COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Antonio Romeo. Un relato atmosférico sobre la fragilidad de la realidad, donde el pasado y el futuro se entrelazan al compás de un péndulo invisible que marca el fin del camino.
En «Umbral», Antonio Romeo nos sumerge en una narrativa onírica y profundamente inquietante, donde la linealidad del tiempo se desmorona sobre las vías de un ferrocarril olvidado. A través de una prosa precisa y cargada de simbolismo, el autor construye una atmósfera de desolación metafísica en la que un hombre y su perro —figura silenciosa y casi mística— transitan por realidades superpuestas que se transforman al ritmo de un golpe seco y profundo. Este cuento no solo explora la soledad y el destino, sino que invita al lector a asomarse a ese espacio difuso donde los recuerdos se pierden y el mundo, tal como lo conocemos, finalmente se detiene para dar paso a lo desconocido.
El cuento completo de Antonio Romeo
Umbral
La vía muerta crujía como si aún recordara el peso de los trenes. Nadie pasaba por allí desde hacía décadas, pero el hierro seguía latiendo, oxidado y terco, como si el tiempo no hubiera terminado de irse. Él caminaba sin saber desde cuándo. A su lado, el perro. No lo recordaba llegar, pero siempre había estado ahí: oscuro, de ojos quietos, avanzando unos pasos delante, como si conociera el camino. Cada tanto se detenía, miraba hacia atrás y esperaba. Nunca ladraba.
El cielo estaba demasiado limpio, demasiado lleno de estrellas. No era un cielo normal; las constelaciones parecían desordenadas, como si alguien las hubiese sacudido. Algunas titilaban con una intensidad extraña, otras se apagaban y volvían a encenderse en ritmos que no pertenecían a ninguna noche conocida.
Entonces ocurrió otra vez. El sonido: un golpe seco, profundo, como un péndulo invisible atravesando el aire. Y el mundo cambió de posición. La vía dejó de estar oxidada y apareció cubierta de polvo fresco. Los durmientes se alinearon, más firmes, menos quebrados. A lo lejos, por un segundo, creyó ver una luz, como la de un tren que venía. Parpadeó. El perro no; el perro ya estaba más adelante.
—No —murmuró él—. No otra vez.
Pero el péndulo no escuchaba. Nunca lo hacía. Había empezado mucho antes de que pudiera recordar: un tiempo roto o, quizás, demasiado lleno. El pasado y el futuro se mezclaban como capas mal superpuestas. Cada oscilación del péndulo arrancaba un pedazo del mundo y lo reemplazaba por otro; a veces más antiguo, a veces más adelantado, a veces imposible. Una vez vio árboles creciendo entre los rieles, enormes, atravesando el cielo. Otra vez, la vía estaba intacta y el sonido de una estación llena de gente lo rodeaba, pero sin gente visible. Siempre volvía a quedar solo. Salvo por el perro.
El animal avanzó y se detuvo junto a un viejo cartel torcido. Él lo miró: no tenía letras, o quizás las había tenido y el tiempo se las había llevado en alguna de sus sacudidas. Otro golpe. El péndulo. Esta vez el aire se volvió denso. El cielo se apagó a medias, como si alguien hubiera bajado la intensidad de las estrellas. La vía desapareció unos metros más adelante, cortada por una sombra que no pertenecía a ningún objeto.
—¿Qué sos? —preguntó, sin saber si se dirigía al lugar, al tiempo o al perro.
El animal lo miró y, por primera vez, no siguió caminando. Retrocedió un paso, luego otro, como invitándolo a no avanzar. El hombre dudó. Sintió el peso de algo que no podía nombrar, una certeza sin forma: cada vez que seguía, perdía algo. Un recuerdo, una parte de sí, un sentido del tiempo que ya no podía reconstruir. Miró el cielo. Las estrellas ahora se movían lentamente, como si fueran piezas de un mecanismo mayor. Un péndulo. Todo era un péndulo.
—¿Me estás guiando… o me estás reteniendo? —susurró.
El perro no respondió, pero sus ojos reflejaban el cielo entero. Otro golpe, más fuerte, y el mundo se quebró. Por un instante, vio todas las versiones de la vía superpuestas: la abandonada, la activa, la invadida por raíces, la enterrada bajo tierra, la que no existía aún. Y en cada una, una versión de sí mismo caminando, corriendo, detenido, perdido. Y siempre el perro, siempre adelante, siempre esperando.
Cuando el golpe terminó, el silencio fue absoluto. La vía había desaparecido; solo quedaba un terreno plano, oscuro, sin rastro de hierro. El perro estaba allí, quieto, esperándolo. Pero esta vez no avanzó; se sentó, como si el camino, finalmente, hubiera terminado o recién estuviera por empezar. El cielo dejó de moverse. Y el péndulo se detuvo.

