
-El análisis que usted realiza de las tendencias políticas y culturales indicaban la posibilidad de que Donald Trump alcanzara la presidencia, incluso antes de su elección…
-Nadie sabe cómo enfrentar esto y por eso creo que los populismos, tanto de izquierda que de derecha, han triunfado en nuestra sociedad. La victoria de Trump en Estados Unidos, es como si Santiago Abascal hubiera ganado el control del Partido Popular. En Francia, yo creo que la derecha dura o la izquierda dura ganarán las elecciones. No veo otro Macron. Es posible que estas fuerzas no tengan respuestas, pero al menos presentan soluciones, que pueden ser absolutamente falsas y nefastas, pero al menos reconocen que hay una crisis. Donald Trump dijo que iba a reconstruir los Estados Unidos de los años cincuenta del siglo XX. Es imposible.
