miércoles, julio 22, 2026

El fútbol fue la excusa, las redes hicieron el resto

COLUMNISTAS INVITADOS. El criminólogo Eduardo Muñoz analiza cómo el postpartido de la final entre Argentina y España mudó del césped a la economía de la atención en las redes sociales, donde el odio, los algoritmos y la manipulación digital convirtieron la pasión deportiva en un negocio altamente rentable.

Durante la previa, Argentina y España vivieron una final del mundo como se viven los grandes partidos: con bromas, apuestas entre amigos, discusiones futboleras y ese orgullo inevitable que despierta la camiseta. Nada demasiado diferente a cualquier definición importante.

El cambio llegó después del pitazo final. En cuestión de horas, las redes sociales dejaron atrás el análisis del partido y se transformaron en otro escenario de disputa. Circularon insultos, videos manipulados, imágenes creadas con inteligencia artificial, acusaciones de racismo y campañas de desprestigio. Lo importante ya no era quién había jugado mejor, sino quién conseguía imponer una derrota simbólica al rival.

La final terminó en Nueva Jersey. La confrontación apenas comenzaba en internet.

El partido continúa en otra cancha

España ganó el Mundial y Argentina perdió una final dolorosa. Hace algunos años, esa habría sido la historia completa. Hoy apenas representa el primer capítulo.

El fútbol dejó de terminar cuando el árbitro señala el final. Las plataformas prolongan el partido durante días o semanas, desplazando la discusión desde lo deportivo hacia lo identitario.

El rival deja de ser un seleccionado y pasa a representar aquello que creemos defender: identidad, orgullo e historia. La camiseta deja de vestir solamente a once futbolistas y comienza a cargar emociones, recuerdos y pertenencias. Por eso una crítica puede sentirse como un ataque y una derrota puede adquirir un significado que supera ampliamente al deporte.

Cuando la rivalidad se convierte en negocio

El conflicto no fue impulsado únicamente por usuarios anónimos. Streamers, influencers y figuras mediáticas participaron activamente de la escalada.

Durante la previa, algunos creadores argentinos utilizaron provocaciones contra España como parte del espectáculo (“hay que boludearlos”). Tras la derrota, otros alimentaron discursos de victimismo o conspiraciones. Del lado español, varias celebraciones trascendieron la victoria deportiva para convertirse en una forma de ridiculización del rival, reactivando viejos prejuicios sobre la Argentina.

¿Por qué sucede esto? Porque la indignación funciona.

En la economía de la atención, generar enojo produce interacción, seguidores y visibilidad. Algunos buscan fortalecer comunidades cerradas, otros aprovechan el momento para crecer y algunos convierten la rivalidad en una herramienta de posicionamiento cultural o político. El conflicto deja de ser una consecuencia y pasa a convertirse en un recurso rentable.

El negocio de la indignación

Durante mucho tiempo pensamos que las plataformas digitales existían principalmente para conectar personas. Hoy sabemos que también administran emociones.

Los algoritmos no necesitan crear un conflicto. Les basta con amplificar aquello que genera reacción. La indignación tiene una ventaja sobre la reflexión: se comparte más rápido, genera más respuestas y mantiene a las personas conectadas durante más tiempo.

El fútbol es el escenario perfecto para esa dinámica. Reúne identidad, pasión y millones de personas dispuestas a defender aquello que sienten como propio.

El conflicto se alimenta casi solo.

La FIFA: parte del problema, pero no la causa

Es comprensible la desconfianza hacia la FIFA. Sus decisiones han generado cuestionamientos durante años. El Mundial 2026 dejará ganancias récord cercanas a los 15.000 millones de dólares y estará acompañado de decisiones polémicas que han alimentado debates sobre transparencia y criterios institucionales.

Pero atribuirle la responsabilidad directa por la ola de odio digital es exagerar su influencia.

No hizo falta un plan maestro. Bastaron una derrota dolorosa, una victoria celebrada, millones de usuarios conectados y plataformas que premian las emociones más intensas.

El verdadero problema

El fútbol no genera el odio. Solo lo deja al descubierto.

Una final del mundo concentra como pocos acontecimientos emociones, orgullo e identidad nacional. Las redes sociales y quienes las utilizan para ganar visibilidad transforman esas pasiones en conflictos permanentes porque el enfrentamiento mantiene la atención, y la atención se convirtió en uno de los bienes más valiosos de la era digital.

Lo ocurrido entre Argentina y España no será un episodio aislado. Volverá a repetirse cada vez que una competencia deportiva ponga en juego algo más que un resultado.

Mientras sigamos confundiendo al rival deportivo con el enemigo, las plataformas y quienes viven de alimentar esa tensión seguirán encontrando una oportunidad de negocio.

El fútbol seguirá siendo la excusa.

La responsabilidad de no convertirlo en odio seguirá siendo nuestra.

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