COLUMNISTAS INVITADOS: Escribe el Dr. Eduardo Da Viá. El reciente desafío al Vaticano abre un debate que, para el autor, expone las dinámicas puramente humanas de la jerarquía eclesiástica frente a las necesidades reales de su comunidad.
El fenómeno de las divisiones en la Iglesia Católica vuelve a cobrar vigencia tras la reciente y no autorizada consagración de cuatro obispos por parte del movimiento lefebvrista, un acto que ha desencadenado su excomunión automática y ha reavivado tensiones históricas. En el siguiente artículo, el médico y pensador Eduardo Da Viá ofrece una perspectiva analítica y punzante sobre este nuevo cisma.
Desde una declarada postura agnóstica, anticlerical y respaldada por su formación científica, el autor desmitifica el conflicto teológico para exponerlo como una disputa de poder e institucional entre hombres falibles, cuestionando el rol actual de los dignatarios y rescatando el verdadero motor de la fe: los propios feligreses.
La columna completa de Eduardo Da Viá
Versión actual del cisma lefebvriano
A lo largo de los siglos varios grupos cristianos se separaron de Roma por desacuerdos con las normas impuestas desde el Vaticano.
1 de julio de 2026 La Nación
Todos son cristianos, hijos de la fe nacida en Belén con Jesús y posteriormente personificada en el mundo a través de San Pedro —el primer Papa— en Roma.
Sin embargo, a lo largo de los siglos, profundas diferencias condujeron a cismas y dieron lugar a nuevas denominaciones cristianas junto a la Iglesia Católica: los ortodoxos, los protestantes y los anglicanos, por citar solo algunas de las principales divisiones en la historia de la Iglesia.
La palabra “cisma” proviene del griego antiguo “schisma”, que significa precisamente “separación”: el mismo tipo de separación que los lefebvristas provocaron ahora por segunda vez en menos de cuarenta años.
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En el cristianismo, los cismas se diferencian de las herejías y las apostasías. El cisma es la ruptura de la unidad eclesiástica o de la autoridad, aunque la doctrina pueda seguir siendo sustancialmente la misma. En la herejía hay un rechazo de una doctrina considerada esencial por la Iglesia. En tiempos de la Inquisición, las personas acusadas de herejía tenían los peores castigos. La apostasía consiste en el abandono total de la fe cristiana.
En un abierto desafío al Papa, los lefebvristas consagraron a cuatro obispos y provocaron un nuevo cisma y su excomunión automática. En una ceremonia de cinco horas retransmitida por streaming en seis idiomas, el grupo tradicionalista provocó una nueva ruptura en la Iglesia. La historia se repite y, como sucedió en 1988, pese a los llamados de León XIV a recapacitar y volver sobre sus pasos, los ya cismáticos lefebvristas consagraron este miércoles a cuatro nuevos obispos sin autorización papal, cayendo en una excomunión automática –latae sententiae– y provocando una nueva fractura en la Iglesia Católica.
Cuáles son las diferencias entre lefebvristas y el Papa
Los lefebvristas (miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X) y el Papa discrepan principalmente en la aceptación del Concilio Vaticano II. Mientras el Vaticano promueve la modernización y el diálogo interreligioso, los lefebvristas exigen volver a la doctrina tradicional, generando episodios de grave desobediencia y cisma al ordenar obispos sin autorización papal.
- Rechazo al Concilio Vaticano II: Los lefebvristas se oponen a las reformas implementadas entre 1962 y 1965. En contraste, el Papa y la Iglesia Católica actual consideran que dicho concilio fue necesario para la modernización de la institución.
- Liturgia: El movimiento fundado por el arzobispo Marcel Lefebvre defiende exclusivamente la Misa Tridentina (en latín y de espaldas a los fieles) y rechaza la misa moderna instaurada por el Vaticano.
- Libertad religiosa y ecumenismo: Los lefebvristas critican el diálogo de la Iglesia con otras religiones y su apertura a la libertad religiosa, defendiendo que la única religión verdadera es la católica.
- Autoridad y desobediencia: El conflicto ha escalado a lo largo de las décadas debido a que los lefebvristas instalan parroquias y consagran obispos sin el permiso del Papa, lo que ha provocado severas tensiones y el temor a cismas dentro del catolicismo.
Dejando a un lado las fracturas ocurridas en los primeros años de la historia de la Iglesia —cuando los concilios buscaban resolver disputas doctrinales—, el primer gran cisma fue el de 1054: el “Cisma de Oriente y Occidente”. Este marcó la culminación de tensiones seculares que condujeron a la separación definitiva entre Roma y Constantinopla, así como entre las iglesias latina y griega. Roma afirmaba la primacía universal del Papa, mientras que Constantinopla abogaba por una Iglesia colegial dirigida por patriarcas.
Cinco siglos más tarde, en 1517, Martín Lutero —un monje agustino alemán— rompió con Roma en lo que se conoció como la “Reforma protestante”, aunque en realidad se trató de un cisma en toda regla: una separación del Vaticano y del Papa.
Menos de veinte años después, en 1534, se produjo el cisma anglicano: la separación de la Iglesia de Inglaterra respecto a Roma, impulsada por el rey Enrique VIII. El monarca rompió con el papa para casarse con Ana Bolena tras divorciarse de su primera esposa, dando así origen a la Iglesia de Inglaterra.
El patrón es más o menos siempre el mismo: el cisma se produce cuando “alguien profesa la fe de manera distorsionada y se opone a los pastores legítimos —empezando por el Papa, que es el Vicario de Cristo —”, explica monseñor Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto y uno de los teólogos más respetados de Italia. “Deciden seguir su propio camino, formulando afirmaciones doctrinales y teológicas falsas a la luz de la fe de la Iglesia y desobedeciendo explícitamente a quien tiene la misión de ser su Cabeza”, es decir, el Papa.
Una historia, pues, que se repite.
Sin embargo, el Vaticano nunca se dio por rendido. Desde el siglo XX, especialmente tras el Concilio Vaticano II, ha crecido el movimiento ecuménico para promover la unidad entre los cristianos. El Papa Juan XXIII reza el 12 de octubre de 1962 durante una audiencia especial a los delegados de gobiernos extranjeros al concilio ecuménico, en la Capilla Sixtina en la Ciudad del Vaticano.
En este sentido se han logrado avances importantes en el diálogo entre católicos, ortodoxos y diversas iglesias protestantes, aunque persisten diferencias sobre cuestiones como la autoridad del papa, algunos sacramentos, la organización de la Iglesia, y ciertos aspectos doctrinales y morales. No muy lejos en el tiempo, el último gran gesto de acercamiento fue el histórico servicio de oración entre el Papa León XIV y el rey Carlos de Inglaterra el pasado mes de octubre, tras 500 años de separación.
“La esperanza de sanar la fractura debe estar siempre presente, como demuestran sesenta años de diálogo ecuménico. Pero no puede hacerse —explica monseñor Forte— a costa de la verdad. No se puede actuar simplemente por capricho en nombre del diálogo”. Y con esta decisión, los lefebvristas “intentaron rasgar la túnica de Cristo”, afirma el teólogo, haciéndose eco de las palabras del reciente llamamiento de Prévost a los ultratradicionalistas.
Hasta aquí esta nota resume los conceptos principales tomados de la extensísima bibliografía sobre los temas en discusión, en especial los que llevaron a la ocurrencia de los cismas; desde aquí podrán leer mi opinión acerca en especial de este último cisma que enfrenta la iglesia.
Debo aclarar una vez más que soy agnóstico, vale decir adhiero a la posición del agnosticismo, actitud filosófica que declara inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende la experiencia. Además soy decididamente anticlerical. Estas posturas podrían con justicia, hacer que mi parecer estaría necesariamente sesgado por mis preconceptos, pero debo advertirles también que tengo una firme formación científica por ser médico, que me obliga naturalmente a la objetividad de mis opiniones y procederes consecuentes.
Así pues como agnóstico que soy no entraré en debate acerca de la divinidad, sino que me centraré en las actitudes de los vicarios de esa divinidad, que son precisamente los que están en pugna en estos días.-
Son hombres, por tanto falibles irremediablemente, pero que no lo advierten o no lo aceptan, cada uno, sea en solitario (El Papa) o en congregaciones o sectas (lefebvrianos) se consideran portadores de la verdad y lo son de manera inflexible. Además discuten de cuestiones por ellos mismos inventadas, tal como la misa tridentina o el ecumenismo religioso; adeptos o disidentes de las conclusiones del concilio vaticano último, y olvidados del precepto emitido por Dios “amaos los unos de los otros”. Carecen de la tan remanida “tolerancia”, cuya práctica verdadera los llevaría a aceptar las distintas posiciones, en realidad yo creo que se odian, de ahí la vehemencia de sus dichos y actitudes.
Los lefebvristas se atribuyen el derecho a designar obispos, potestad que el Papa reclama y declama como suya propia no compartida. Sin embargo los obispos lefebvristas, responsables de las casi heréticas designaciones, lo son según los cánones que marca la iglesia, de la misma manera que la designación del Papa, lo es por decisión del cónclave cardenalicio, pero hete ahí que todos los cardenales son obispos. La gran mayoría son arzobispos diocesanos o altos funcionarios del Vaticano que ya han recibido la consagración episcopal. Según el Código de Derecho Canónico, para ser cardenal se requiere al menos ser sacerdote, pero si el elegido no es obispo al momento de su nombramiento, debe ser ordenado como tal.
De tal forma que la potestad de designar obispos, lo es de los obispos, dado que el Papa es el Obispo de Roma, por consiguiente la exclusividad de las designaciones, es un privilegio que los mismos papas se han arrogado apelando a la fantasía de contar con el beneplácito de Dios, que ignoro de qué manera, de ser cierto, Dios se los comunicó. Los obispos que nombraron a los nuevos cofrades de Lefebvre, son obispos designados por obispos y con todos los derechos y obligaciones que tal investidura les impone. En este estruendoso caso, los obispos responsables de las designaciones fueron el cántabro Alfonso de Galarreta y el suizo Bernard Fellay. El primero de ellos fue uncido como obispo por el mismo Lefebvre, junto con otros tres sacerdotes, lo que les valió la excomunión de inmediato. Las excomuniones a los cuatro obispos fueron revocadas por Benedicto XVI el 21 de enero de 2009. En cuanto a Bernard Fellay, luego de una accidentada carrera sacerdotal y gozando de la revocación de su excomunión, en 2012 fue acusado por un grupo de sacerdotes expulsados de la sociedad de vida en común que dirige, de haber traicionado los postulados tradicionalistas de su fundador. También es acusado de haber encubierto los abusos sexuales de varios sacerdotes.
Intertanto el Papa León XIV, fiel al fundamentalismo que los caracteriza, sostiene que la designación de obispos es de su absoluta incumbencia.
Como resulta claro en este breve resumen aclaratorio sobre el que podría dar más datos, pero estimo serían redundantes, tiene a mi juicio de observador no participante, dos críticas que los desautoriza tanto a los rebeldes como al supuesto único vicario de Cristo. La primera es que a todas vistas la discusión no se trata de diferendos teológicos, sino de una burda rencilla de conventillo, entre hombres de carne y hueso, carentes de toda santidad y en pos del poder omnímodo que ostenta el Papa. Y la segunda, más grave aún en mi opinión, es que en estos dimes y diretes mezquinos y hasta absurdos, los feligreses, causa en cuyo baqueteado nombre existen y medran todos los religiosos, no han participado para nada. Creo se impone un gran plebiscito, que hoy resulta muy fácil de hacer con sólo poseer un teléfono celular.
El Vaticano, así como las sinagogas y mezquitas, existen porque hay pobres de espíritu, un concepto bíblico (originado en las Bienaventuranzas de Mateo 5:3) que describe la humildad absoluta y el reconocimiento de la propia necesidad de Dios. Lejos de ser una debilidad o falta de carácter, implica despojarse del orgullo, de la autosuficiencia y de la soberbia espiritual. Son ellos los que soportan las iglesias y les confieren la razón de ser, son ellos los que necesitan intermediarios ante los dioses, en cuanto ellos no se hacen ver, ya sea el Dios cristiano, o Alá o Adonai, nunca lo hicieron, a pesar de los innumerables ruegos hechos no solo por los feligreses comunes sino por hombres santos que han soportado hasta el martirio rogando por sus presencias. Y hoy, los dignatarios se pelean en público ante la mirada y el oído azorados de los creyentes.
En una nota reciente de mi autoría, dejé constancia de una verdadera verdad de Perogrullo: los hospitales y el personal de salud, existen porque hay enfermos; las escuelas y universidades tanto como todo el personal que ocupan, existen porque hay quienes desean aprender, y por fin los templos, de la religión que fuere; los intermediarios y toda la parafernalia inventada por el hombre acerca del fenómeno religioso, existen porque la gente tiene necesidad de creer en alguien o en algo superior a sí mismo y dispuesto a acudir en su ayuda tanto física como sentimentalmente.
Estos señores se olvidaron que están para servir a sus greyes y no para empoderarse y gozar de todo tipo de prebendas, incluidas las prohibidas por ellos mismos para esas greyes.
Una vergüenza.
