miércoles, julio 1, 2026

El negocio de la certidumbre: el fútbol como el último bastión de lo impredecible

COLUMNISTAS INVITADOS. Un agudo análisis del criminólogo Eduardo Muñoz desarmar la aparente oposición entre rituales esotéricos y modelos predictivos algorítmicos durante el Mundial de 2026. Ambos fenómenos, concluye, comparten la misma raíz: el intento humano por controlar el azar.

La Copa del Mundo de 2026 ha vuelto a poner en escena la histórica tensión entre la fe en lo oculto y el rigor de la ciencia estadística. En su columna de opinión, el criminólogo Eduardo Muñoz analiza cómo figuras tan dispares como el brujo ghanés Nana Kwaku Bonsam —quien asegura intervenir activamente en el destino de los futbolistas mediante rituales— y los analistas de datos que corren millones de simulaciones computacionales intentan, en realidad, resolver el mismo conflicto psicológico: la profunda ansiedad que genera la incertidumbre. El autor demuestra que, a pesar de sus metodologías opuestas, tanto el misticismo como la matemática aplicada operan bajo una premisa compartida: la ilusión de que el futuro deportivo puede ser domesticado o conocido de antemano.

Lejos de validar la infalibilidad de alguna de las dos posturas, Muñoz advierte que el verdadero patrimonio del fútbol radica, precisamente, en su resistencia a ser completamente descifrado. Ninguna métrica avanzada de goles esperados (xG) ni ningún trabajo espiritual pueden contener las variables aleatorias de una lesión, un rebote fortuito o la genialidad improvisada de un jugador. Al final, el análisis concluye que el deporte rey funciona como un antídoto contra la arrogancia intelectual y esotérica, recordándonos que la belleza del juego reside en la permanente posibilidad de que ocurra lo improbable.

La columna completa de Eduardo Muñoz

Brujos vs matemáticos: ¿Quién gana en el fútbol impredecible?

Cada Copa del Mundo revive el choque eterno entre magia y ciencia. En 2026, uno de los protagonistas más llamativos no viste camiseta ni dirige desde el banquillo: es Nana Kwaku Bonsam, el brujo ghanés que asegura influir directamente en los resultados a través de rituales y poderes sobrenaturales.

No se limita a vaticinar. Afirma haber «congelado» a Harry Kane antes del partido contra Inglaterra e insiste en que sus trabajos espirituales también determinarán otros cruces, como la eliminación de Argentina ante Cabo Verde y el título de Portugal.

En el otro extremo aparecen los matemáticos, economistas y analistas que, mediante sofisticados modelos y millones de simulaciones, calculan las probabilidades de quién levantará la Copa.

A primera vista, parece un duelo entre superstición y razón. En realidad, ambos intentan aplacar la misma ansiedad humana: la incertidumbre.

Dos maneras de enfrentar lo desconocido

El brujo ofrece certezas rotundas. Mediante rituales, asegura intervenir activamente en el destino de los partidos. Su fuerza reside en la fe y en las creencias colectivas. El matemático, en cambio, no promete certezas, sino probabilidades. Un 25 % de posibilidades de ser campeón no es una garantía, sino una estimación basada en datos.

La diferencia es clara, pero suele ignorarse. Cuando cae el favorito, «los números fallaron». Cuando el brujo acierta, crece su leyenda. En ambos casos actúa el mismo sesgo: recordamos los aciertos espectaculares y olvidamos los errores frecuentes.

Lo que no entra en una ecuación

Los datos son valiosos. Hoy analizamos los goles esperados (xG), el pressing, la carga física y decenas de variables que permiten comprender mejor el juego y tomar decisiones más acertadas. Sin embargo, ningún modelo elimina la incertidumbre. Una lesión inesperada, un rebote caprichoso, un arbitraje polémico o un jugador en estado de gracia siguen escapando a cualquier ecuación. Tampoco los rituales consiguen dominarlos.

En el fondo, el brujo y el matemático venden exactamente la misma promesa: que el futuro puede conocerse o controlarse antes de que suceda.

La última palabra

Ahí reside precisamente la grandeza del fútbol. Si un brujo pudiera decidir resultados a voluntad o un algoritmo acertara siempre al campeón, el deporte perdería su alma. Dejaría de ser el escenario donde lo improbable sigue ocurriendo.

La pelota es el mejor antídoto contra cualquier arrogancia. Humilla con la misma eficacia a quienes confían ciegamente en rituales y a quienes creen que una hoja de cálculo puede explicarlo todo.

La incertidumbre no es un defecto del fútbol. Es su mayor patrimonio. Mientras exista la posibilidad real de que ocurra lo improbable, ni brujos ni algoritmos podrán apropiarse del juego. Al final, como siempre, será la “caprichosa” quien tenga la última palabra.

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